lunes, 6 de marzo de 2017

alternativas

El problema es que hemos recibido una educación culturalmente tendenciosa. Pero no me malinterpreten, eh. Tal cosa es inevitable. Quiero decir que somos lo que somos en gran parte porque estamos influidos por lo que nos rodea, aunque no queramos. 
Por tanto, en Occidente, ya desde muy pequeñitos, se nos instruye en el bien y el mal, lo que es correcto y lo que no. A partir de ahí, en función de unos valores socialmente aceptados, se construye toda nuestra vida, nuestro edificio de pensamiento, nuestros límites, expectativas, ajustamos nuestro comportamiento, valoramos a los demás, los juzgamos y nos juzgamos.

Ah, el bien y el mal, esa cuestión tan interesante. Pocos son los que se paran a pensar en ello, en el porqué. ¿Por qué se dice que algo es bueno o es malo? ¿Quién lo decide? ¿Por qué lo aceptamos? ¿Qué causas y consecuencias tiene el tratar un hecho como benigno o maligno?

Y es que hay que ver la manía de etiquetarlo y encasillarlo todo. Incluso hay hechos, conductas, incluso objetos y fenómenos atmosféricos, que tachamos de bueno y malos. ¿No es interesante? 

A mí, desde la temprana adolescencia, me entró una gran curiosidad sobre este asunto, aunque en mis estudios filosóficos del instituto no se profundizó gran cosa. Lo poco que sé de filosofía lo he aprendido mucho más tarde, leyendo e investigando por mi cuenta. Me gusta, o mejor dicho, me gustaba.

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Pero la cosa es que muy pronto llegué a una conclusión que estaba ahí, delante de mis propios ojos, y no me costó mucho trabajo ni tiempo. Descubrí también, lógicamente, que antes que yo, y durante miles de años, este dilema había sido objeto de estudio por mis antecesores humanos.

El Bien y el Mal (filosofía e imágenes)

Tan sencillo como eso. El mal y el bien no existen per se, sino únicamente en cuanto que hay una mente humana para señalarlo, y siempre en función de una subjetividad plena.

En la naturaleza no existe esa dicotomía, y yo, que con el tiempo me he ido convirtiendo en un ser lo más naturalista posible, he estudiado el fenómeno no sin cierta profundidad, con conclusiones tan fenomenales como, valga la redundancia, concluyentes.

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Leí lo que muchos filósofos que me precedieron tuvieron que decir sobre el bien y el mal, desde Platón hasta San Agustín, Krisnamurti, Buda, Perogrullo... Pero encontré fallidos sus intentos porque, en su mayoría, estaban basados en la educación que habían recibido. Estaban condicionados por sus dioses, los dioses que habían heredado y que apenas se cuestionaban, llegando a ideas que eran tan subjetivas como inválidas para mí.
No fue hasta autores más modernos, despojados en parte de ese lastre religioso o moral, gente como Kierkegaard, Nietzsche, y afines, en que empecé a encontrarme más a gusto.

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Y yo, que me crié en el seno de una familia profundamente religiosa, creyente y practicante, me alejé de aquello. Todo me pareció, de repente, totalmente artificial, creación humana, alejado de lo verdadero. Lo verdadero es lo natural, lo que puedo ver y tocar en lo que me rodea. 
Y surgen analogías y problemas ficticios que sirven para comprender. Por ejemplo, imaginemos un planeta Tierra en el que no hubiera seres humanos, y en el que se produce un terremoto que destruye media península ibérica, provocando un tsunami que arrasa con Europa casi al completo. ¿Podríamos tildar tal suceso de malo? Si no hay ningún ser humano que lo sufra o lo perciba, que lo vea o certifique, ¿tiene sentido hablar de que ello es malo o bueno? Y entonces, ¿qué cambia con la presencia del observador?

Quizá, he pensado, sería mejor vivir en un cuento en que los virtuosos eran recompensados y los pecadores castigados, incluso si los criterios de virtud y pecado se le escapaban, que vivir en una realidad donde no había ninguna justicia en absoluto.

No espero justicia en este mundo, porque no creo en el bien y el mal. ¿Eso es triste o terrible? Me atormenta a veces, es lo que hay, pero tampoco puedo hacer nada por cambiarlo. Por tanto, solo me queda aceptarlo.

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