jueves, 30 de septiembre de 2021

singletrack fury: llovió y aproveché

Estas torrenciales últimas lluvias -o debería hablar en singular, más bien-, que han traído percances y disgustos en localidades cercanas, han servido también para refrescar nuestros habituales senderos.  


Pero lo que pasa con estos enormes chaparrones es que, en lugar de empapar progresivamente el campo, el suelo no da abasto para absorber la cantidad de agua, y se forman riachuelos por doquier. Como quiera que los estrechos y disfrutables senderos son terreno sin obstáculos para que el líquido corra, tienden a llenarse en estas circunstancias dando lugar a una experiencia engorrosa, poco agradable. No es lo mismo un charquito aislado, una zona húmeda, que toda una red de canales como si de toda una Venecia de los singletracks se tratase.




La vuelta, casi con la puesta de sol encima, fue también disfrutada a su paso por marismas y salinas:

lunes, 20 de septiembre de 2021

sábado, 18 de septiembre de 2021

cita:

Todas las soluciones que no son la libertad han conllevado la miseria material, todas han instaurado la pobreza a cambio de la pureza ideológica. Este argumento no lo compro y recomiendo que no lo compren los demás, porque es una gran mentira.


Antonio Escohotado


domingo, 12 de septiembre de 2021

martes, 7 de septiembre de 2021

Estamos locos. Puerto de La Picota y otras aventuras


    Mucho rato frente a la pantalla del PC preparando las posibles rutas, consulta de altimetrías y distancias, mirar con lupa la previsión del tiempo en estos días inciertos en los que puede hacer fresco (incluso llover) o pasar calor de mil demonios... 
    Son pasos que uno va dando para tomar el camino hacia un reto personal que se puede convertir súbitamente en el descenso al peor de los infiernos, cuando precisamente se trata de subir y subir. 
     Los paseos en bici que habitualmente llevo a cabo son más bien llanos. Algún repechillo leve, pero poca importancia en el cómputo global. Y lo que que a mí me gusta es la montaña, enamorado de las épicas hazañas que uno ve de las grandes vueltas o esas carreras clásicas de primavera, en las que los paisajes gloriosos acompañan el sufrumiento-goce de los ciclistas en las subidas, y las vertiginosas bajadas añaden emoción y peligro y marcan las diferencias entre los más hábiles y técnicos.
       Sí, la montaña mola, y aunque lo que tenemos en la provincia no son verdaderas montañas, sí podemos disfrutar de una sierra que como casi todas las sierras y montañas, esconde sus carreteras solitarias, silenciosas, sólo perturbadas por algún loco a pedales, o motoristas que rompen la monotonía del silencio. 
Me embarqué en esta empresa el domingo: 


Saliendo desde la explanada al pie de la Presa del Corumbel Bajo, donde dejé estacionado el coche, parto hacia el Norte por esta carretera que conozco bien, pues la he recorrido innumerables veces en coche y en moto, y unas cuantas ya en bicicleta. El recorrido hasta el cruce de Berrocal, de unos 21 km, está lleno de curvas y paisajes propios de la zona, dominados por eucalipto en su mayoría, vamos subiendo, ganando altura poco a poco, y en su última parte encontraremos la zona más espectacular, dominada por el puerto que tendremos que bajar hasta el nivel del Río Tinto, ya casi hacia el final. La bajada de este puerto es de los mejores momentos del día, aún fresco, y me tengo que subir la cremallera del maillot hasta arriba. Después, una subida que se hace bien, porque llegas fresco de la bajada y no tienes muchos km en las piernas aún. Llegado al cruce del Berrocal, giramos a la izquierda, dirección Marigenta, volvemos a bajar un pequeño puertecito hasta otra vez para pasar sobre el Tinto y enfilar cuesta arriba lo que será el plato fuerte del día, el puerto de La Picota, de tres kilómetros de largo, que empieza fuerte pero uno llega medio descansado por la bajada previa, la segunda parte es más llevadera, y el último kilómetro es de agárrate y no te menees, con todo el desarrollo metido  y teniendo que ponerse de pie... de locos


