Mostrando entradas con la etiqueta reborn. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reborn. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de septiembre de 2021

Estamos locos. Puerto de La Picota y otras aventuras


    Mucho rato frente a la pantalla del PC preparando las posibles rutas, consulta de altimetrías y distancias, mirar con lupa la previsión del tiempo en estos días inciertos en los que puede hacer fresco (incluso llover) o pasar calor de mil demonios... 
    Son pasos que uno va dando para tomar el camino hacia un reto personal que se puede convertir súbitamente en el descenso al peor de los infiernos, cuando precisamente se trata de subir y subir. 
     Los paseos en bici que habitualmente llevo a cabo son más bien llanos. Algún repechillo leve, pero poca importancia en el cómputo global. Y lo que que a mí me gusta es la montaña, enamorado de las épicas hazañas que uno ve de las grandes vueltas o esas carreras clásicas de primavera, en las que los paisajes gloriosos acompañan el sufrumiento-goce de los ciclistas en las subidas, y las vertiginosas bajadas añaden emoción y peligro y marcan las diferencias entre los más hábiles y técnicos.
       Sí, la montaña mola, y aunque lo que tenemos en la provincia no son verdaderas montañas, sí podemos disfrutar de una sierra que como casi todas las sierras y montañas, esconde sus carreteras solitarias, silenciosas, sólo perturbadas por algún loco a pedales, o motoristas que rompen la monotonía del silencio. 
Me embarqué en esta empresa el domingo: 


Saliendo desde la explanada al pie de la Presa del Corumbel Bajo, donde dejé estacionado el coche, parto hacia el Norte por esta carretera que conozco bien, pues la he recorrido innumerables veces en coche y en moto, y unas cuantas ya en bicicleta. El recorrido hasta el cruce de Berrocal, de unos 21 km, está lleno de curvas y paisajes propios de la zona, dominados por eucalipto en su mayoría, vamos subiendo, ganando altura poco a poco, y en su última parte encontraremos la zona más espectacular, dominada por el puerto que tendremos que bajar hasta el nivel del Río Tinto, ya casi hacia el final. La bajada de este puerto es de los mejores momentos del día, aún fresco, y me tengo que subir la cremallera del maillot hasta arriba. Después, una subida que se hace bien, porque llegas fresco de la bajada y no tienes muchos km en las piernas aún. Llegado al cruce del Berrocal, giramos a la izquierda, dirección Marigenta, volvemos a bajar un pequeño puertecito hasta otra vez para pasar sobre el Tinto y enfilar cuesta arriba lo que será el plato fuerte del día, el puerto de La Picota, de tres kilómetros de largo, que empieza fuerte pero uno llega medio descansado por la bajada previa, la segunda parte es más llevadera, y el último kilómetro es de agárrate y no te menees, con todo el desarrollo metido  y teniendo que ponerse de pie... de locos


A partir de aquí, todo es terreno ignoto para mi persona (ya les digo que tengo poca experiencia), y me dirijo hasta Marigenta, casi todo cuesta abajo, cosa que mis piernecitas agradecen, mientras tomo la primera barrita energética del día. Ha pasado poco más de una hora, y ya comienza a hacer calor. A la altura de este pequeño pueblo, giro a la derecha, por la carreterilla del cementerio, que enlaza con una aldea llamada Las Delgadas. Este es un trayecto con el firme que varía desde trozos con asfalto flamante y recién puesto, a tramos antiguos, aunque no hay grandes baches. Eso sí, es un rompepiernas de cuidado, con curvas, ascensos y fuertes descensos con poca o nula visibilidad dada la estrechez de la vía. Un recorrido particular, que me gustó recorrer, pero no esperaba esa dureza. Por fin llegué a Las Delgadas, que bordeo por la izquierda, y se toma un buena carretera, ancha y bien asfaltada y señalizada, que me llevará hasta las cercanías de Nerva, a la carretera que llega hasta El Castillo de las Guardas, que es la dirección que yo tomaría. Este trozo será el que más tráfico tendría de toda la mañana, es bastante transitada y más en fin de semana, pues une toda esta zona minera de interés turístico con Sevilla, pero es amplia, hay buena visibilidad, y entre que llevo potente luz trasera y me pego lo más posible a la derecha, no tuve en ningún momento sensación de peligrosidad. Pasados pocos kilómetros, que incluyeron una buena subida bordeando la localidad de Nerva, hay que tomar nuevamente a la derecha, en dirección a El Madroño, que será la parada prevista para descansar un poco y tomar algunas energías.

Nuevo récord de desnivel positivo acumulado!


Esta peculiar carretera que llega a El Madroño es perfecta para el ciclismo de ruta, bonita, solitaria, con paisajes hermosos, vegetación, y si la hora acompaña puedes cobijarte del sol. Pero reconozco que yo iba ya un poco cansado, por no decir bastante, y me tomé las subidas con calma. El calor apretaba tela, y aunque me quedaba bastante agua, yo nunca había hecho algo así. Los repechos, largos, a pleno sol, se me hacían eternos, no quería mirar hacia arriba, y agachaba la cabeza, me ajustaba la visera de la gorrita para que me tapara lo máximo de la cara con su escueta sombra. Una bajada inesperada me alegró un poco el trance, me endulzó la agonía, y alcancé a un coche que me había adelantado culminando la subida precedente, sacando rodilla como si fuera en una motocicleta, preguntándome donde estaría el límite del agarre de las escuálidas ruedas de una bici de ruta... espero no tener que encontrarme con ese límite nunca. Cruzamos un puentecito sobre la ribera del Jarrama, que viene de un embalse cercano con el mismo nombre, y comenzaría una de esas subidas que he hecho en moto varias veces sin ser consciente del desnivel, del esfuerzo, de la penuria, de preguntarme una y otra vez si podría llegar no ya a donde dejé el coche aparcado, sino siquiera a El Madroño, que quedaba a tan solo unos cuatro kilómetros escasos... Se me hacía eterno, interminable. No he subido tanto en mi vida, yo no esperaba esta dureza, este calor. 

¿No querías ciclismo? Pues tomas dos tazas. Esto es ciclismo, esto es montaña, esto es la famosa y cacareada "épica del ciclismo". A mi nivel, claro está. Y creo que cosas así hay que hacerlas alguna vez para tomar perspectiva, aprender a juzgar las cosas desde otro punto de vista, y en definitiva acumular experiencia, aprender, saber.

Cuando llegué a El Madroño, saludé a un paisano, un viejito sentado a la sombra en su portal, que leía la prensa, y le dije "hola" con una sonrisa. Hace mucho tiempo leí en una revista que uno de los mejores recursos para luchar contra la fatiga era sonreír, y desde entonces siempre, siempre, siempre me acuerdo y lo practico. A mí me funciona. El viejito me devolvió el saludo, alegre. En el Bar Marcelo fui magníficamente atendido por quien supongo que sería Marcelo, con gran simpatía, que me preguntó cómo iba la ruta, y hacia dónde me dirigía, y se llevaba las manos a  la cabeza cuando le comenté que aún tenía que llegar al Corumbel. "¡Con la que está cayendo, chiquillo!", me contestó. Tomé otra barrita, un café americano con hielo y un aquarius de naranja, y le pedí que me rellenara con agua fresca uno de mis bidones por favor. "Ahora mismo". Le dije "muy agradecido", y me contestó "a tí, siempre".

Sabía que ahora venía un buen tramo de bajada, con paisajes de esos que me gustaría ir parando para observar la belleza y magnitud de los bosques desconocidos de esta parte olvidada de la provincia. De modo que partí alegre y sonriente (de nuevo) hacia Berrocal, pero la estrecha carretera absorbería toda mi atención: curvas pronunciadas, muchas de ellas ciegas, con buen asfalto pues no hace mucho, quizá justo antes del confinamiento, fue renovado el firme, fuerte pendiente que hacía que la bici se lanzara en un santiamén, y guardarraíles que impedirían con suerte que no me despeñara por algún barranco. Una gozada para bajar en bici. Pensar en esos descensos es lo que me anima a subir. Todo lo que sube baja, y viceversa, en el mundo de la bicicleta, y con el tiempo y los kilómetros uno aprende a disfrutar también de las subidas (el reto, la lucha interior, romper límites, probarte, vencer), pero no hay nada como una buena bajada, conste.

La dicha bajada culmina con un pequeño paso sobre el arroyo Gallego, y como es norma, vendría la penúltima subida del día, dura a ratos, aunque breve, apenas 1'5 km, con el sol pegando en todo lo alto. Ahí fue el momento del día que más noté al Lorenzo, aunque nunca llegué a sentir al tío del mazo, sí tenía sensaciones extrañas en mi cuerpo: mucho calor, piernas vacías, ánimo menguante. Pero el planeta pedalier seguía orbitando bajo mí, el conjunto Trek Emonda-Pedro seguía tirando, y poco a poco llegué, por fin, a Berrocal, un pueblo que es una pura cuesta, con las calles vacías, un horno en esos momentos. Ahora tenía unos minutos de descanso, todo bajada hasta cruzar de nuevo el Río Tinto, recorriendo a la inversa lo que había hecho unas horas antes. Dejé volar la Trek mientras me agachaba y agarraba con ganas el manillar, tratando de oponer la mínima resistencia al aire que se había levantado, y para mi desdicha lo llevaría de cara en adelante. Todo se aliaba en mi contra, para mi pesar.


Nuevo récord de velocidad máxima!!!

