domingo, 30 de julio de 2017

El fantasma de Kansas

Este relato de unas escasas 34 páginas en su versión en español castellano, fue escrito por el inglés John Varley y publicado en 1976 en la revista Galaxy, dedicada a la ciencia ficción.

En él se cuenta cómo Ardilla, una diseñadora ambientalista de prestigio acude a hacerse un registro de personalidad cuando le comunican que el banco donde guardaba su anterior registro ha sido robado y los holocubos destruidos por los asaltantes. Ella decide en ese momento hacer una "copia de seguridad" de su memoria.
Sin embargo, cuando la protagonista despierta en la camilla médica, descubre que algo ha salido mal. Inmediatamente le informan de que ha muerto, y que en realidad es el tercer clon en poco más de dos años en recibir las memorias del original, por lo que su último recuerdo es, efectivamente, el de ir al médico a realizar la grabación.
Es decir, hay un asesino obsesionado con acabar con ella.

La acción se sitúa en un futuro más o menos lejano, en el que el hombre ha sido expulsado de la tierra por unos seres superiores, y habita en otros planetas a base de colonias. En estos, se reproducen ambientes de la antigua tierra en unos parques de atracciones. Ardilla crea arte a base de originar en un entorno "controlado" interesantes fenómenos atmosféricos, y es la mejor en ese campo. 

La lectura de este pequeño librito se hace muy amena, mantiene el interés, introduce novedades de fácil comprensión, y nos traslada a un universo posible y en realidad casi reconocible. Es en verdad un thriller policiaco en el que los detalles futuristas son interesantes y forman parte ineludible de la trama. A poco avezados que seamos, iremos intuyendo quien es el/la asesino/a, y tiene un final casi esperado, tanto como prácticamente deseado, tanto por los protagonistas como por el lector.
Bravo. Una lectura breve, pero intensa y considero de calidad.

miércoles, 26 de julio de 2017

V4

Para muchos aficionados a la moto, la configuración del motor de cuatro cilindros en uve es la solución más perfecta para equipar a una motocicleta, sobre todo si se buscan prestaciones deportivas.
Sus innegables cualidades de compacidad, motricidad, suavidad y dulzura, unido a las pocas versiones de máquinas que lo hayan usado (aquí un aplauso a Honda, porque ha sido el gigante nipón quien más se ha lanzado en el pasado, y lo sigue haciendo en el presente), han creado una especie de mito en el imaginario colectivo que tiene su razón de ser.
Las Honda VFR 750, y posteriormente 800 y hasta la 1200 actual, la Paneuro (en este caso con la uve transversal al sentido de la marcha), o las laureadas en competición RC30 y RC45, la coleccionable NR750, hasta las actuales y exclusivísimas RC213V-S, siempre han sido cotizadas y soñadas.
Igualmente, Yamaha tuvo las Royal Star, unas custom cruiser de gran potencia, y por supuesto su famosa V-Max, todas ellas máquinas hechas con el propósito de asombrar, de ser punto de referencia, de aplastar a sus rivales...
Aprilia nos ofrece desde hace pocos años su exhuberante RSV4, así como su alter ego naked, la Tuono, en diversas versiones más o menos equipadas, cuyo sonido, carácter y belleza enamoran a partes iguales.
Y hace un año, Claudio Domenicalli, CEO de Ducati Spa., anunciaba que la punta de lanza de la marca, la Panigale, sería sustituida por un modelo de cuatro cilindros en uve y 1000 centímetros cúbicos.
Las causas hay que buscarlas en los límites impuestos por el Reglamento de WSBK, y la escalada de potencia que ha llevado al límite el desarrollo de su bicilíndrico, que ahora es tan puntiagudo y falto de carácter que parece cualquier cosa, menos un Ducati con su famoso Pompone.
Si Ducati quiere seguir siendo competitiva, debe abandonar el L2 de 1200 (1300 en sus versiones para la calle), y adaptarse. Pero la firma boloñesa no es nueva en estas tecnologías, lleva desde 2003 compitiendo en MotoGP con una V4 de distribución desmo y cascada de engranajes, y ya en 2006 produjo una edición limitada de 1500 unidades que se vendieron al público por internet, auténticas réplicas de la Desmosedici de Capirossi y compañía:

