lunes, 5 de septiembre de 2011

reborn: reencuentros

Con la llegada de Septiembre, he vuelto a la piscina del barrio. Ayer, domingo, por la mañana, fue todo un placer comprobar que mi tarjeta magnética me daba acceso a un casi fantasmal gimnasio, bajo la atenta mirada, aunque de soslayo, del chico gay que estaba en el mostrador administrativo.
Recuerdo la última que estuve por allí, con dos muletas y acompañado del limitador que me iba abriendo las puertas, y luego me acompañaba durante mi breve paseo por los aledaños mojados de la piscina.
Pero esta vez he ido solo por primera vez, valiéndome por mí mismo, y no he necesitado ya la sillita para minusválidos a la hora de entrar y salir del agua.
La natación, un placer: únicamente había cuatro mujeres nadando, con lo que había dos calles de sobra.
Nadé durante veinte minutos, lo que es mucho teniendo en cuenta el aburrimiento que me provoca, pero la motivación de la mejora física es suficiente para sobrepasar la barrera de los cinco minutos que yo nadaría en condiciones normales.
Cometí el error de salir rápidamente después del nado, y a pesar de la ducha con el agua fría, cuando terminé de vestirme estaba sudando. Hay que permanecer más rato en el agua para calmar el cuerpo, que las pulsaciones vuelvan a su latir normal, y que los músculos tomen una temperatura más fresca antes de abandonar el líquido elemento.
Luego, por la tarde, experimente con la bici del limitador, una Trek de señorita, de esas con el tubo horizontal que baja más de la cuenta, porque me resulta más fácil subir y bajar, y porque tiene pedales de plataforma que puedo usar con mis habituales chanclas veraniegas -por la inflamación del pie no puedo utilizar calzado cerrado, lo que es una gran jodienda, imagínense, tuve que acudir a una boda en Julio con traje y chanclas...-
Di unas cuantas vueltas por el garaje, con mucho cuidado, y fui tan feliz que estuve el resto del día con una impresionante cara de bobo sonriente.
Para rematar el día, y aprovechando que mi suegra está en casa -¿debería llamarla "corte de encendido", o "relimitador"?-, quien se pudo quedar con los cuervos que me sacan los ojos, fuimos como dos felices cónyuges a cenar a un restaurante que los lectores de Huelva supongo conocerán: La Plazuela, en Aljaraque.
El menú que elegí fue sencillamente espectacular. Hacía por lo menos un año que no pisaba el lugar, y aún así Juan, el maître, recordaba mi nombre perfectamente -ese hombre es un portento, y me encanta su manera de cantar los postres!!-.
Me pregunto porqué no voy más a menudo a ese sitio, y supongo que la respuesta está en el precio y en que hay que coger el coche para ir. Pero sobre todo el precio, que los honrados trabajadores y/o recibidores de compensación por causa de baja, no podemos afrontar regularmente.
Merece la pena ir y pedir cosas que se salgan de la sota/caballo/rey de la costa de Huelva, hacerse un poco el valiente y atacar platos más elaborados, porque su cocina puede, y además quiere hacerlo.
Entradas: para compartir, un plato de almejas "extra" al vapor, magníficas, sabrosas, grandes, jugosas; y para mí, además, jamón de atún sobre lecho de tomate natural triturado y ajoblanco con almendras.
Plato principal: taco de solomillo de buey con queso gorgonzola a la salsa de Café París. Lo pedí crudo pero caliente, como siempre lo pido en los restaurantes, y desde aquella vez que en el viaje de novios me lo hicieron bien en el Bistrot Le Procope, de París, hace doce años y medio, nadie ha sabido hacérmelo bien hasta el domingo. Soberbio.
Postre: compartido, pues ya íbamos más llenos de la cuenta, fue una tarta de mousse de chocolate y naranja, y una menta poleo.
Bebimos dos cervezas cada uno. Mi limitador pidió un menú más basado en el pescado, y tenía muy buena pinta, la verdad.
En total casi 120€, pero fue de esas veces que uno paga a gusto y hasta con placer y agradecido por haber comido con tal calidad.

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