Llegados a este punto, sólo queda subir el último puerto del día, aquel que bajé al principio tan feliz, tan disfrutón, que tan bien conozco de rozar rodilla con la Ducati cuando lo recorro de otra manera, no más ni tampoco menos gozosa, sino diferente. Pero amigo, para arriba es otra cosa. Dos veces eché mano de bidón de agua para darme una pequeña ducha mientras pedaleaba con el 34*28 metido. Ya no había dolor, sólo quedaba una capacidad infinita de ir subiendo poco a poco sin quejarme (total, ¿para qué?), paciencia, calma. Hay que moderarse y no tratar de conseguir lo que uno, por edad y falta de preparación o forma no puede o debería. 

Menos mal que el cómputo de los últimos 15 kilómetro sería en general descendente, la gravedad es una buena amiga siempre cuando uno va en bici. Hace unos días leí que lo que hemos llamado "fuerza de la gravedad" desde que Newton la enunciara, no existe como tal, sino que es una consecuencia del plegado del espacio-tiempo por culpa de la masa de los cuerpos. Bueno, sea como fuere, el plegamiento por razón de la masa del planeta me estaba ayudando a luchar contra el viento y el cansancio. No relataré en qué andaban mis pensamientos cuando notaba el aire frenándome, o llegaba a algún repechillo de treinta o cuarenta metros. Querer morirse no sería la expresión adecuada, porque yo nunca he querido eso salvo aquella vez en la habitación del hospital que... mejor no recordarlo ahora. 

Llegué al Corumbel, llegué al coche, vivo y feliz. Agotado no, vacío. No recuerdo haber pasado por algo así en mi vida. Tuve que esperar un rato a tranquilizar pulsaciones, respiración, dejar que los humores de mi cuerpo fluyeran por sus recovecos, antes de llamar al limitador avisando de mi éxito y que partía pronto de vuelta a casa. Fue recogiendo poco a poco el instrumento de placer y tortura, llámese también bicicleta. Me cambié de indumentaria por otra seca y más adecuada para conducir, todo ello mientras el coche estaba ya arrancado y funcionando el climatizador. Treinta y cinco grados había en ese momento. La previsión meteorológica había fallado estrepitosamente y me había jugado una mala pasada, pero he resistido y soy feliz. 

Ahora sé más de mí mismo, y eso me hace, sin duda, más libre.

viernes, 30 de octubre de 2020

lo imposible

Nuestros cerebros no pueden hacerlo, pero la memoria muscular va aprendiendo con el tiempo... y de repente "lo imposible" se convierte en posible, y más tarde se vuelve incluso fácil y relajado.

Y para lograrlo, nuestro "aparato" neuronal, el conjunto cerebro-nervios-músculos, tiene su propio sistema: cuando algo sale bien se producen unas endorfinas que lleva a sentir placer, euforia, sensaciones agradables; cuando fallamos, ocurre lo contrario y aparece malestar, frustración... Así nuestro propio cuerpo premia o castiga nuestra propia habilidad, y con esos premios y castigos vamos aprendiendo. Sólo queda separar lo bueno de lo malo, repetir una y otra y otra vez, y dejar volar un poco la imaginación.

¡Vamos! Somos capaces de hacer mucho más de lo que creemos.

lunes, 29 de mayo de 2017

Desbloqueos

En algunos aspectos, mi vida sigue siendo una carrera de "obstáculos", ciertos muros que hay que abrir, desbloquear.
Una vez, hace tiempo, estuvieron abiertos, pero un día se cerraron muchos. Con el tiempo he ido superando etapas, a base de salir una y otra vez de la zona de confort, pero también tratando de que no se convirtiera tal objetivo en una obsesión.
Soy de la creencia de que todo tiene un tiempo, y no hay que forzar las cosas.

Ya tengo una edad, y la experiencia, es cierto, es un grado. No soy más inteligente, pero sé más, y sobre todo me conozco a mí mismo, mejor con cada día que pasa.

Hoy, con una enorme satisfacción (y porqué no decirlo, grandísima alegría), he roto una barrera muy importante, un escollo que andaba suelto, un cabo que ha sido amarrado finalmente. Hoy soy más bilateral. Soy más valiente, más bravo, y también más completo.
Hoy soy más YO. Más el que era, pero mejor.

En cierto modo, me viene al recuerdo la imagen de James Hettfield pegando guitarrazos mientras cantaba "Enter Sandman", el impresionante tema que hizo que yo amara a Metallica. Después fueron evolucionando, y con cada nuevo álbum se iban alejando más y más de aquel estilo visceral y, sobre todo, potente, que tanto me enamoró de aquel Black Album y los anteriores. Experimentaron, pero parecía que se alejaban de sus raíces. Llegué a perder el interés por la banda...

Y de repente, en su último trabajo, nos regalan potencia brutal, riffs poderosos, voces desgarradoras. Estilo y potencia, Metallica en estado puro. Lo que nunca debió dejar de ser y que ahora, nuevamente, es.

Ah, el ser y el deber ser, gran dicotomía.

Para que sepan un poco mejor de qué les estoy hablando, les dejo aquí esta cancioncilla, para que la disfruten (ese es el ritmo que me ha invadido hoy, háganse a la idea):


martes, 7 de febrero de 2017

reborn: lo pertubador.

Han pasado muchos meses, quizá años, desde la última entrada etiquetada igual que ésta. Seguramente la superación es algo que va ocurriendo casi sin darnos cuenta.
De pronto dejas de pensar en lo que pasó, y también en lo que pudo pasar de no haber pasado lo que pasó, lo que puede ser mucho más perturbador y lacerante.

Postrado en la cama de la habitación 220 de traumatología, incluso antes, tirado sobre el exterior de la última curva del autódromo del Algarve, ya fui consciente de las consecuencias mediatas de mi situación. Había hecho planes para los meses más cercanos, entre ellos viajar por los Alpes y subir hasta el Infierno Verde, y otros proyectos menores que no viene al caso comentar. De golpe y porrazo, nunca mejor dicho, todo eso fue truncado en meses de dolor. Pero nunca de frustración.

Luché fuertemente contra ese sentimiento, primero aceptando mi situación, y después centrándome en la recuperación física. Eso fue lo que menos me costó, aunque a casi todos les parezca lo contrario.

Lo difícil, y eso es algo que me lleva la máxima atención en el día a día, es la lucha contra el muro mental, las barreras del miedo que mi propio subconsciente ha construido. Es un proceso normal ese de construir una gran pared difícil de escalar, lo hacemos para protegernos. En mi caso, para no volver a meter el talegazo padre de nuevo.

Y es un auténtico reto recuperar la confianza. El exceso de confianza no es bueno, nos puede llevar al desastre, y habitualmente lo hace. Pero el defecto es igualmente negativo, porque no deja explotar nuestras habilidades, y me genera una sensación de estar capado, que es desagradable.

Lejos de mi ánimo el explorar los límites en circuito de nuevo, prefiero dedicar mi actividad a la carretera abierta y al campo. Con la adquisición de mi vieja-nueva Ducati, entro en unos nuevos parámetros, una categoría muy diferente a la vivida el año pasado con la 690 cuando le puse las ruedas de supermotard.
El tacto único de su parte ciclo, los sonidos, las sensaciones son tan diferentes que no parece ni el mismo deporte. Cosas que no sentí nunca con la Suzuki GSXR600, ni siquiera cuando me dejaron conducir otras máquinas como CBR1000RR, o GSXR1000. Porque no se trata sólo de potencia y de velocidad, sino de vivirlo, de sentirlo, de asimilarlo todo, hacerte uno. Y mi 749 es capaz de darme todo eso, sin pestañear, y desde la primera salida a la carretera que he hecho, tras casi 200 km de curvas.

He pensado mucho en las horas que pasaron desde que llegué a casa después del paseo de ayer, de lo vivido y lo percibido, de lo fácil que me he adaptado a una postura que he encontrado extrema a mis cuarenta y cinco años de edad: piernas muy encogidas, antebrazos y muñecas cargados, cuello más doblado hacia atrás de lo que estaba acostumbrado... Detalles físicos que hace doce años ni siquiera llamaban mi atención, ahora se convierten en pequeñas agujas que van penetrando y formando parte también de esa barrera que hay que superar. Es curioso, pero en cuanto enlazo cuatro curvas se me olvida todo... el cerebro es un arma poderosa, y deriva la atención a donde es necesario, estoy seguro, no estoy descubriendo la pólvora ahora.

Poco a poco voy escalando esa montaña cuya verticalidad es menos acusada de lo que uno piensa, y enseguida me encuentro sonriendo bajo la visera del casco, o gritando de alegría, entusiasmado no tanto por los avances, sino más bien perturbado por revivir de nuevo sensaciones de las que ya ni me acordaba, que estaban enterradas en lo más profundo.

Tener esta nueva motocicleta es, no puedo negarlo, un capricho, pero es también mucho más. Es una reafirmación de mi yo en la más amplia visión de ese concepto. Necesitaba esta moto para volver a ser uno mismo, para luchar contra mí y, si es posible, ganar esa batalla, que suele ser la más difícil y terrible: la que se libra contra uno mismo. Esta Ducati, para muchos la poor man superbike, es para mí enorme, bellísima, pero lo es porque la veo y la miro con ojos que otras personas jamás podrán comprender, por lo que significa, por lo que fue, y por lo que sin duda será.

Post scriptum: siempre se me olvida el título de aquella peli de Ben Affleck, El informador (the boiler room), en la que hay una escena que no se olvida: aparece uno de los protagonistas con un flamante Ferrari de color amarillo que se acaba de comprar, y un amigo le pregunta porqué no lo escogió en rojo, y aquél le contesta "mira tío, un Ferrari rojo es la ostia... pero es que uno amarillo es la reostia!!!". Ahí lo dejo.