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Hay que remontarse cuarenta años en el tiempo respecto a la primera Desmosedici, para encontrar la primera motocicleta que hizo Ducati con un motor V4, la rarísima Apollo. Esta máquina, ya en 1963, sentó la base de lo que posteriormente sería la estructura del bicilíndrico en ele, característico de Ducati hasta nuestros días, y que murió prácticamente antes de nacer dadas sus características excesivas de peso, pero también de potencia, que no había neumático de la época que la aguantara.
Pero esa es una pintoresca historia que mejor pueden leer en mi otro blog.

Mientras tanto, ya van circulando por la web diversas fotos "espía" del que será, con toda seguridad, futuro objeto de deseo de la comunidad más racing de motociclistas:

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Extra lap: como dato histórico, me gustaría señalar que fue en 1930 cuando se presentó al mundo la primera motocicleta equipada con un V4, la Matchless Silver Hawk, con una cilindrada de 592 cc, y un ángulo entre cilindros de 26º. Se fabricó entre 1931 y 1935 y ofrecía una potencia de 20 cv, nada despreciable para la época.
Muy poco más tarde, la Puch 800 hizo su aparición, una máquina con un ángulo entre cilindros de 170º nada menos, para una cilindrada acorde a su denominación: 792 cc. Fabricada entre los años 1936 y 1938. No obstante, he encontrado información contradictoria sobre este modelo, al que muchas fuentes atribuyen que su arquitectura es de motor bóxer, y no de uve.

martes, 25 de julio de 2017

cita:

Los hombres creen lo que desean. 

Julio César

domingo, 23 de julio de 2017

El mundo de cristal

Ballard, ese autor de libros extraños.

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Su especialidad es la descripción enfocada a crear un ambiente determinado. Quizá ya hablé de esa técnica o recurso cuando conté mis impresiones sobre una de sus más famosas y extrañas obras, llevada al cine con cierto éxito: "Crash".

Volviendo al cristal, en esta novela se cuenta cómo el doctor Sanders viaja a un remoto lugar africano en busca de una pareja de amigos, en el entorno de una jungla en la que todo se está convirtiendo en cristal multicolor, en un proceso irreversible que avanza incesantemente.

No se explican las causas de esta cosa terrible que aniquila toda vida dejándola en suspendo convertida en piedras tan preciosas como inútiles. Por supuesto, se describe una y otra vez el fenómeno, con terribles consecuencias para la civilización humana.

El meollo, lo más interesante, es el planteamiento de los diversos personajes que pululan por la obra, todos bien distintos, con sus personales motivaciones y amores. Y también odios.

Puede resultar confusa a veces su lectura, o al menos a mí me lo ha parecido, y sin duda es intrigante al máximo saber el origen y, cómo no, el final de este proceso cristalizador, cosa con la que nos quedaremos con las ganas pues no se explica ninguna de los dos enigmas.

Parece que este libro forma parte de una tetralogía del autor dedicada a explorar los límites de la extinción de la civilización desde el punta de vista de los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua. Una ocurrencia como otra cualquiera, a la que no hay que quitar mérito, pues está bien escrito, pero puede resultar, y resulta, tedioso por momentos, amén del detalle de dejarte con un final irresoluto.

cambios y cosas extrañas

Me envía un email la entidad jurídica denominada "photobucket,com", comunicándome que, unilateralmente, han decidido cambiar los términos del acuerdo que regula las condiciones por las que se rige mi participación en su web de alojamiento de material fotográfico.
Fundamentalmente, ahora no se permite el "3rd party hosting usage", esto es, no puedo enlazar las fotos que subí a esa web de alojamiento de fotos para publicarlas en páginas de terceros, tales como foros, redes sociales, o este mismo blog.
Para ello, debería realizar un "upgrade" consistente en contratar una modalidad de pago que sí permite tal función.
Y esto de la noche a la mañana, de un día para otro, y sin aviso previo.