A partir de aquí, todo es terreno ignoto para mi persona (ya les digo que tengo poca experiencia), y me dirijo hasta Marigenta, casi todo cuesta abajo, cosa que mis piernecitas agradecen, mientras tomo la primera barrita energética del día. Ha pasado poco más de una hora, y ya comienza a hacer calor. A la altura de este pequeño pueblo, giro a la derecha, por la carreterilla del cementerio, que enlaza con una aldea llamada Las Delgadas. Este es un trayecto con el firme que varía desde trozos con asfalto flamante y recién puesto, a tramos antiguos, aunque no hay grandes baches. Eso sí, es un rompepiernas de cuidado, con curvas, ascensos y fuertes descensos con poca o nula visibilidad dada la estrechez de la vía. Un recorrido particular, que me gustó recorrer, pero no esperaba esa dureza. Por fin llegué a Las Delgadas, que bordeo por la izquierda, y se toma un buena carretera, ancha y bien asfaltada y señalizada, que me llevará hasta las cercanías de Nerva, a la carretera que llega hasta El Castillo de las Guardas, que es la dirección que yo tomaría. Este trozo será el que más tráfico tendría de toda la mañana, es bastante transitada y más en fin de semana, pues une toda esta zona minera de interés turístico con Sevilla, pero es amplia, hay buena visibilidad, y entre que llevo potente luz trasera y me pego lo más posible a la derecha, no tuve en ningún momento sensación de peligrosidad. Pasados pocos kilómetros, que incluyeron una buena subida bordeando la localidad de Nerva, hay que tomar nuevamente a la derecha, en dirección a El Madroño, que será la parada prevista para descansar un poco y tomar algunas energías.

Nuevo récord de desnivel positivo acumulado!


Esta peculiar carretera que llega a El Madroño es perfecta para el ciclismo de ruta, bonita, solitaria, con paisajes hermosos, vegetación, y si la hora acompaña puedes cobijarte del sol. Pero reconozco que yo iba ya un poco cansado, por no decir bastante, y me tomé las subidas con calma. El calor apretaba tela, y aunque me quedaba bastante agua, yo nunca había hecho algo así. Los repechos, largos, a pleno sol, se me hacían eternos, no quería mirar hacia arriba, y agachaba la cabeza, me ajustaba la visera de la gorrita para que me tapara lo máximo de la cara con su escueta sombra. Una bajada inesperada me alegró un poco el trance, me endulzó la agonía, y alcancé a un coche que me había adelantado culminando la subida precedente, sacando rodilla como si fuera en una motocicleta, preguntándome donde estaría el límite del agarre de las escuálidas ruedas de una bici de ruta... espero no tener que encontrarme con ese límite nunca. Cruzamos un puentecito sobre la ribera del Jarrama, que viene de un embalse cercano con el mismo nombre, y comenzaría una de esas subidas que he hecho en moto varias veces sin ser consciente del desnivel, del esfuerzo, de la penuria, de preguntarme una y otra vez si podría llegar no ya a donde dejé el coche aparcado, sino siquiera a El Madroño, que quedaba a tan solo unos cuatro kilómetros escasos... Se me hacía eterno, interminable. No he subido tanto en mi vida, yo no esperaba esta dureza, este calor. 

¿No querías ciclismo? Pues tomas dos tazas. Esto es ciclismo, esto es montaña, esto es la famosa y cacareada "épica del ciclismo". A mi nivel, claro está. Y creo que cosas así hay que hacerlas alguna vez para tomar perspectiva, aprender a juzgar las cosas desde otro punto de vista, y en definitiva acumular experiencia, aprender, saber.