Pues eso.

sábado, 19 de septiembre de 2015

el dolor (reborn)

Leyendo el bloc de quien me introdujo en el Yoga, Carlos Serratacó, especialmente en su última entrada, no he podido resistir a escribir ésta que ahora lees, a modo de catarsis o liberación. 

En "yoga y dolor", leo cosas como éstas: 

Vivir con dolor, y si ese dolor es fuerte, sea estable o esporádico es algo muy duro. Aquí el yoga con toda su enseñanza nos puede ayudar muchísimo. Es duro porque en primer lugar si ya de por si nos cuesta entrar en contacto con lo íntimo de nosotros, con dolor, es más complicado, es un andar tortuoso incluso sentirte.
Luego hay un martilleo constante dentro de nosotros de no aceptar dicha situación, hay algo dentro que no acepta la situación. Hay casos que lo único que te apetece es lanzarte por el balcón.

Aplicable sin duda a la vida misma con carácter general, no solo a la práctica de yoga. Seguramente todos conocemos a alguien que viva en esa situación, personas ancianas, por ejemplo, o aquejadas de algún tipo de enfermedad crónica. 

Con esa entrada, y las casualidades existen (como la experiencia me ha demostrado continuamente), me ha tocado de lleno. 
Recuerdo que entré en el maravilloso mundo del yoga merced a una lumbalgia que sufrí hace varios años, para reforzar la espalda y corregir posturas y tal y cual. Y el yoga entró en mi vida como un ciclón.
Más tarde, por avatares de la vida, no he podido seguir practicándolo tan seriamente, si es que tal adverbio se puede aplicar en este caso, pero nunca he dejado de hacerlo, mucho o poco, tarde o temprano, con más o menos esfuerzo. A menudo, simplemente observando mi respiración plena en un momento de tranquilidad en la playa o en la montaña... En esos momentos suele ser suficiente.

Pero hace unas semanas, sin esperarlo porque no he tenido ningún aviso, he tenido un nuevo ataque de lumbago. Ya lo había olvidado, fíjate, son los mecanismos de defensa de la mente. Y de repente, de un modo grotesco y quizá cómico (sentado en la taza del wáter mientras leía apaciblemente un libro), ese pinchazo terrible en la baja espalda que me deja absolutamente inútil.

Tras el típico tratamiento médico, y pasados los síntomas más dolorosos, me puse a estudiar mi caso, en el afán de encontrar la causa. No es fácil. No soy médico, ni siquiera estudié ciencias. Y ya sabéis que la red es una gran fuente de desinformación...

Mientras tanto, y aunque lo más duro ha pasado, tengo una sensación constante, una pequeña quemazón en determinada vértebra, como un recuerdo sordo, a veces ni lo noto, pero otras me llego a asustar porque pareciera que me va a dar el lumbago de nuevo que me lleve a urgencias. 

Busco y practico a diario una rutina de asanas que creo que vienen bien. Me relajan, y mi cuerpo no se queja. Sé que es un camino largo, y que la edad pasa factura. Tampoco mis aficiones ayudan, porque tengo la espalda muy machacada y el limitador de velocidad dice que soy muy bruto... 

Pero sí, por desgracia, comprendo lo que es vivir con dolor, y aunque lo mío es realmente algo leve comparado con lo que sufre mucha gente, puede llegar a convertirse en una situación desquiciante. Hay que armarse de una buena fortaleza mental, plantar cara a la vida con optimismo, sonreír, dejar pasar, incluso olvidar.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

El dolor

De nuevo nos vemos las caras: 


En la imagen ven antiinflamatorio, analgésico, relajante muscular, protector gástrico y gel tópico, junto a una reproducción de un cráneo que tengo pendiente de tunear. Detrás pueden atisbar la célebre trilogía de J.R.R. Tolkien que conservo desde hace 25 años, y la serie completa de La Fundación, de Isaac Asimov.

En el verano de 2008 de 2008 tuve una lumbalgia terrible, con motivo de una imbricación de vértebras que causó la contractura de los músculos que rodean la columna en su zona más baja, la cual me tuvo postrado varios días absolutamente inútil, y dos semanas de baja laboral. Yo nunca había tenido problemas de espalda, y practicaba deporte habitualmente. Acababa de volver de La Pinilla de practicar descenso en bicicleta de montaña durante cuatro días sin descanso, y la verdad es que estaba tan agotado que me dediqué a descansar tranquilamente. Al tercer día de descanso, agachándome para sacar un enchufe de la pared, se produjo el crujido en la espalda.

A raíz de aquello comencé a practicar yoga, que me ha ayudado mucho en mi estado de salud física y mental, sin duda.

Esta vez, tras siete días conduciendo por Italia, numerosos paseos por diversas localidades toscanas, y una ruta de varios kilómetros el último día recorriendo Roma, el mismo día que llegué del aeropuerto de San Pablo me dirigí directamente a la playa porque había 25 nudos y eso tenía que aprovecharlo. Era domingo. El Lunes volvió a hacer viento, y navegué un total de tres horas con gran disfrute, aunque tuve que parar a media tarde porque ya mi cuerpo no daba más de sí.
Curiosamente, tres días más tarde, el jueves, sentado tranquilamente en el trono, leyendo un libro (como es mi costumbre), me llegó el fatal pinchazo. Tras los iniciales momentos de pánico, me rehice mentalmente y con mucho esfuerzo conseguí limpiar mi trasero y medio subirme la ropa interior. 
"A urgencias del tirón", le dije al limitador, y allí me prescribieron todo lo que ven en la foto, más un inyectable que rehusé inyectarme porque no quería sufrir los efectos secundarios.

Esta vez me ha dado más flojo, no ha habido crujido de la osamenta, y en pocos días ya me encuentro muchísimo mejor. No he pedido baja, y ya ayer hice unos ejercicios yóguicos y me lancé con extremo cuidado a disfrutar del suave viento que hubo en Punta Umbría. 

Una vez me dijo una anciana que una vez que te da el lumbago, uno lo tiene ya para toda la vida. Ahora veo que estaba en lo cierto, pero también observo y descubro un patrón en su aparición, por lo menos en mi caso particular. Sin duda, estar medio en forma, la higiene postural que me esfuerzo en practicar desde hace muchos años, y el yoga, me han protegido y propiciado una recuperación en tiempo récord. Debo aprender de las enseñanzas que la vida me otorga. Tomo nota, y paso página. 

Tengan cuidado con los excesos, cuídense, y mucha atención al doblar el espinazo o cargar con objetos pesados!!!

viernes, 8 de abril de 2011

reborn: la noche

La terrible noche.
Exiliado en una habitación en principio concebida como cuarto de juegos y estudio de mis retoños, por situarse en la planta baja de mi casa y así no tener que enfrentarme a diecisiete escalones para ir a descansar cada vez que el cuerpo me lo pida. Así es mi lecho actualmente, una cama de niño, en la que tengo que subirme bastante en la almohada si no quiero que mis pies cuelguen por el otro extremo.
No me quejo, no obstante. Tengo la suerte de tener a mi alcance esa habitación junto al salón, que es el sitio en el que hago el 95% de mi vida hoy por hoy.
Y durante el día todo va bien. Pero la noche, ay, la noche es otro cantar. Porque no duermo, o al menos no como dormía antes del suceso, ni en cantidad de horas, ni en calidad del sueño, ni en la profundidad, ni en nada, vamos, una puta mierda.
El médico dice que "tu organismo, acostumbrado como estaba a desarrollar mucha actividad, de repente no ejercitas nada, no hay desgaste, no aparece el cansancio y, por tanto, tampoco la necesidad de un sueño reparador. Duermes lo que tu organismo ha decidido que debes dormir, no le des más vueltas". Pero yo no me lo creo, no me conformo. Fundamentalmente porque durante el día sí que me entra sueño: a medio día, si me tumbo a descansar un ratito, tengo que esforzarme para no caer en los brazos de Morfeo; después de comer me invade siempre una siestitis agudísima, a la cual intento resistirme, a veces con éxito, otras sin él; a media tarde lo mismo. O sea, que el cuerpo sí que me pide sueño, lo que ocurre es que "tengo el ciclo cambiado".
Pues a ver, de qué modo o manera se puede poner el ciclo en su sitio, porque yo llevo intentándolo varias semanas sin éxito. Primero tomé unas cápsulas de valeriana y un "infurelax" antes de irme a la cama, pero sólo funcionó la primera vez que lo hice. Después, un mojigato doctor de cabecera me recetó unos pequeños comprimidillos de un supuesto calmante o algo así. Pero nada, y eso que dupliqué la dosis. Finalmente, lo último ha sido, después de cambiar de médico de cabecera, otras pastillas más fuertes, más enfocadas a mi problema... pero se ha revelado como absolutamente inútiles en su desempeño, pues creo que duermo incluso menos y peor.
Estoy por probar a no tomar nada, a ver que pasaría, pero cuando me acuerdo de las varias noches que pasé en blanco al principio de estar en casa, se me quita de la cabeza rápidamente.
Quizá ninguno de ustedes, queridos y desconocidos lectores y/o seguidores, ha conocido el monstruo del insomnio, ese Leviathán nocturno que destroza y castiga tu mente, que machaca tu cuerpo dejándolo sin descanso, que altera el humor, dispersa el conocimiento, anula la voluntad del que lo sufre. Pues mejor así.

