domingo, 28 de octubre de 2012

El viento

Ya hablé en anteriores entradas sobre el viento y sus peculiaridades.
Como supongo ya saben, estoy en trance de aprender a dominar el deporte/arte del kitesurf.
Ahora mientras escucho por los auriculares una versión remezclada de ese fantástico tema llamado "Starla", de los primeros Smashing Pumpkins, les contaré un poco de mi tarde de ayer, viernes.
Pero primero aclararé que esto de la cometa es una mezcla curiosa de disciplinas, y en su práctica se mezclan en mayor o menor proporción el snowboard, el surf, el windsurf y el wakeboard. Y es, igual que esas disciplinas, uno de esas extrañas aficiones que, bien hechas, son bellas de ver, además de practicar.
Pero no es fácil, o no tan fácil como pareciera a primera vista para alguien que ha hecho sus pinitos en otros deportes de riesgo, y ha probado todo tipo de artes del deslizamiento sobre agua, nieve y asfalto.
Hace un mes o mes y medio logré ir y volver al punto de partida, a ceñir y navegar con naturalidad tanto a la derecha como a la izquierda. El siguiente paso es aprender a girar, cambiar el sentido de la navegación sin perder el equilibrio y caer al agua. Ayer lo logré. Varias veces. La felicidad es en mí, porque fue realmente el primer día que me lo propuse y voilá.
Cierto es que las condiciones eran un poco duras. El día con mayor oleaje desde que he empezado en esto de la cometa. Los primeros quince o veinte metros en la orilla eran pura espuma, y a partir de ahí las olas rompían un poco violentamente, y algunas sobrepasaban mi altura -lo que acojonaba un poco-. Pero hay que estar, joder, hay que estar.
El viento fue de menos a mas, y si al principio hacía unos 10 u 11 nudos, suficiente para mover mi peso con la cometa de 12 metros, llegó a alcanzar los 20 nudos, momento en que, dos horas después de empezar a mojarme, decidí dar por terminada la sesión. Alguna racha de 25 nudos me llevó catapultado por los aires de forma desastrosa, incluso salvaje. Se me cayó la cometa inevitablemente al agua, perdí la tabla dos veces, y pegué tres o cuatro leches cojonudas, en serio, brutales. Menos mal que el agua absorve los golpes y yo aguanto bien la respiración, aún ando bien de apnea.
En un momento dado tuve que salir a descansar y analizar un par de cuestiones técnicas. Decidí frenar un poco la cometa -acto mediante el cual, acortando dos de las cuatro líneas que manejan el ala, se impide que caze tanto viento-, y a partir de ahí me dediqué a hacer bordos cortos y a girar una y otra vez, a practicar el cambio de dirección. Y salió. Y otra, y otra vez más. Y cuando me metía mar adentro a toda velocidad saltaba involutariamente simplemente por el tamaño mismo de las olas. Y a la vuelta hacia la orilla las venía surfeando, y cortaba y recortaba a toda velocidad y planeaba paralelo a la orilla hasta que notaba que la quilla rozaba la arena. De locos.

El kitesurf comparte con el surf y el windsurf el que no lo puedes practicar cuando quieres. Ni tampoco cuando puedes. Sólo si se dan ciertas condiciones. Así, uno puede estar diez, quince, veinte días sin tocar la playa. O yendo inútilmente para volver triste y lentamente al coche a guardar todo el material.
Puede hacer poco viento, o demasiado, o haber tormenta, o estar la playa plagada de domingueros, o, como también me ha pasado, no haber nadie.

Luego está la peculiaridad del viento, esa fuerza enigmática y poderosísima. Uno no es consciente de la potencia de Eolo hasta que sale catapultado, literalmente. Ya me pasó hace dos décadas con el windsurf y las primeras enganchadas con el arnés. Pero con el kitesurf lo estoy viviendo más intensamente. Uno se esmera y se empeña en controlar varias cosas a la vez, y se acumula el trabajo, en serio: en qué posición llevo la barra -demasiado o poco cazada-, dónde se encuentra la cometa -muy arriba, muy abajo, se me cae, se me cambia de ventana-, hacia dónde dirijo la tabla, y cómo, y si clavo bien el canto o si a lo mejor debo derivar un poco más para coger velocidad; y ahora, cuidado, viene otro cometero de frente -quién tiene la preferencia, cómo debo actuar, será novato como yo o tendrá la habilidad de esquivar o reaccionar ante una metedura de pata mía-. Y de repente una ola que no habías visto te rompe en la cara y te vas al carajo...

La tabla queda quince metros por detrás de tu posición, y el viento te empuja hacia la orilla, por no hablar de las olas de metro y medio rompiéndote encima. Hay que hacer bodydrag para recuperarla, y ayer no era fácil. Pero lo hice, no queda otra.

Y a empezar otra vez, y otra. Y notas el poder, la tensión en las líneas, aprendes las reacciones de la cometa a tus movimientos con la barra. De pronto te das cuenta que ya apenas miras la cometa más que en momentos puntuales, y que la mueves con naturalidad. Y que te asustas menos del choppy y de la velocidad, y que esperas una buena ola para lanzarte a por ella...  Diosssssss, la locura.

Para que quede constancia, el Gurú del Viento, el Hombre que Susurra a las Cometas, tomó un par de diaporamas positivados en los que salgo. En el primero soy el de la izquierda, cometa verde. En el segundo, se aprecia una cometilla justo en medio de la foto:

Así da gusto, eramos cuatro gatos, pero bien avenidos.

Un lujo.

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