Cuando llegué a El Madroño, saludé a un paisano, un viejito sentado a la sombra en su portal, que leía la prensa, y le dije "hola" con una sonrisa. Hace mucho tiempo leí en una revista que uno de los mejores recursos para luchar contra la fatiga era sonreír, y desde entonces siempre, siempre, siempre me acuerdo y lo practico. A mí me funciona. El viejito me devolvió el saludo, alegre. En el Bar Marcelo fui magníficamente atendido por quien supongo que sería Marcelo, con gran simpatía, que me preguntó cómo iba la ruta, y hacia dónde me dirigía, y se llevaba las manos a  la cabeza cuando le comenté que aún tenía que llegar al Corumbel. "¡Con la que está cayendo, chiquillo!", me contestó. Tomé otra barrita, un café americano con hielo y un aquarius de naranja, y le pedí que me rellenara con agua fresca uno de mis bidones por favor. "Ahora mismo". Le dije "muy agradecido", y me contestó "a tí, siempre".

Sabía que ahora venía un buen tramo de bajada, con paisajes de esos que me gustaría ir parando para observar la belleza y magnitud de los bosques desconocidos de esta parte olvidada de la provincia. De modo que partí alegre y sonriente (de nuevo) hacia Berrocal, pero la estrecha carretera absorbería toda mi atención: curvas pronunciadas, muchas de ellas ciegas, con buen asfalto pues no hace mucho, quizá justo antes del confinamiento, fue renovado el firme, fuerte pendiente que hacía que la bici se lanzara en un santiamén, y guardarraíles que impedirían con suerte que no me despeñara por algún barranco. Una gozada para bajar en bici. Pensar en esos descensos es lo que me anima a subir. Todo lo que sube baja, y viceversa, en el mundo de la bicicleta, y con el tiempo y los kilómetros uno aprende a disfrutar también de las subidas (el reto, la lucha interior, romper límites, probarte, vencer), pero no hay nada como una buena bajada, conste.

La dicha bajada culmina con un pequeño paso sobre el arroyo Gallego, y como es norma, vendría la penúltima subida del día, dura a ratos, aunque breve, apenas 1'5 km, con el sol pegando en todo lo alto. Ahí fue el momento del día que más noté al Lorenzo, aunque nunca llegué a sentir al tío del mazo, sí tenía sensaciones extrañas en mi cuerpo: mucho calor, piernas vacías, ánimo menguante. Pero el planeta pedalier seguía orbitando bajo mí, el conjunto Trek Emonda-Pedro seguía tirando, y poco a poco llegué, por fin, a Berrocal, un pueblo que es una pura cuesta, con las calles vacías, un horno en esos momentos. Ahora tenía unos minutos de descanso, todo bajada hasta cruzar de nuevo el Río Tinto, recorriendo a la inversa lo que había hecho unas horas antes. Dejé volar la Trek mientras me agachaba y agarraba con ganas el manillar, tratando de oponer la mínima resistencia al aire que se había levantado, y para mi desdicha lo llevaría de cara en adelante. Todo se aliaba en mi contra, para mi pesar.


Nuevo récord de velocidad máxima!!!

Llegados a este punto, sólo queda subir el último puerto del día, aquel que bajé al principio tan feliz, tan disfrutón, que tan bien conozco de rozar rodilla con la Ducati cuando lo recorro de otra manera, no más ni tampoco menos gozosa, sino diferente. Pero amigo, para arriba es otra cosa. Dos veces eché mano de bidón de agua para darme una pequeña ducha mientras pedaleaba con el 34*28 metido. Ya no había dolor, sólo quedaba una capacidad infinita de ir subiendo poco a poco sin quejarme (total, ¿para qué?), paciencia, calma. Hay que moderarse y no tratar de conseguir lo que uno, por edad y falta de preparación o forma no puede o debería. 

Menos mal que el cómputo de los últimos 15 kilómetro sería en general descendente, la gravedad es una buena amiga siempre cuando uno va en bici. Hace unos días leí que lo que hemos llamado "fuerza de la gravedad" desde que Newton la enunciara, no existe como tal, sino que es una consecuencia del plegado del espacio-tiempo por culpa de la masa de los cuerpos. Bueno, sea como fuere, el plegamiento por razón de la masa del planeta me estaba ayudando a luchar contra el viento y el cansancio. No relataré en qué andaban mis pensamientos cuando notaba el aire frenándome, o llegaba a algún repechillo de treinta o cuarenta metros. Querer morirse no sería la expresión adecuada, porque yo nunca he querido eso salvo aquella vez en la habitación del hospital que... mejor no recordarlo ahora. 