Vayamos ahora a cosas más prácticas, o, al menos, más positivas: el artefacto que me llevó a mi situación actual, esa máquina japonesa de precisión con válvulas de titanio, cigüeñal superequilibrado para girar sin problemas a 15.000 RPM, frenos mejorados, cambio semiautomático.... dicha máquina ha sido eliminada de mi lista de bienes, no por destrucción, explosión, quema o robo, no, sino por su venta. Un amigo del grupo de motoristas afín se la queda, así podré hacer un seguimiento de su vida post-Peterwash. El contrato, de momento verbal, ha sido señalado con pago de parte del precio, lo que indica la verdadera voluntad del comprador de quedársela. Le doy la enhorabuena, se lleva una buena máquina, muy rápida y fiable.

Ya sé, sí, no me lo digan más, que esta entrada es un poco bastante aburrida y quizá negativa, pero les recuerdo que mi situación es así en general. A veces estoy más animado, y otras menos, es normal. En cualquier caso, el valor catártico del bloc es muy importante para mi mejora y ánimo mental, como he podido descubrir con el paso del tiempo.

Y disculpen por no poner picture que haga más llevadero el asunto, pero es que no hay nada que retrate lo que he contado.

miércoles, 6 de abril de 2011

reborn: ¿cambios?

Y un buen día me dieron el alta hospitalaria, hace justo tres semanas.
Todo pasaba deprisa. Al día siguiente de llegar a casa me afeité tras casi 20 días, y me di una ducha digna de dicho nombre. Pude observar en el espejo del cuarto de baño mi delgado cuerpillo, mi tez pálida.
A partir de ahí, mejoraba por dias, o eso quiero creer. Recuerdo la primera vez que fui al WC a obrar, y tardé una eternidad. ¿Esto es lo que me espera?, pensé. Pero en un par de días y me iba dando cuenta de que todo iba saliendo más y más fácil: desplazarme con el andador y las muletas, moverme en la cama, sentarme y levantarme de la taza del váter, comer junto a los míos... en fin, gestos cotidianos que suponían más y más barreras para mi recuperación. O, visto de otro modo, eran pequeños retos que constituían la base de mi recuperación.
Cada 24 horas me percataba de que me ponía más fuerte, y enseguida puse un par de kilos de los más o meos diez que perdí en la 320.
Mi rutina diaria de "ejercicios", consistente en flexionar la rodilla hasta el límite del aguante del dolor, extender la pierna contrayendo el cuádriceps, flexiones de bíceps femoral, ejercicios para los gemelos, algún que otro estiramiento, todo ello iba dando sus frutos, sin duda. El doctor me felicitó cuando fui el lunes a la revisión por ello. Pero también me dijo que nada de salir a pasear con las muletas, y que utilizara el sentido común -¿sería algún tipo de indirecta?-.
Debo seguir igual durante tres meses más.
Mientras tanto, el entretenimiento con el que me distraigo más es con la lectura. Junto a mi sillón favorito me he colocado una pequeña mesita auxiliar en la que se amontonan libros prestados, regalados recientemente, y otros propios que estaban en lista de espera:


¡TRES MESES MÁS! Noventa días mal contados haciendo exactamente lo mismo. Y sigo sin dormir bien por las noches, aunque me vaya quedando dormido por cualquier esquina durante el día. Y hoy me afeito, y me doy cuenta al verme en el espejo que se me notan todas las costillas, y que mis brazos son la mitad de lo que solían ser. Ya no pongo peso, supongo que hay que esperar a volver a mi actividad plena, y hacer deporte a lo bestia para empezar a notar más cambios.
Mis hijos se han acostumbrado rápidamente a tener un padre que ya no sale de casa, y que no puede alcanzarle aquel juguete en lo alto del armario, o que, simplemente, no puede subir las escaleras para darles el beso de buenas noches como hacía cada día antes del suceso. Ahora son ellos quienes me lo dan a mí.
Día tras día, mi limitador se los lleva a inglés, o a baloncesto, o al parque de la esquina, por las tardes, y me quedo sólo durante dos, tres horas, intentando encontrar algo decente en la caja tonta -tarea imposible-, o yéndome a la cama a descansar -teniendo mucho cuidado para no quedarme dormido-.
Y hay muchos momentos en que me pregunto cuál será el próximo cambio en mí, y cuándo vendrá. Cada vez tardan más en aparecer, es lo normal porque al principio se va muy rápido. Ahora sólo me queda esperar acontecimientos. Tres meses dan para mucho, y espero estar alerta para no caer en la depresión, o la rutina devoradora, como le ocurre a muchos en mi situación.
Bueno, ahora les dejo, que me tengo que pinchar la eparina...

lunes, 4 de abril de 2011

reborn: primera revisión

El título de esta entrada parece sacado del manual de usuario de un coche, esa revisión que se hacía cuando acababa el rodaje. Pues más o menos ha sido eso.
Me presenté en el HUVR de Sevilla a la hora H, presto a radiografiarme una vez más. Menos mal que no estoy embarazado, a estas alturas debo tener más radiaciones en mi pierna que la central de Fukushima.
Con el retraso medio de nuestra querida SS, una técnica tan competente como supersimpática me sacó un par de tomas transparentosas con fondo negro. Hoy día ya no se imprimen la Rx, sino que se envían por una intranet hospitalaria a un servidor desde donde las puede recuperar el doctor, un enfermero, o quienquiera que tenga un interés verídico y el acceso legal a la base de datos. Yo no estoy entre tales seres privilegiados, por lo que una de las primeras cosas que le dije a don Eduardo, mi cirujano, cuando me recibió con una hora de retraso, es que consideraba totalmente inaceptable que a estas alturas, y habiéndoseme practicado tres sesiones de radiología postoperatorias, no se me hubiera otorgado la posibilidad no ya de entregarme alguna para mi colección particular, sino ni tan siquiera enseñármelas. Por supuesto, don Eduardo, a quien saco por lo menos seis o siete años de edad, mano izquierda, educación, saber estar y humanidad, hizo caso omiso de mi observación. Se limitó a teclear incesantemente, mientras callaba y ojeaba el monitor. Por fin me hizo algunas preguntas rutinarias del tipo "¿le duele?", o "a ver, cuánto puedes flexionar la rodilla". Y llegó el momento cumbre: en un alarde de generosidad sin par, giró el monitor hacia donde yo me hallaba sentado para que pudiera ver el pictograma en negativo de un hueso bastante roto atravesado por una línea gruesa que dijo ser el famoso clavo. "Todo va bien, el clavo no se ha movido y se mantiene perfecta la línea del hueso". Las cosas van como tienen que ir, según él, y me hizo hincapié, viendo mi insistente impaciencia por empezar a hacer una vida normal, en que tenía que usar el sentido común, no tener prisa, y seguir a rajatabla sus indicaciones si no quería tener problemas en el futuro.
"Le voy a dar la próxima cita para dentro de TRES MESES". ¿¡Cóoomo!? pero, pero, perooooooo   "Sí, sí, dentro de tres meses te haces otra Rx y vemos como va la consolidación. Dentro de un mes a partir de hoy, empiezas con una carga parcial, digamos unos veinte kg -a calcular mediante la ayuda de una báscula según un método fácilmente explicado por él-. Así, después de dos meses con la carga parcial, en tu próxima visita, seguramente te quitaré los tornillos de abajo para que el peso de tu cuerpo haga presión en el foco y ayude a la consolidación".
Queda claro, pues. Por lo demás, mi vida debe seguir exactamente igual que hasta ahora: de la cama al sillón, del sillón al sofá, de ahí al WC, y vuelta a la cama a descansar o a hacer mis ejercicios. Lectura, TV, i-net, es el pan mío de cada día.
A continuación le saqué un papelito donde yo llevaba apuntadas una serie de ruegos y preguntas, que fueron más o menos contestadas satisfactoriamente. La última cuestión fue el tema laboral: ¿Cuándo volveré al curro? tenga en cuenta que trabajo en una oficina frente a un ordenador...  En ese punto el doctor Belascoaín llegó incluso a esbozar una sonrisa, y me dijo "mira, el momento de tu reincorporación al mundo laboral está tan lejano que no merece la pena ni pensar en eso ahora". Lo cual, la verdad, no me satisfizo mucho porque, si en un par de meses ya no me canso tanto de estar en la misma postura y tengo una cierta autonomía gracias a las muletas y/o la silla de ruedas, no veo porqué no podría volver a la oficina. La respuesta fue clara y contundente: "tú tienes una lesión bastante grave, has pasado por un trance peliagudo, y tanto tu cuerpo como tu mente necesitarán mucho tiempo para recuperarse, pero realmente aún no eres consciente de ello."
Como quiera que yo volviera a insistir sobre tomar una prueba visual de las Rx, y viendo que quizá había sido un poco duro al tumbar todas mis expectativas, decidió dejar que tomara unas vistas con mi aifón, la mejor de las cuales les transmito aquí y ahora, de premio y propina por ser capaces de leer todo este montón de palabras agrupadas a veces sin sentido ni objeto:


La de la izquierda está tomada de frente, y la de la derecha es lateral, como se indica. Se aprecian claramente los diversos fragmentos, y si aguzan la vista podrán notar los agujeritos dejados por la fijación externa. Según don Eduardo, todo va normal, y pronto debería empezar a verse lo que él ha llamado la "nubecilla" o "nubecita", refiriéndose, supongo, al calcio que va uniendo las piezas en el proceso de consolidación, o formación del callo.
Disfruten de la Rx, mi buen trabajo me ha costado conseguirla. Les diré que incluso el doctor miraba hacia otro lado mientras yo tiraba la photo, como no queriendo ver el acto malévolo y delictivo que estaba cometiendo.

sábado, 2 de abril de 2011

reborn: ¡no seas nenaza!