No sólo he tenido que aguantar en los últimos tiempos una web de funcionamiento a velocidad de pedales, abarrotada de publicidad y pop ups, con interfaz cada vez menos intuitiva y aburrida, sino que ahora me salen con este pirateo.

¿Acaso pensaban que los usuarios quieren ese tipo de páginas para usarlas de disco duro virtual? ¿Quién hace eso, con lo barato y práctico y rápido que es un pendrive o un disco duro externo?

En resumen: muchas entradas antiguas con fotos enlazadas a photobucket, no funcionarán bien. Es una putada, pero no tiene vuelta atrás, y tampoco me voy a tomar la molestia de revisarlas porque sería un trabajo hercúleo y sin sentido.

Les ruego a los humildes y poquísimos seguidores de este modesto bloc, sepan perdonar este hecho.

Sean libres y disfruten de la vida, oh, amigos!!!!

martes, 18 de julio de 2017

Rito de iniciación

De cómo se narra la vida a bordo de una inmensísima nave espacial que vaga por la galaxia, todo ello desde el punto de vista de una chica preadolescente. De cómo para ser considerados como mayor de edad y tener plenitud de derechos, a la edad de 14 años han de pasar una prueba consistente en sobrevivir un mes abandonados a su suerte en cualquier planeta. Y de cómo este planteamiento sirve para desarrollar el tema de las castas sociales, la filosofía del poder, la moral, el bien y el mal.

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El señor Panshin publicó en 1968 la novela que ganaría el premio Nebula, y sería nominada al Hugo.

Escrita desde el punto de vista personal de la protagonista, una niña en su transición al estado de mujer, presenta un contenido a ratos infantil, y en ocasiones se mete en vericuetos sobre ética kantiana y dilemas políticos un poco increíbles para una chica de su edad, aunque todo hay que creerlo en el contexto en que se desarrolla la acción... (no sabemos cómo será la educación en un par de siglos).

La novela es entretenida, se lee bien y rápido, aunque verdaderamente no creo que sea un hito o aporte nada novedoso a este mundo ficticio futurista.

El autor, un tipo curioso y bohemio, sin duda:

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domingo, 16 de julio de 2017

Volar

En sentido figurado, claro. Pero es que la sensación de dominar los rumbos con el hydrofoil es algo único.
Simplemente yendo o viniendo, uno ya disfruta. Es el deslizar en estado puro, sin sensación de fricción, con un viento mínimo que elimina toda sensación de tensión en la barra. 
La tabla, en empopada o al largo, pareciera que flota apenas tirada por una escasa fuerza de aire y la ayuda de las olas, tándem que hay que gestionar bien si uno no quiere naufragar con el kite en el agua, completamente desventado, que sería un error garrafal cuando se manejan no más de 6 ó 7 nudos. 


El limitador de velocidad me tiró alguna instantánea, para mi goce. Como no se levantó de la sillita de playa y yo andaba lejos, esto es lo que salió. 
No me quejo, pero la justifico a ella, que tampoco es mi esclava, y no se debe a capricho ni antojo mío alguno. Faltaría más.
Llámenme raro, si eso.



En primer plano, abajo a la derecha, asoma la botavara de algún pobre diablo windsurfer que no fue capaz de extraer rendimiento alguno a la fuerza del viento, en número muy bajo de la escala beaufort. Juas.

Este es el reporte de un día cualquiera en verano, spot Punta Umbría, siempre que haya Levante en el estrecho.

Yo feliz, y otros como yo, también.

viernes, 7 de julio de 2017

ITV

Por fin, tras algunos avatares y penurias, salí con una mezcla de sensaciones (asombro, felicidad, satisfacción) de la estación de ITV con mi flamante pegatina que me permite seguir circulando con la rubia hasta julio de 2019. Un par de años de relax administrativo, que no es poco.

El proceso me ha llevado tres tardes o cuatro, y ha consistido en cambiar subchasis para poner el biplaza, y acoplar unos matadecibelios (db-killers en la lengua de la pérfida Albión) que, aunque fabricados y vendidos expresamente para los Termignoni, necesitaron recortar y limar, y después practicar un par de pequeños agujeritos en el silenciador para sujetarlos.