Llegué al Corumbel, llegué al coche, vivo y feliz. Agotado no, vacío. No recuerdo haber pasado por algo así en mi vida. Tuve que esperar un rato a tranquilizar pulsaciones, respiración, dejar que los humores de mi cuerpo fluyeran por sus recovecos, antes de llamar al limitador avisando de mi éxito y que partía pronto de vuelta a casa. Fue recogiendo poco a poco el instrumento de placer y tortura, llámese también bicicleta. Me cambié de indumentaria por otra seca y más adecuada para conducir, todo ello mientras el coche estaba ya arrancado y funcionando el climatizador. Treinta y cinco grados había en ese momento. La previsión meteorológica había fallado estrepitosamente y me había jugado una mala pasada, pero he resistido y soy feliz. 

Ahora sé más de mí mismo, y eso me hace, sin duda, más libre.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Wing

 Hay que probarlo todo?

Reticente desde el principio con este nuevo-viejo invento, que ahora causa furor sobre todo entre los windsurfers, he pasado todo el verano rechazando ofertas de venta, unipersonales o conjuntas (compartidas) con otros personajes por mitades e incluso por terceras partes indivisas. Ni quise probarlo en el agua, cierto es que el concepto no me atraía.

Pero la vida da vueltas, y en el último día de agosto, personado a pie de orilla con apenas cinco o seis nudos de viento, y temiendo pasar una aburrida tarde de martes acompañando al limitador (que se limita a quedarse en su silla medio tomando sol, medio leyendo en la tableta), fue llegar y topar.

Como si de un oráculo se tratase, el Hombre que Susurra a las Cometas, Manuel Oliveira, nada más verme llegar me dijo a grandes voces que cogiera ya de una vez ese invento, que se compone de un ala que es una especie de híbrido entre cometa y vela, y una tabla específica, más corta que un SUP y armada con un enorme foil a modo de quilla asesina y degolladora de incautos.


El wing, o ala, tiene en este caso una superficie de 6'4 m², que en los parámetros de esta nueva actividad deportiva es considerado muy grande, y que venía bien para el poquísimo viento que había. El objetivo era ir y venir sin derivar mucho, hacerme con las reacciones del ala en la navegación y cómo trasladar la potencia a la tabla y poder dirigirla en un rumbo elegido por mí, y no adonde caprichosamente me lleve el viento contra mi voluntad.
El manejo al principio es cansado, y poco intuitivo, pero en un par de bordos ya le fui cogiendo la idea, y vi que tenía mucho parecido con el noble deporte-arte del windsurf más que con cualquier otra cosa. Al fin y al cabo, se puede entender como un windsurf sin mástil, haciendo que tu cuerpo haga las veces de contrapeso y mástil al mismo tiempo.


No se me dio muy mal, di varios bordos y volví al sitio en cada ocasión, incluso gané terreno al viento, pero tuve que abandonar pasados tres cuartos de hora porque la intensidad de moléculas en movimiento decayó y era una lucha vana intentar avanzar por las aguas. 

Como divertimento para pasar el rato un día tonto de viento flojo puede pasar. Como inversión para añadir o, peor aún, sustituir a la cometa, ni me lo planteo. Antes me pillo una tabla de windsurf y vuelvo a mis orígenes acuáticos. Así lo he sentido yo.

martes, 31 de agosto de 2021

cita:

 "The most common error of a smart engineer is to optimise a thing that should not exist".

E.Musk



lunes, 30 de agosto de 2021

Otro ciclismo

 Con la excusa de probar las nuevas ruedas que ya presenté en la anterior entrada, este domingo salí temprano a dar una vuelta en modo exploratorio y "multi terreno". 