¡No seas nenaza! Tal frase, tan bonita y expresiva, tan misógina, tan despreciativa y ofensiva ella, me fue espetada en toda mi cara en dos ocasiones durante mi estancia en la 320 del HUVR de Sevilla.
No sé si alguno de ustedes sabe lo que es una vía, o han tenido alguna vez puesta alguna, pero aclararé que es un minitubito o catéter que se introduce en una vena del brazo, generalmente cerca del pliegue del codo, o en la muñeca. Este tubito tiene un sistema de racores a los que se conectan botes de perfusión que gracias a la fuerza de la gravedad logran introducir en nuestro cuerpo lo que haga falta, siempre que se trate de líquido, por lo común suero, glucosa, antibióticos, analgésicos, hierro, sangre o lo que haga falta.



Pero ocurre que, con el tiempo, el paso de los días y los litros de líquido, el cuerpo humano, que a veces es sabio, nota que hay algo ahí, algo extraño, y trata de taponarlo mediante la coagulación o algún proceso similar. Entonces hay que "limpiar" o "desatascar" la vía, proceso consistente en, jeringuilla mediante, meter un chute más o menos enérgico de suero a través del racor, que arrastre el coágulo o lo que quiera que lo tapone. Claro, como todo, hay métodos y métodos, y dicho desatascamiento puede ser más o menos suave, más o menos rápido, más o menos delicado. A mí me lo tuvieron que hacer varias veces en las distintas vías que tuve, pero la última de ellas tuve dos especialmente crueles, una en el quirófano para la segunda operación, donde el doctor Manzano, el anestesista que me tocó, no se anduvo con chiquitas al notar que sus botes no se vaciaban al ritmo que a él le gustaba, pero como yo iba ya medio drogado perdido, tampoco lo dí más importancia.
Al día siguiente, por la noche, pedí un poco de analgesía al enfermero de turno, al que habíamos bautizado como "Robocop" en un alarde de originalidad -después supe a través de una auxiliar que ese era su verdadero mote en el hospital, juas-, me hizo una limpieza de vía un poco más bruta de lo normal. Dicha vía se situaba en la mano derecha, en el dorso, algo como esto:



En fin, que Robocop me insufló tal jeringazo que los dedos de la mano se extendieron espontáneamente en un gesto que parecía provocado por una corriente eléctrica... ¡Menuda sensación! Y claro, tuve que exclamar "JODER", y miré mal al enfermero, quien me contesto con una media sonrisa en una mueca torcida de malo de película, se lo juro, me dijo "vamos, no seas nenaza", lo cual, como supondrán, me tocó mucho los huevos. El hijo de la gran puta.

A los cuatro días, en mi fase final de estancia en la 320, después de que ya me hubiera sentado en el borde de la cama un par de veces y todo, y viendo el alta hospitalaria al alcance de la mano, entraron Pablo -un doctor joven, traumatólogo, amigo y vecino de mi hermana María del Mar- y su compañero al que conozco por Doctor Rodríguez -que formó parte del equipo que me practicó la primera intervención, un joven modernito con sendos zarcillos en sus pabellones auditivos-. La visita era ello, una visita, cosa que Pablo, que no me había operado pero que hacía un seguimiento exhaustivo de mi caso, hacía cada vez que podía para ver cómo me encontraba, y me daba algunas explicaciones y consejos. El doctor Belascoaín, que fue el que me puso el clavo había pasado más temprano y se fue bastante satisfecho de cómo iban cicatrizando las heridas que él mismo me había hecho.
De modo que Pablo, situado a mi izquierda -mientras el Dr. Rodríguez se había puesto a la derecha de mi cama-, me iba hablando, y se le veía bastante animado y parlanchín. Es un tipo simpático y muy animoso, agradable y a todo el mundo cae bien. Y me dijo que a ver, que doblara la rodilla lo máximo que pudiera, y yo, allí semitumbado, haciendo un gran esfuerzo, la verdad, doblé como unos treinta grados de mierda. Y Pablo me decía "¿sólo eso? Así no te vamos a dar el alta", y yo "no puedo más, estoy a tope", y la verdad es que lo estaba, había una barrera ahí, en mi rodilla, un muro que impedía que mi talón retrocediera un solo milímetro más hacia mi culo. ¿Que no?, juas juas, y automáticamente, en una coreografía orquestada y sin duda ensayada y practicada con multitud de pacientes anteriormente, Pablo y Rodríguez, cada uno por un flanco, me agarraron el muslo por un lado y el tobillo por el otro, y doblaron brusca, fuerte y bestialmente la pierna.
La sensación fue indescriptible, y tendrán que perdonarme una vez más que no tomara foto ni video del momento. ¿Recuerdan la peli "La Máscara", cuando a Jim Carrey se le salían los ojos de las órbitas al ver al bombón aquél en el club nocturno, como si fuera un dibujito animado? Así, exactamente así se me salieron los ojos de las órbitas mientras gritaba cosas que no recuerdo claramente, algo como "jooooooder, quiiiiiillloooooo, me cago en..." Literalmente, la rodilla iba a estallar, y me parecía realmente que la 320 se iba a llenar de trozitos de pierna de Peter Wash en una explosión inevitable. Y los tíos ahí, apretando con todas sus ganas, y yo no me lo podía creer, en serio, era algo surrealista. Todo esto con mi compañero de dolores Alfonso, del que ya hablé hace unos días, su esposa, mi madre, una visita que había venido a verme, y un tercero que acompañaba a los doctores referidos. Y justo en ese instante, justo en el punto álgido, en la cima del sufrimiento, en el cénit del dolor, me soltó Pablo aquello de "¡no seas nenaza!".
Por fin me soltaron, y noté que mi cuerpo se hundía en el colchón, repentinamente sudoroso, agobiantemente dolorido, jadeando, con la boca abierta en busca de un oxígeno que pulmones atrofiados eran incapaces de asimilar.
Y Pablo insistía en que me tenía que esforzar más, que no estaba haciendo nada de nada, que todo era por mi bien, y se disponía a ejecutar la maniobra de nuevo. Como quiera que a lo mejor viera que yo cerraba mis puños con clara intención de partir mis nudillos en sus caras, parece que recularon un poco. Les dije de todo, que aquello no era ético, que ellos estaban para eliminar mi sufrimiento y no para provocar más, que así no se hacían las cosas, que me podían haber hecho pupa y esas cosas. Lo dicho, una jodida nenaza.

Bueno, hoy puedo decir que, gracias a las enseñanzas de Pablo y su insistencia de que tenía que trabajar al límite del dolor y más allá, hoy, tres semanas después de la operación ya casi doblo completamente la rodilla. Estoy deseando verlo y contárselo.

reborn: feeling good

Ya he hecho referencia en este, mi íntimo y a veces retrospectivo bloc, al complejo mundo de las casualidades. Especialmente a la reiterada coincidencia entre mi estado de ánimo y una canción que aleatoreamente llega a mis oídos.
Una vez más ello ha tenido lugar, hace escasos minutos. Después de una anodina mañana, sólo amenizada por los entrenamientos de las motos de Jerez, con un Crivillé más locuaz que de costumbre y un Ernest Rivera bastante apagado y venido a menos -gracias a una dolencia gástrica, mira tú qué bien nos ha venido a todos los miles y millones de aficionados que de este modo no lo hemos tenido que sufrir-. Después de un mediodía nublado, con el Sol intentando salir de su escondite sin lograrlo del todo. Después de salir a mi minipatio a dar unas veinte vueltas en silla de ruedas a la mesa de jardín que se sitúa en su centro, unas cuantas en un sentido y otras tantas en el contrario. Después de leer unas cien páginas del libro que ahora domina mi mesita auxiliar, y después de pasar horas abandonado, solo en casa, ya que el limitador se ha llevado a los niños a un partido benéfico de bomberos Vs famosos, y luego a almorzar al BK... Bueno, pues después de todo eso me ha tocado almorzar los restos de un cocido magnífico de garbanzos y lo que ha sido el primer gazpacho de la temporada -preparado al que soy un grandísimo aficionado, casi adicto-.
Más tarde ha sido inevitable una siesta de unos 25 minutos, inevitable y poco conveniente dados mis problemas de insomnio, pero ese tema lo dejaré para otra entrada.
Una pena que no haya tomado alguna photo de los platos para ilustrar y dar un poco de color a esta entrada, no se me ha ocurrido, la verdad. Pero es que, ¡qué coño! mi vida no transcurre en torno a este jodido bloc.
En definitiva, que a eso de las cinco estaba ya un poco molesto de estar sentado en el mismo sitio, con la misma postura, y me he dirigido a mi cama a realizar los pertinentes ejercicios. Para ello en esta ocasión he ido provisto de mi iPod, escuchando a Muse, ese artista un poco anómalo, un tanto genial, un poco desconocido para algunos, pero amado por muchos. Hoy he cambiado la rutina de flexiones y ejercicios isométricos, y he acabado tumbado boca abajo, ciertamente cómodo, con ese bienestar que te queda después de machacarte fìsicamente, y justo, justo en ese momento, ha saltado en mis auriculares este magnífico tema que estoy seguro todos ustedes conocen, pero no saben ni quien lo canta ni porqué, pero tampoco importa!!!:

Edición dos años y medio más tarde: el video ha sido borrado, y no recuerdo que canción era. Pero el sentimiento está ahí. Disculpen.