En una máquina de esta antigüedad, siempre a uno le asalta la angustia, el temor a esos dioses malignos en que se han ido convirtiendo con el paso de los años los técnicos que revisan periódicamente el estado legal de los vehículos. Muchos, entre los que me encuentro, piensan que estas revisiones son una mera clavada más, y los escándalos de precios inflados, corruptelas en las adjudicaciones del servicio, y la mayor o menor tolerancia a defectos menores, han terminado por hacer que el grueso de conductores odien y teman a partes iguales estas comparecencias periódicas.

Allí fui, como reo que se acercaba a escuchar la sentencia del juez, como si me estuviera esperando el patíbulo. 

Quizá el problema del ruido lo tuviera más o menos encauzado, quizá. Pero quedaba el espinoso asunto del CO (monóxido de carbono), que en mi moto, con el catalizador eliminado y vaya usted a saber qué regulación se le hizo la última vez que fue enchufada al Mathesis, podía salir cualquier cosa...

Pero no fue así. El escape exhaló 95 db de media en las tres mediciones preceptivas (lo máximo para la 749 es 94 db, más un margen de 4db), con lo que estaba salvado por ahí. Fue lo primero que se miró. A continuación siguió una serie de comprobaciones de luces, cláxon, sensor de la pata de cabra, frenos, medidas de neumáticos, y finalmente los gases. La taquicardia era en mí, el sudor comenzaba a correr por mi espalda. Un "desfavorable" por esta causa me llevaría irremediablemente a un taller especializado en el que toquetearan la centralita, y posteriormente, una vez pasada la prueba, volver a llevarla para que la dejaran como estaba (porque la moto, tenga ahora el CO como lo tenga, funciona de coña, y variar ese parámetro cambiará inevitablemente ese fantástico funcionamiento), lo que supondría molestias, tiempo y, por supuesto, dinero.
Pero no, marcó 0'80 a ralentí, que, según me dijo el operario, era un valor muy correcto. 
¡Albricias! ¡Aleluya! ¡Osanna!

Para rematar, al final de toda la operación se arrimó otro operario, y hubo una pequeña charla alabando lo bonita que era la moto, lo bien que sonaba (toma ya, es para mondarse que te digan eso en la ITV), etc, etc.

Acto seguido fui a la playa a estar un rato con los míos, y a la vuelta, todavía con la sonrisa en la cara, me tomaron esta instantánea mientras me adelantaban por la autovía:


Bueno, ahora toca volver al modo monoposto, quitar matadecibelios, y limpieza general que falta le hace.

lunes, 3 de julio de 2017

El Señor de la Luz

Roger Zelazny ganó en 1967 el Premio Hugo, y estuvo nominado al Nebula. Es comprensible.

Sólo un año antes, también lo había ganado, como ya dije aquí no hace mucho, con la fantástica "Tú, el inmortal".

"El Señor de la Luz" nos lleva a un escenario que tenemos que ir descubriendo nosotros mismos a medida que vamos leyendo la novela, y que al principio nos puede desconcertar.
Se nos presenta al inicio, definitivamente, como algo relacionado con La India, y los personajes que van saliendo son seres mitológicos de la religión hindú, los mismo dioses Brahma, Krishna, Kali, Yama y etcétera.
Parece ser que la sociedad vive anclada en una especie de Edad Media, y digo una especie porque hay detalles sutiles, rarezas, que nos indican que no es exactamente así: existe una tecnología superior, tanto como para poder traspasar el alma de una persona de un cuerpo a otro, o construir armas increíbles, cirugía espectacular, naves voladoras y lo que haga falta, claro que todo eso sólo está al alcance de unos pocos, los llamados primigenios que viven en una ciudad sagrada como dioses, como esos mismos dioses antes nombrados, disfrutando de sus atributos y poderes merced a la tecnología que úncamente ellos disfrutan... mientras mantienen al resto del pueblo en la ignorancia y en la adoración a sus inagotables egos.
En esta situación aparece Sam, que tiene y ha tenido muchos nombres a lo largo de la historia de este planeta, que es también uno de los primigenios pero que no comulga con la ideología de sus congéneres. Es decir, es un rebelde, un luchador contra el poder establecido, y tiene una sola idea y obsesión: hacer llegar esa tecnología al pueblo y la eliminación del poder absoluto que detentan los dioses. ¿Les suena?