Lo primero que noté es que creo que tengo que hincharlas más. El fabricante recomienda, mediante una inscripción en el flanco del neumático, que la presión debe encontrarse entre 3 y 6 bares. Yo puse 2'5 atrás y 2'2 delante, buscando un mayor agarre y comodidad en campo. Detrás casi acerté. Delante fue demasiado blando (0'3 bares pueden parecer poco, pero cada neumático tiene un punto en el que pasar de un par de decimales arriba o abajo marca la diferencia, y en este caso ronda los 2'5 bares). Iba perfecta en campo, pero creo que puedo aprovechar mucho más sus cualidades en carretera si subo un poco más las presiones, no mucho. Aún así, mucho más cómoda y rodadora en asfalto ahora que con las anteriores gomas 100% btt.

Aproveché para hacer pista hacia Gibraleón, con la idea de enlazar la Vía Verde Litoral, que une esta localidad con Ayamonte, de la que ya he hecho otros tramos con anterioridad. Pero el trozo que va hasta Cartaya está muy descuidado, por no decir absolutamente preterido, radicalmente abandonado, atrozmente devorado por todo tipo de arbustos, ramas, hierbas y roderas viejas. Toda una aventura los pocos kilómetros que llegué a realizar, teniendo que bajarme y avanzar a pie en alguna ocasión. Me hubiera venido bien un machete para avanzar, como si fuera una tupida jungla del sudoeste asiático. 

Perdí tanto tiempo en ese trance, que cuando llegué a los aledaños de Cartaya decidí abortar lo que tenía planeado en mente, algo más largo y placentero, entre pinares del Campo Común de Arriba, y tomé por el Camino de la Guijarrosa hacia los pinares de Aljaraque y el canal de abastecimiento, zona que conozco bien y no presenta sorpresas, y todo porque no quería quedarme sin ver en directo el Gran Premio de Reino Unido de motociclismo. 

Les dejo esta imagen donde pueden apreciar qué buen día hizo, perfecto para el ciclismo:



jueves, 26 de agosto de 2021

Versatilidad

Después de años y años de rodar por los pinares, las Maxxis Hard Drive que pasaron de la Heihei singlespeed a la monstercross han dicho basta. Estos neumáticos, que llevaron a Marga Fullana a ganar el Campeonato de España de btt, me gustaban para lo que yo usaba ambas bicis, sin exigirles mucho, a una por carecer de suspensión y ser monomarcha, lo que lleva a tomarse las cosas con cierta tranquilidad, y a la otra por su carácter polivalente antes que deportivo, condicionado sobre todo por el manillar de carretera... y ha sido precisamente este último uso, con un par de rutas que incluyeron más asfalto y mucho carril bici, el que dio la puntilla. 

Y aunque no he padecido importantes pérdidas de tracción, la seguridad es importante, y la amenaza del pinchazo está ahí. 
De modo que he pasado mucho rato navegando la red, buscando alternativas que se ajustaran adecuadamente a las pretensiones de mi engendro velocipédico, esto es, algo polivalente (es decir, válido para muchas cosas pero realmente bueno en ninguna...), más resistente y cómodo en asfalto pero con suficiente agarre y amortiguación en lo marrón. Y no hay mucho donde elegir en la rancia medida de las veintiséis pulgadas, desgraciadamente. Pero encontré algunas cosillas en Decathlon, o las Michelin Country Rock, y cosillas así. Finalmente me decidí por estas Schwalbe Land Cruiser en medida 1'75 (unos 47 mm, pero que en la realidad son un pelín menos, lo que me viene mejor):

Las Maxxis pesaban 530 gramos cada una, y éstas se van a los 760 gramos, sumando en total un añadido extra de 520 gramos, ufff. Bueno, la pretensión de esta bici no es la eficacia extrema sino divertirme en todos lados y ampliar horizontes. De momento las probé en el garaje y me gustaron las sensaciones. La banda central de rodadura es contínua, lo que la hará más rápida, cómoda y silenciosa en firme duro y liso; y mantiene un taqueado en los laterales para tener cierto agarre en campo, cosa que habrá que comprobar hasta qué punto es cierto.

miércoles, 25 de agosto de 2021