viernes, 1 de abril de 2011

reborn: un paseo

Hoy, prácticamente cuando el calendario ha marcado un mes desde el incidente, uno de los meses más largos del año en general, y de mi vida en particular, hoy he hecho acopio de valentía y pundonor, he bajado los nueve escalones que separan la calle de mi hogar, y me he dejado llevar en una silla de ruedas prestada por alguien a quien ni siquiera conozco.
Mi limitador era la conductora-guía, y el recorrido tampoco es que haya sido una maratón, pero sí suficiente para mí, que llevo tanto tiempo sin ver la luz del sol. Un clima magnífico ha ayudado a que rápidamente oleadas de placer inundaran mi ser. O sea, vamos a ver, tampoco ha sido orgásmico, pero sí me he sentido muy bien.
Mientras el limitador compraba algo en la frutería y luego en la mercería, yo me colocaba cara al sol, tal un lagarto en temporada. Los ruidos de la calle me han llegado nítidos, los olores de la ciudad, las voces -a veces escandalosas- de mis congéneres, de mi prójimo, me han ensordecido en algún momento. Pero al prójimo hay que amarlo como a uno mismo. Ja.
De vuelta, hemos parado en el bar Ziaro, donde me he tomado muy gustosamente una cerveza y una tapa de ensaladilla. Lamentablemente, cuando llevaba aproximadamente una hora sentado en la silla, he comenzado a sentirme incómodo, molesto, dolorido. Era algo previsto, no me ha cogido por sorpresa, de manera que hemos levantado el campo rápidamente, y mi querido limitador ha podido comprobar en sus carnes lo duro que puede ser empujar cuesta arriba a un lisiado.
Al llegar a casa me he tenido que acostar un rato, para calmar la pierna, y he podido pensar y meditar sobre la experiencia que, si los elementos son propicios, repetiré en cuanto pueda.
Aquí les dejo la prueba pictográfica fehaciente, y les ruego se abstengan de hacer comparaciones con personajes fallecidos, paupérrimos y otras gracietas al uso, que el horno no está para bollos:

miércoles, 30 de marzo de 2011

reborn: yoga

He tenido ocasión de vivir nuevas e intensísimas experiencias de meditación, a raiz del suceso que supongo que ya conocerán ustedes a estas alturas.
Sin duda, el yoga me ha ayudado mucho, sobre todo esa parte que no se ve, eso que ocurre internamente, dentro de mí. He estado postrado, sufriendo, y rápidamente acudían en mi ayuda las técnicas de respiración, la necesidad de tranquilizar mi espíritu -o mi mente, o acallar el ruido, llámenlo como quieran-. La calma era en mí, entonces.
Recuerdo estar tirado en el duro asfalto de Portimao, con la pierna grotescamente situada a mi izquierda, y el dolor, un horrible e intenso dolor, empezaba a apoderarse de mí. La ambulancia aún no había llegado, y llevaba apenas un minuto o dos allí, y ya dolía mucho, y yo sabía que aquello iba a doler todavía mucho más.
Con la respiración agitada, todavía el casco puesto y el mono abrochado hasta arriba, cerraba los ojos y me obligaba a pensar "tranquilo, Pedro", como si estuviera hablando con otra persona y yo lo viera todo desde fuera, "relájate, todo va a salir bien". Son esas cosas que salen en las pelis, ya saben, aquello de "todo va a salir bien", que se dice por sistema ¿no?. Hice un verdadero esfuerzo por frenar el ritmo de mi respiración, por ahuyentar la horrible sensación de un fémur roto en varias partes, por procurar ser un ser humano cabal, tranquilo incluso en esta situación extrema, posiblemente la más extrema que yo haya vivido.
Cuando la ambulancia al fin llegó, y varias personas me rodearon para estabilizarma y preparame, yo era totalmente consciente de todo, me encontraba bien, tranquilo. O sea, la pierna me dolía una barbaridad, pero pensé que nadie se moría de dolor: si hay dolor, hay vida, estas vivo, sin duda. Y me iban informando: "Pedro, tienes una fractura muito fea", "tes que relajaaarte". Y yo les contestaba que "vale, estoy bien, estoy tranquilo".
Hubo un momento en que no me llegaba el aire a los pulmones. No sé a qué achacarlo, si a los diversos y variados golpes que recibí en el tórax, si a un agobio pasajero, si a la escasez de sangre... Pedí que me quitaran el casco, y les costó un poco de trabajo hacerlo, pero lo lograron, y enseguida me sentí mucho mejor.
Luego, por fin, me inmovilizaron totalmente en una camilla con un collarín especial, supongo que lograron parar la hemorragia de la fractura abierta, y me abrieron una vía por donde empezó a circular suero. Tardaron, en total, unos cuarenta minutos en meterme en la ambulancia. Una enfermera llamada Sandra me acompañó en mi trayecto al hospital. Como el viaje fue tan dolorosísimo, yo cerraba los ojos y trataba de evadirme, respirar profundo y despacio, llenar los pulmones al máximo, sentir la inspiración y la expiración como si fuera lo único que importase en mi vida, en aquel preciso instante, y Sandra me interrumpía una y otra vez: "no te duermas, eh", y "ahora no debes dormir, aguanta". Yo no pensaba en dormir, ni mucho menos, el dolor me lo impediría de todos modos, pero tampoco tenía ganas ni energía para explicarle que estaba aplicando ciertas técnicas de pranayama para mejorar mi estado.
Hice más uos intenso del yoga durante mi estancia, sobre todo al principio, en el hospital de Portimao, para aguantar las numerosas tropelías físicas a las que fui sometido.
Posteriormente, durante mi estancia en el Virgen del Rocío, también acudía al yoga varias veces al día, siempre en un estadio mental, en una práctica callada y secreta, absolutamente personal. Ojalá hubiera podido levantarme por las mañanas para hacer unos saludos al sol, unas torsiones y estiramientos, o algunas asanas de potencia de esas que te dejan reventado y luego duermes como un niño chico. Pero no pude, ni puedo.
Ayer estuve intentando hacer algo, pero me pareció totalmente irreal y extraño. Mi cuerpo se encuentra a menos del 40%, supongo, y cualquier gesto o esfuerzo que se salga de lo común me deja literalmente muerto. Sentado en la cama hice unas respiraciones profunda elevando y bajando los brazos para ayudar a que el pecho se hinchara más. Hice unos giros de torax, que más bien fueron minigiros, activé los hombros y las muñecas, intenté alargar la columna al máximo... pecata minuta, aunque supongo que para algo servirá. No puedo, ni debo, usar las piernas, de modo que se me escapa el 95% de las asanas que conozco. Seguramente hay mucho yoga terapéutico que se pueda aplicar a mi caso, pero lo desconozco. No obstante, no me quejo, seguiré intentando lo imposible, hago mis ejercicios de flexión y extensión de rodilla, algunos abdominales, he descubierto que tenía totalmente muerto e ineficaz el bicep femoral izquierdo, y en dos días ya lo muevo bastante en un amplio recorrido. Cada día noto avances respecto del día anterior, lo cual es muy positivo para mi sique, me anima a que siga con mi rutina de ejercicios, que cambio prácticamente a diario para que no sea eso, una rutina, sino algo más creativo que ayude y me ilumine.
A veces es difícil, pero nadie me dijo que fuera a ser fácil. Ya me explicó el doctor Belascoaín que para mí, el principio era justo el día siguiente a la operación en la que me introdujeron el clavo. Y que iba a ser un camino largo y a veces duro.
Da igual, yo me considero un tipo duro, aunque no lo parezca para nada.
Todo esto me ha cambiado para siempre, y no hablo de la pierna o de lo físico. La experiencia mental, la lucha diaria contra el insomnio, la rutina, el aburrimiento, el dolor, la fatiga... todo ello me hará mejor, más fuerte, más válido.

¡¡Estoy completamente convencido de ello!!