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Para lograr sus fines, Sam introduce el Budismo, como una forma de religión sin dioses basada en el amor, tratando de que los habitantes de este planeta, a largo plazo, cambien sus puntos de referencias morales y de respeto. Claro, eso es algo que puede llevar mucho, quizá milenios. Las cosas se complican, los dioses ven amenazada su posición, y finalmente estalla una inevitable guerra en la que las dos facciones se enfrentan sin misericordia, los que quieren perpetuar el statu quo de dioses, y los que quieren liberar al pueblo de ese yugo servil.
Todo ello, por supuesto, regado con humor ácido, situaciones pintorescas, alusiones a textos sagrados, y una prosa rica, espectacular, muy poética a ratos.

No cabe duda de que El Señor de la Luz es una obra magnífica, que aunque puede resultar desconcertante al principio, pronto se le coge el hilo y uno se mete en el universo particular que Zelazny ha creado. Considero que este libro es un imprescindible, y demuestra que hay muchos terrenos para explorar y desarrollar historias.

domingo, 2 de julio de 2017

Ladrillos

No, esto no va de tochos de letras que forman palabras que componen párrafos que llenan páginas y páginas sin fin. No ese tipo de ladrillo.

Ladrillo es un término que se presta a la metáfora, y volveré a usar tan digno recurso literario. La confianza se construye. Se tarda bastante, quizá años. Pero es fácil destruirla.

Así, uno va colocando ladrillo tras ladrillo. Primero un pequeño muro, una pared. Poco a poco se va elevando y pronto tendremos una habitación, luego dos, luego una casa. A poco que seamos constantes, llegaremos a tener un castillo, más o menos fuerte, más o menos inexpugnable. Hay castillos difíciles de asaltar. Y otros más blanditos. Pero todos cuesta construirlos, y un buen cañonazo en algún punto débil de la estructura puede ocasionar el desastre, como que te caigas en la rápida de entrada en meta de Portimao y te rompas el fémur en cuatro trozos...

La reconstrucción mental puede costar más que la física. Pero pronto uno comienza a hacer la mezcla de cemento y va poniendo pequeños ladrillitos. Poco a poco se va levantando el murito que va llenando de seguridad y confianza mi vida.

Y un buen día, soy consciente de que se queman etapas, consiguen metas, alcanzas hitos.

Y voy por esa retorcidísima carretera que he aprendido a amar y también a respetar, haciendo una de las muchas sucesiones de curvas enlazadas de tercera velocidad, o cuarta, o segunda, y tumbo la moto de un lado a otro y vuelta a atrás. Puede ser agotador, uno ya tiene una edad y se nota. Estos días pasados de vientos fuertes me pasan factura y la espalda se queja. Esos lumbares no se llevan bien con el cansancio acumulado y la radical postura de la 749.

Cuando acabo la serie de 137 curvas que al final uno terminará por memorizar a base de pasar una y otra y otra y otra vez por ellas, paro en una explanada junto al pantano del Corumbel. Paro a descansar. Comienza a apretar el calor. Poner ladrillos cuesta, y se paga en la carretera en este caso. Sudor. Sangre. Alguna lágrima. Pero los malos ratos se olvidan, menos mal, gracias a los mecanismos de defensa que la psique humana ha ido perfeccionando durante miles y miles de años.

Me tengo que quitar el casco, guantes, y abrir el mono de cuero. Respirar. Echar una meada. Si yo fumara, sería el momento perfecto, más que perfecto para ello.


Le tuve que colocar el colín biplaza para pasar la ITV la semana próxima... cosas de homologaciones. Veremos si no hay problemas con decibelios y emisiones. Mientras tanto, noto que el muro levantado va tomando forma. Quizá no llegue a la categoría de castillo, pero a mí me vale así, poco a poco, pretensiones meramente lúdicas, algún pastillazo con la rodilla, un cafelito en venta de carretera comentando batallitas y la última carrera de motoGP o de SBK. Simplemente pasear con un poco de estilo.

cita: