lunes, 29 de octubre de 2012

Rabia contra la máquina

ATENCIÓN: TOCHO.

Es cierto y verdad que la consigna pueda sonar a revolucionaria máxima izquierdista, bandera de movimientos ultras, trasnochada utopía inspirada por legendarios ideólogos decimonónicos. Pero yo, que me tengo por un liberal consumado –que no un egoísta o vándalo de lo mío sin mirar a lo que me rodea-, yo, iba diciendo, hago mi lectura particular, sin menospreciar otras aportaciones que no pienso ni considerar.
Dejando aparte las manifestaciones más o menos acertadas, aunque en todo caso tardías e inútiles por su propia perogrullez y su ubicación espacio-temporal claramente retrasada, para mí, todo lo que ahora digan o manifiesten los llamados a sí mismos gurús de la economía y analistas del sistema financiero –por haber demostrado su absoluta incompetencia y falta de profesionalidad y ser meros “brujalola” -, o los políticos –que reiterada y manifiestamente mienten y estafan, buscan el lucro fácil y rápido, les importa poco su función pública o la dedicación a verdaderamente administrar y servir a quienes les han votado-, o los magnates de las empresas multinacionales y organismos supranacionales -que pretenden influir en decisiones locales buscando su único beneficio-, todo lo que estos digan, no me indicaría más que el camino contrario a seguir o, en el mejor de los casos, ignorarlos profundamente. A los hechos me remito.
Sigo.
El Mundo es finito. Nuestro planeta es finito, y con él, los recursos naturales que aprovechamos, disfrutamos y de los que vivimos, y somos responsables de su mantenimiento para el aprovechamiento futuro. Porque, a fin de cuentas, es de la naturaleza de donde sacamos alimentos, ropa y energía. Durante los dos últimos siglos, el hombre ha aprendido a dominar en su propio beneficio estos recursos, hasta el punto de modificar genéticamente los vegetales para extraer más cosechas por temporada, hacerlas resistentes a plagas y enfermedades, permitir su conservación más allá de lo milagroso o explicable. Igualmente, ha logrado, mediante selección forzada y manipulación, especies antes inexistentes de reses y aves. Tanto es así, que estas nuevas especies de plantas y animales se han registrado, tienen sus derechos de copia que pertenecen a grandes empresas, y no puedes cultivarlas, comprarlas o venderlas sin pasar por caja. Sí, es así. Hoy no puedes plantar maíz en tu terrenito, en tu huerto, porque no hallarás semillas de maíz. Tienes que comprarlas a precio de oro y sólo te valdrán para una cosecha, porque el maíz que extraerás de esas semillas es sólo para consumo, no para ulterior siembra, queda estéril su fruto para engendrar más miembros. Alucinante. Yo este asunto lo he descubierto hace bien poco, pero parece que lleva ocurriendo mucho tiempo.
El caso es que el ser humano ha crecido mucho, vamos camino de los ocho mil millones de individuos –si es que no lo hemos alcanzado ya-, repartidos irregularmente por el globo. De estos millones y millones de seres, una parte muy pequeña es la que verdaderamente se dedica a la producción de alimento, ropa y cuidado de Gea. Y un gran porcentaje se encuentra embrollado en tareas administrativas, de despacho, de relaciones que si uno se fija se han ido creando durante décadas, nos han envuelto, y han llegado a formar parte de nosotros y nuestras vidas de modo que las consideramos naturales o imprescindibles o inexorablemente unidas a nuestra sociedad e incluso a nuestra identidad personal tal y como la conocemos y/o la concebimos.
El crecimiento compulsivo nos ha llevado a esto. Los obreros han sido sustituidos por las máquinas, los robots, en cualquier fábrica, desde las que fabrican coches hasta las que hacen cerveza o los tapones para los botellines. Ya no hay operarios manuales. Toda una gran factoría de la que salgan diariamente miles de componentes u objetos puede llevarse con un par de operarios que se dediquen exclusivamente a apretar un botoncito de vez en cuando y vigilar en unas pantallas que todo vaya según lo planificado.
Ese gran avance del siglo XX en pro de una mayor calidad de vida de la clase obrera ha llevado a la verdadera desaparición de dicha clase obrera.
Durante los últimos años se ha mantenido una reminiscencia del obrero, plasmado en unas pocas profesiones, antiguas, sí, pero necesarias también: la figura del peón agrícola, cada vez más diezmado por la aparición de más y mejores y enormemente eficaces máquinas recolectoras, cosechadoras, trilladoras, estrujadoras, transportadoras, picadoras, y yo, lo que únicamente veo son máquinas destructoras de mano de obra. Otra reminiscencia ha sido, y lo hemos comprobado recientemente, el albañil. O el minero, o el pescador. Verdaderos proletarios de nuestra era que, sin darnos cuenta, mantenían un sistema global más o menos equilibrado.
Pero aparecieron enormes buques, auténticas cosechadoras del mar, que son a la vez trilladoras del fondo marino, acaparadoras de las tres dimensiones del espacio subacuático, fábrica de conservas, conservera, mantenedora del producto y distribuidora móvil, todo en uno. Ah, el mar, territorio de todos, donde la ley es ignorada y vulnerada por unos y otros. Y con ella el sentido común, la protección del futuro.
Hemos ido en la dirección contraria.
Mientras que la población ha ido aumentando sin parar, sin límite, al mismo tiempo la demanda de mano de obra se ha reducido de modo alarmante. Cada vez somos más individuos y hay menos puestos de trabajo. Si no hay puestos de trabajo, no hay dinero para vivir, porque vivimos en la sociedad global donde todo tiene un precio. Cuesta dinero tener una vivienda, tener luz y agua corriente, vestirse tiene un precio, y no hablemos de alimentarse debidamente. Y aún no he mencionado ningún lujo, creo.
Mucho ojo, y fíjense, que he hablado de falta o escasez de puestos de trabajo, pero no de trabajo en sí. Luego volveré sobre este punto.
Pero, ¿hay recursos para todos? ¿Cuál es el límite de la madre Tierra para dar de comer a todos los hombres, mujeres y niños que habitan sobre ella? Estoy seguro que existe un cálculo sobre este dato, pero prefiero no conocerlo, y en caso de conocerlo, prefiero ignorarlo, porque seguro que lo ha calculado algún analista vidente echando mano de estadística y ponderaciones que aprovechen vaya usted a saber a quién.
Y sí, no me fío. Está la cosa para fiarse de nadie, seguro.
Siempre escuché, desde muy niño, que muere gente de hambre aquí y allá, sobre todo en Africa. Por eso no dudan en cruzar desiertos y mares con nada. ¿O debería decir sin nada? Sólo la ilusión de medrar un poco, de vivir un poco mejor, o al menos de poder llevarse un bocado al estómago cada día. Para uno de esos que se han criado con la muerte y la carestía a su alrededor, pasar horas de pie junto a un semáforo ofreciendo pañuelos de papel a cambio de unos pocos euros, eso, esa actividad, esa forma de vida, es un logro brutal. Es la primera generación de una reconquista. Y nos ganarán, porque sólo llegan los mejores.
Una evolución radical, una selección natural sin piedad, se cierne sobre nosotros. Y el miedo es que, como en toda guerra o momento crítico de selección, en el caso de los seres humanos sobrevivirá el mejor, sí, pero ¿el mejor en qué? El más cruel, el más tramposo, el menos leal, el más fuerte físicamente, el que tenga menos escrúpulos, el más animal. El menos humanizado en suma.
Y sigo, después de este interludio sobre lo que puede o no pasar, para volver a nuestros días actuales, perdonen por la ida de olla.
Hacía una diferenciación entre la escasez o ausencia de puestos de trabajo, y la existencia real de trabajo. ¡Claro que hay trabajo! ¿De dónde creen ustedes que salen todos los productos que se transportan, se venden, se compran, se fabrican, a diario?
Bien es cierto que una gran parte de la economía de Españistán se sustentaba en el ladrillo, y con la caída o explosión de la burbuja, todos esos proletarios, obreros de la construcción y tantos y tantos miles y hasta millones de puestos de trabajo, han desaparecido de la noche a la mañana.
Esto deja fuera de juego a muchas personas perfectamente hábiles y capaces.
Mientras tanto, las grandes fábricas y empresas escupen sus productos sin solución de continuidad con una bajísima tasa de empleados, a precios que cada vez menos pueden permitirse, sin darse cuenta de que colapasará su microsistema. Si no hay gente que trabaje en esa y otras fábricas, no habrá familias con dinero para comprar esos productos. Es la famosa pescadilla que se muerde la cola.
No se tiene visión de futuro, ni la más mínima capacidad de analizar y prever lo que pasará dentro de poco.
¿No pueden o no quieren o no saben? Sea como fuere, dirán algunos, eso es cosa suya. Craso error. Ya es muy grave que la fábrica no contrate mano de obra porque “no la necesita”, pero es terrible también que los pocos que se ganan la vida por sueldos ridículos y largas jornadas de trabajo lo pierdan todo cuando la factoría tenga que cerrar porque su negoción ha desaparecido, no tenga sentido, no encuentre su sitio en una sociedad mermada, afectada de una grave falta de capacidad adquisitiva.
Y ahora viene mi propuesta, que pasa por una gran barrera ideológica, mental, filosófica. La barrera es que la Empresa debe renunciar a parte de su beneficio. La Empresa siempre se negará a ello. Históricamente, antes que renunciar a su beneficio, un empresario ha ahorrado costes, ha iniciado un proceso de supereficiencia laboral, lo que significa, siempre, menos trabajadores y exigencia de mayor rendimiento en estos pocos trabajadores remanentes. Este sistema se ha demostrado, al menos en la situación global actual, no solo inviable para la Empresa misma y su propia supervivencia, sino para la sociedad en su conjunto. Abogo, pues, por una recontratación de miles y miles de trabajadores manuales, todos aquellos que ocupaban las calles y campos, en detrimento de la máquina, del robot.
¿Qué pasaría? Habría que destruir para siempre la maquinaria ladrona de puestos de trabajo. No sólo eso: hay que prohibirlas, legalmente. Hay que volver cien años atrás, no hay otro remedio. Como consecuencia, la fabricación irá más lenta, el producto será más caro. Bueno, no es tan grave, porque también se fabricará menos, y la demanda, en todo caso, es inferior.
Lo que no puede ser, oh, amigos, y ahora viene la revelación clasista, es que en todo hogar haya varios aparatos de TV de treinta y tantas pulgadas, un vehículo por carnet de conducir, climatizaciones, internetes de altísimas velocidades, canales de pago, smartfons con prestaciones inimaginables, un PC por persona y así con un larguísimo etcétera. Todo eso es prescindible, sí, hay que aprender a renunciar y, sobre todo, hay que leer, mucho. Un libro no es caro, y lo puedes pasar a otro cuando lo hayas leído. Es una magnífica forma de pasar el tiempo aprendiendo sin darte cuenta. Y salir, pasear, hacer deporte al aire libre. Disfrutar de la naturaleza, disfrutar en comunión con tu entorno, protegiéndolo y cuidándolo. Y enseñar a tus hijos el respeto por los mayores, buena educación, pasar mucho más tiempo con y por ellos.

Es por eso que cada vez tengo más rabia contra la máquina.

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