domingo, 27 de marzo de 2011

reborn: el pudor

Yo he pisado un hospital muy pocas veces, y nunca por mi causa. Como ustedes saben recientemente esto ha cambiado.
Vivir en primera persona una estancia más o menos prolongada en la 320 de trauma del HUVR de Sevilla, poco más de dos semanas, ha hecho que mi mente se abra hasta límites insospechados. La convivencia con el dolor, el horror de la noche insomne, la falta de intimidad junto a seres desconocidos... son elementos que pueden formar un cocktail fatal para algunas mentes débiles.
No obstante, me considero una persona con cierta capacidad de adaptación. Soy de natural observador, desde chiquitito, y me pliego a las circunstancias reinantes, no sin antes sopesar la conscuencias -claro está, no soy un descerebrado gilipollas, o eso creo-.
Al grano, coño, que me enrollo: el pudor. Es ello que se instala en nuestros cerebros ya cuando somos unos pequeñines, ese sentimiento de vergüenza que nos invade y nos obliga a ocultar nuestros genitales, o a no practicar determinadas coductas en público. Bueno, pues en un hospital, cuando usted es ingresado, su escala de pudor desaparece, o se ve reducido su valor a un estado tan ínfimo que llega un momento en que uno se pregunta si alguna vez lo tuvo.
Por supuesto, como en todo, hay varias fases o estadios de pudor en el hospital, y no todos los pacientes se ven afectados por igual. Me ceñiré a mi caso concreto, porque es el que conozco de primera mano.
Al principio, tirado en el asfalto del Autodromo do Algarve, en Portimao, ya me iban diciendo "te estamos quitando las botas", y a continuación "te vamos a cortar el mono". Se referían a rajar con una megatijera mi apreciado mono de cuero de canguro que tan fantásticamente se adaptaba a mi cuerpecillo, y que hizo su función perfectamente en el accidente, evitando males mucho mayores.
Eso fue el inicio. Yo sólo contestaba "corte, corte, no hay problema". En ningún momento pensé en los cientos de euros que se iban al carajo, eso no es propio de mi mentalidad moderna y adaptada a los acontecimientos: el mono había ya cumplido su cometido brillantemente, y punto. Llegó el sacrificio, era lo lógico. De modo que me quedé en mis slip-boxer, marcando un micropaquete, y una camiseta empapada en sudor.
Ya en el el Hospital Barlovento Algarvio, Manolo, un enfermero español que me fue de una gran utilidad como traductor y tranquilizador moral, me iba dando los siguientes avisos: "te vamos a cortar la camiseta", y después "fuera el calzoncillo". Y así me quedé en pelotas, con una mantita de esas térmicas metálicas que parecen de papel albal como única protección de las miradas indiscretas. Luego, Manolo siguió con "te vamos a girar un poco para cerrarte la herida", bien, bastante doloroso, pero se aguantó. "Ahora te vamos aponer una tracción, no te asustes, te ponermos anestesia local". Este momento prefiero no reproducirlo aquí y ahora. Más tarde, ya un poco tranquilo porque me habían empezado a meter analgésicos por una vía, "te ponemos una sonda vesical para comprobar que no hay sangre en la orina". "Vale, sin problema". Dicha sonda, que es el tubito que te introducen por el pene hasta la vejiga, que la colocó un jovencísimo enfermero luso, que parecía salido de un cuadro del Renacimiento. Tardó en hacerlo cero coma, o sea, el niño tenía experiencia o mi pene, por su microtamaño post traumático, facilitó mucho la labor. Ni me enteré.
Como ven, hasta este punto ya he sido desnudado públicamente, observado por varios pares de ojos, masculinos y femeninos indistintamente, e incluso me han toqueteado el miembrito.
Desde ese primer día hospitalario, mi estado habitual sería el de "en pelotas", simplemente tapado por una sábana.
Doy por sentado que todos los que intervinieron en mis dos operaciones se recrearon comentando mi aspecto lamentable, tumbado en la camilla, o amarrado al potro de operaciones.
Una vez instalado en mi añorada 320, con el paso de los días comprendo rápidamente la rutina: desayuno, cura de heridas, aseo personal completo, cambio de sábanas, visita del médico, toma de pastillas varias o cambio de perfusiones y toma de temperatura, almuerzo, drogas, siestecita, cena a las ocho de la tarde, drogas, zumito o yogur a las doce de la noche, más drogas, y a intentar dormir.
Si se fijan, hay un apartado llamado "curas", en el que una enfermera, auxiliada por otra u otras enfermeras o auxiliares, me magrea, limpia, desinfecta, cambia vendajes, aprieta en busca de supuraciones, cambia una vía obstruida, etc. También puede ser un enfermero, como los eficientísimos Juan Antonio -el number one- y Manuel, que tan magníficamente desempeñan su labor en el HUVR.
En el momento "lavado integral", llevado a cabo por auxiliares y alguna enfermera, se trata de ello: unas esponjitas con jabón incorporado son friccionadas por todo mi cuerpo, salvo por mis partes que lo hago yo mismo. La espuma puede ser aclarada o no con unas botellitas flexibles que echan chorros de agua templada sobre mi desnudo body, por sobre todo él, con buena puntería. Un día me lavaron dos enfermeras en prácticas de la Escuela de Enfermería, que tendrían entre 19 y 22 añitos. Nada morboso, no crean, no estaba yo para alegrías eróticas, y eso que eran bastante guapas y  potables.
Doy estos detalles para que se hagan una idea del significado que tiene el pudor allí.
Pero esperen, que ahora llega el cénit antipudoroso, el cúlmen de la no vergüenza: el momento cuña.
Para el que no lo sepa, una cuña es un objeto atroz, ideado en la Edad Media, supongo, que sirve para hacer las necesidades en la cama.
Ello es:


Llevaba yo cinco o seis días sin dar de cuerpo. Yo no me preocupaba porque los tres primeros días no había prácticamente comido nada de nada. El resto de los días comí poco y mal, pero el organismo es sabio, y quería evacuar lo que fuera que hubiera en mis entrañas. Llamé al enfermero Manuel que era el que estaba de turno, y éste avisó a una auxiliar casi sesentona, menuda y muy graciosa, llamada Encarni, que sería la encargada del evento. "¿Quieres una ayuda?", me preguntó Encarni, pero le dije que no, que tenía grandes ganas, y que iba a intentarlo de forma natural, ya me entienden.
Pero aquello de natural no tenía nada, ¿saben? En primer lugar, yo presentaba un cuadro típico de estreñimiento de hospital -motivado por el cambio de alimentación, la inactividad y el montón de fármacos que inundaban mi torrente sanguíneo-. En segundo lugar, la postura no era cómoda en absoluto para defecar, tumbado boca arriba, en la horizontalidad más absoluta. En tercer lugar, la pierna rota, que impedía mejorar la postura o adoptar otras maneras de hacer fuerza, por ejemplo. Hay otras cuestiones que pueden empeorar la situación, como la presencia de un compañero de habitación, pero todo esto ocurrío en un impasse en que estuve un par de días solo en la 320.
Al turrón. Después de largo rato empujando como embarazada salida de cuentas, y ver que allí no se movía nada, tuve que llamar a Encarni a voces, para que me diera una solución. "Ahora mismo te preparo una ayudita". La ayudita era un enema que trajo preparado dentro de una perita o vejiga, a introducir via anal en mi organismo aturullado. Para ello me quitó la cuña y la llevó al baño, volvió, y mientras Manuel me ayudaba a girarme sobre mi lado izquierdo, ella trataba de introducir la perita en mi esfinter, a base de ensayo y error. Y yo me quejaba y le decía "coño, Encarni, que por ahí no es", y ella se reía y decía que encendiera la luz, que es que yo tenía el agujero muy chico. "Claro que lo tengo chico, ¿no ves que por ahí no ha entrado nunca ni el bigote de una gamba?", y la Encarni y el Manuel se partían de la risa... y entonces acertó, y apretó la vejiga varias veces y me introdujo todo ese líquido horrible en el recto. Encarni se fue a buscar la cuña para colocármela debajo mientras Manuel me decía que tenía que aguantar dos minutos, porque si no, no serviría para nada y habría que hacerlo todo de nuevo. Y el enema te proporciona unas horribles e irrechazables ganas de obrar. Imperiosa y urgentemente. De modo que empecé a gritar, a todo volumen, con la puerta de la habitación abierta y todo: "¡Encarniiiiii, corre que me giñooooooooo!", y Encarni venía corriendo, muerta de risa, y me colocó la cuña de los cojones.
Bueno, el fin de la historia es que por fín obré, y de qué manera. Les ahorraré los detalles más escatológicos. Encarni volvió más tarde para limpiarme, que me dejó como los chorros del oro.

Lo dicho, ya nada me importaba. No sólo me habían visto, tocado, observado, estudiado, enjabonado y desenjabonado, sino que habían limpiado el culo y todo. Mi conciencia social se encontraba a otro nivel, sin duda. Y ahora me pregunto ¿eso será bueno o malo?

jueves, 24 de marzo de 2011

reborn: los compañeros de habitación

Durante mi breve estancia en el hospital Barlovento de Algarve, compartí habitación -de la que nunca supe el número de la misma, ni la planta del hospital en que me hallaba, tal era mi estado- con dos personas a la vez: un joven recién operado del tobillo que lo pasaba bastante mal por la noche, y un viejito que cada vez que respiraba parecía que fuera a ser la última. Ese pobre diablo no respiraba, practicaba estertores, apenas podía hablar, y además estaba medio sordo porque las enfermeras -sin bigote- le daban unas voces cojonudas. Poco más puedo decir de aquellos compañeros del área de ortopedia, que es como allí llaman a traumatología.
Cuando llegué al Virgen del Rocío empezó lo bueno. Aparte de que fui operado en el ipso facto nada más entrar por la puerta, cuando me llevaron a la que sería mi jaula durante dieciséis días, la 320, fui recibido con gran alegría y casi alboroto por Curro El Veo. ¡Qué grande Curro, sí!
Curro es un señor de 75 años al que acababan de poner una prótesis en la rodilla, y desprendía vitalidad por todos los poros de su cuerpo. Le encantaba el Diario de Patricia, el programa de Juan Imedio, y la serie Arrayán. Yo, por supuesto, no sólo permitía que viera tales engendros televisivos, sino que además los patrocinaba gustosamente. Jamás lo escuché quejarse, antes al contrario, bromeaba constantemente y le tiraba los tejos a las jóvenes enfermeras en prácticas. Normal: tenía una bomba de morfina directamente enchufada en la femoral. Flipa. A veces, viendo que me retorcía en la cama, o que yo resoplaba un poco y trataba de mover la pierna para cambiar la postura, me preguntaba "¿te duele?", y fuera cual fuera mi respuesta, indefectiblemente añadía "pues a mí nada de nada, estos médicos son muy buenos". En su total inocencia ni siquiera sabía lo que tenía colocado en la pierna. Dicen que cuanto menos sabes, más feliz eres, y en el caso de Curro puedo aseverar que se cumplía la máxima. Una mañana mi esposa llegó con la prensa diaria, y le ofreció un periódico a Curro, y éste le contestó "pero si yo no sé leer, hija mía". Y a mí me maravillaba, porque se pasaba el día contándome aventuras y anécdotas de su vida una detrás de otra. Todo lo que aquel hombre ha vivido sin saber leer ni escribir, es alucinante. Es un hombre que se ha dedicado al campo toda su vida, y tuvo la suerte de pegar un pelotazo vendiendo un terrenito hace ya muchos años. Le encanta la caza, pero como ya tiene una edad y yo creo que a lo mejor no ve ni medio bien, entregó los "papeles" de las escopetas y ahora caza liebres con sus amados galgos, a los que enseña desde cachorros, y a veces se los roban -eso es porque son buenos, no cabe duda-. Se construyó un buen chalet en una parcela a las afueras de Utrera, y por la descripción que me hizo tiene que ser un poco JesulíndeUbrique Style: mármoles a tutiplén, escaleras, balaustradas barrocas, y una escalera interior de caracol para acceder a la segunda planta. Ahora, como está jodido con la rodilla, y a su mujer, su Carmen -que no cocina, sino que dibuja los platos, textualmente dixit-, está recién operada de la cadera, se ve obligado a venderlo para buscarse algo de planta baja. "¿Tienes piscina, Curro?", le pregunto, y me dice "piscina no, una playa parece aquello". Qué grande, qué grande, madre mía.
Curro el Veo tiene cinco hijos, nueve nietos, y un biznieto en camino -de un penalty de su nieto mayor, que ha dejado preñada a su novia de 17 años, ahí es nada-. Pero sólo estuvo por allí su hijo Manolo, recientemente viudo, un hermano, el nieto de la discordia, y dos cuñadas cotorras e impertinentes a las que trató de manera caballerosa y galante, por supuesto. Después de darle el alta me llamó un par de veces para saber cómo iba yo evolucionando. Está pendiente una barbacoa en su campito cuando yo esté recuperado.

Fuese Curro, y a los dos días llegó por la mañana José Roberto, un señor entrado en la cincuentena, al que operaron a mediodía de su rotura de dos manguitos rotadores del hombro derecho. La vuelta del quirófano fue un poema, imaginen ustedes, por favor, ese hombre postrado muy dolorosamente, con el ceño fruncido y los ojos apretados, sujetándose el brazo malo con el bueno, rodeado de catorce familiares. Yo en mi cama, y mi madre en un rinconcito, viendo atónitos cómo esposa, hermanos, cuñados, hijos, novias de los hijos, algún primo, rodeaban la cama de José Roberto quitando toda posibilidad de que el oxígeno llegara a sus pulmones. Y ese era el plan, por lo visto, estar allí, de pie, sin hacer ni decir nada, mirando impasiblemente al pobre hombre. "Te duele mucho, verdad?", repetía una y otra vez su mujer, de cuyo nombre no me acuerdo.
Al día siguiente, después de que José Roberto no pegara ojo, ni dejara a los demás pegarlo, le dieron el alta y se fue sin siquiera despedirse.

Otro par de días, y una tarde se incorporó a la 320 un treintañero llamado Oliverio. "Sí, pero llámame Oliver, por favor", me dijo. Era el típico poligonero, oriundo de la barriada de San Pablo, o sea, más poligonero imposible, pero un buen chico, con su trabajo estable, avispado, ocurrente, y con un humor ácido y a veces negro, rayando en lo inglés, por lo que congeniamos estupendamente. Se quedaba a cuidarlo su novia Ana, una chica guapísima aunque demasiado delgada, o bien su madre, Elena, una curiosa señora con el don de la videncia. Verídico.
Oliver, como buen poligonero, es aficionado al fútbol, y encima, además sevillista. Me tuve que tragar dos o tres partidos de Champions y de liga, pero tampoco fue muy grave. Me dejó muy buen sabor de boca, porque era especialmente sensible al dolor ajeno, concretamente al mío, y rogaba a las visitas que bajaran la voz si me veía un poco jodido. Le operaron del ligamento cruzado interno, que se rompió jugando, como no, al fútbol, y le dieron el alta a los tres o cuatro días. La verdad es que con él me reí bastante, y eso siempre se agradece cuando llevas tantos días tumbado boca arriba, sin cambiar de posición.

Otro utrerano, de nombre Alfonso, fue el siguiente fichaje. Este hombre de 44 años iba a ser operado de la cadera, le iban a poner una prótesis en la cabeza del fémur. De él no puedo decir gran cosa, pues era más reservado que los demás, aunque educado, eso sí. Su esposa Trini le acompañaba, pero no llevaban bien lo de estar allí encerrados, y padeció grandes dolores tras la operación que le dieron la noche. Y a mí, claro. Bueno, uno aprende a convivir no sólo con su propio dolor, sino con el de los demás también. Así es el día a día en el hospital.
Esta vez, el alta me lo dieron a mí, conque no sé si remitieron los terribles dolores de Alfonso o no.

Siento no poner placas positivadas a modo de imágenes virtuales de los personajes citados, pero la Ley de Protección de Datos va cerrando el círculo cada vez más. Esta entrada a algunos les parecerá un poco rollo, supongo, pero creo que es indispensable para comprender un poco mejor la idea global de la estancia en la 320.

miércoles, 23 de marzo de 2011

reborn (II)

Como hoy la enfermera a domicilio me ha quitado todas las grapas, y eran un montón, he recordado que tenía que ir contando alguna anécdota de mi estancia hospitalaria más reciente.
Antes, dado el feedback recibido sobre el éxito de la radiografía famosa, colgaré ahora, para mayor mofa y escarnio al dolor sufrido -ahora miro atrás e incluso me sonrío, pero las he pasado bastante putas a pesar de estar drogado hasta las cejas-, unos pictogramas que pueden resultar interesantes.
En primer lugar, explicaré el concepto de "tracción". Cuando se rompe un hueso como el fémur, hay que aplicar tracción para mantener la pierna con su longitud adecuada, ya que los músculos que rodean el hueso roto tienden a contraerse y formar un bloque, lo que puede resultar muy peligroso porque los fragmentos de hueso pueden cortar y dañar tejidos, arterias, nervios, etc. Claro, uno ve la RX, y sólo ve un puzzle de huesitos muy curioso, pero tengan en cuenta que igualmente hay un buen puñado de músculos aplastados, rotos, vasos sanguíneos triturados, nervios comprimidos y seccionados... un puto desastre, la verdad.
Volvamos a la tracción: se consigue tirando, de ahí su nombre. El método consiste en coger un taladro, atravesar la rodilla con la broca adecuada, colocar un hierrito en el agujero resultante, y enganchar un peso o lastre -en mi caso siete kg- mediante un sistema de poleas. Si les soy sincero, no fue agradable lo del taladro. Al contrario, ha sido la experiencia más gore de mi vida, con mucha diferencia, mucho peor que el impacto de comprobar, tirado en el suelo del circuito, que la pierna tenía una postura absolutamente antinatural. Como les digo, me sujetaron entre cuatro personas, y una enfermera aplicó el black&decker sin contemplaciones y sin esperar a que una suscinta mini-anestesia local hiciera el más mínimo efecto.
Ahora sé lo que siente el cochino cuando es ajusticiado por el matarife de turno, ahora comprendo el chillido atroz del porcino en ese momento final. Yo aullé de igual modo, "para, para, paraaaaaaa", pero nada, siguió hasta que la broca salió por el otro lado.
HORRIBLE.
Todo para esto:


Pensé que estos portugueses estaban locos, sinceramente. Después, una vez en Hispanistán, pregunté a mis enfermeras de confianza y me confirmaron que el método era ese, pero que, curiosamente, hay que gente que ni se enteraba, y otras personas, como yo, que veían el mismísimo Infierno por la puerta principal. Mala suerte, chato.

Les cuelgo, asimismo, una photo del resultado satisfactorio de la primera operación, consitente en eliminar la tracción y colocar un "fijador externo", un mecano de piececillas anodizadas en gris y azulito, muy mono:



La anestesista jefa no me quería operar porque decía que yo tenía pinta de estar medio muerto, y el traumatólogo, a quien seguramente debo mi vida, insistió con un contundente argumento final: "si no le operamos ahora mismo, quizá no le podamos operar nunca.". Imagínense esa conversación conmigo delante, ahí tumbado, hecho una auténtica piltrafa humana, con los niveles de hemoglobina por los suelos, los ánimos casi inexistentes, y con una nula capacidad de raciocinio o de captación de la realidad que me rodeaba.
Al día siguiente de dicha operación, que fue el 1 de Marzo, el doctor Andrés Puente, un jovencito que rondará los treinta y pocos, con pelo rizado y desaliñado, gafas redondas, alto y delgado, me reconoción en la habitación que yo había llegado al Virgen del Rocío en un estado brutalmente lamentable, que aparte de la pierna rota, tenía todo mi ser muy malito, con una gran pérdida de sangre -es lo que tienen las fracturas abiertas y múltiples como la mía-, desnutrido, débil... en las últimas.

Ya está bien por hoy. Esta entrada en principio iba a ser algo gracioso y entretenido, pero ha tomado unos derroteros un poco gore y quizá gratuitamente desagradables, pero quiero dejar constancia de lo mal que lo he pasado, para que así valoren más las cosillas graciosas que contaré en adelante.

lunes, 21 de marzo de 2011

reborn

Sí, así me siento.
Mis escasísimos seguidores ya habrán notado algo raro, una ausencia extraña, una falta de publicación inusitada. Todo tiene un porqué, y el mío fue una Hostia, así, con mayúsculas. Una caída en la curva más rápida del circuito de Portimao, y posterior atropello por otro motorista, ha tenido como consecuencia esto:


Mola, eh!
Ahora me río, a ratos. Ya me dieron el alta hospitalaria y paso como el tiempo en mi casa, como buenamente puedo. Voy de un sillón a otro, y del otro a un sofá. Después al WC, y de ahí puedo decidir dirigirme a la habitación que me han habilitado en la planta baja de la casa. Todo ello apoyándome en un andador, como un viejito de 90 años. Muletas no, ya que tengo una luxación grado tres en la clavícula izquierda, y no me dejan usarlas.
En fin, no quiero que esta entrada se convierta en un repertorio de desdichas, y antes al contrario, las próximas intervenciones tratarán de anécdotas y situaciones curiosas que viví en los hospitales, que hay mucho que contar.