Pues sí, mis estimados y a la par escasos lectores: conseguí realizar el deseado periplo de ida y vuelta, en moto, a Picos de Europa. Tras más de seis años de intentos fallidos, generalmente por causas meteorológicas, económicas, o ambas, los astros se alinearon, y además me acompañó P.H., con quien ya he acometido otras aventuras motociclistas, y la sintonía y camaradería estaría más que contrastada.
Aquí ambos, felices, paseando por el centro histórico de Benavente, a medio camino entre las ciudades de Zamora y León:
Tomaríamos camino el sábado 28 de marzo, y el trayecto de ida fue íntegramente por carretera, atravesando las fantásticas dehesas extremeñas y salmantina, cuidadas, bellas, que conforman un paisaje típico, que no por estar acostumbrados a él, deja de asombrarnos.
En nuestro camino hacia el Norte, pasaríamos por la Sierra de Francia y sus retorcidas y entretenidas carreteras, que también nos regalaron estupendos paisajes, culminando en La Alberca, proclamado "el pueblo más bonito de España". Bueno, el más bonito no sé, pero peculiar sí es, y no pude entretenerme en saber a qué se debe la estructura de sus casas.
El frío y el viento serían, a partir de aquí, la tónica dominante del viaje, hasta que pasáramos la barrera montañosa y nos internáramos en Asturias, más adelante.
Llegamos a Zamora, donde tocaría repostar, y decidimos hacer los últimos 60 km por autovía hasta Benavente, donde nos alojaríamos la primera noche. Allí arribamos sobre las 7 de la tarde, con 6º C, más frío que robando pingüinos, oigan, temperatura impropia de las fechas, pero parece que normales en aquellas latitudes, y es que esa ciudad se encuentra a unos 700 metros de altitud.
Agradecidos por encontrar algún bar calentito, donde tomamos un par de birras con sus correspondientes tapas asociadas, y terminamos la jornada tomando media pizza cada uno en la única pizzería del centro. Dejamos el resto para almorzar al día siguiente, tónica que vendríamos repitiendo durante el resto del viaje: almorzar ligero con los restos de la cena.
Partimos de la localidad zamorana a las 10:30 de la mañana, atravesando el itinerario de una procesión de Domingo de Ramos, ante la atónita mirada de dos policías locales, pero nos hicimos los suecos, a pesar de que lo único escandinavo que había por allí era la marca de la moto de P.H., y tomamos rumbo al Puerto de Ventana, uno de los pasos de montaña que conecta la provincia de León a la de Asturias, todo ello tras recorrer el puerto de Pajares por carretera, e intentar hacer la primera pista por tierras leonesas, pero tuvimos que recular porque la encontramos demasiado rota para nuestras máquinas cargadas de equipaje y neumáticos demasiado poco adecuados.
El Puerto de Ventana, aunque en su inicio nos caía una aguanieve que no presagiaba nada bueno, nos enseñó lo que es la alta montaña. Aunque su altura máxima al coronarla no es excesiva, apenas 1600 metros, nos encontramos metido en medio de una fea ventisca con temperatura gélida, vientos serios, y nieve por doquier. Tuvimos que renunciar también a las dos pistas que partían de allí, por estar completamente cubiertas del frío elemento. Allí decidimos dirigirnos hacia Cangas de Onís bajando el puerto por la otra cara, la Norte, y fue toda una experiencia, pues la carretera se estrechaba mucho, la nieve lo cubría todo, y los árboles desnudos de hojas y cargadas sus ramas de nieve hacían un tenebroso túnel en el que la oscuridad, la humedad, el frío, el terror, dominaban la escena. A mitad del puerto, justo cuando la vegetación hacía su aparición y la nieve se iba disolviendo, nos cruzamos con un aguerrido ciclista que nos saludó sonriente ataviado con un culotte corto y arremangado. ¡Qué humillación!



Pronto descubrimos que al otro lado, en la patria querida, el Sol brillaba como nunca y no teníamos viento, frío, ni elementos ajenos a la primavera a la que nosotros estamos acostumbrados. Paramos en una gasolinera para comer los restos de pizza del día anterior y entrar en calor. Seguimos la misma carretera que pronto se convertiría en un hermoso desfiladero y después recorrería la provincia de Sur a Norte acompañando al río Nalón. Bellísimo recorrido lleno de exuberante vegetación (el verde por castigo), altas paredes de roca, y enclaves singulares como una antigua fábrica de armamento. Pasaríamos por Proaza, donde el verano pasado tomé un magnífico pote asturiano con mis amigos Pedrín y Eugenía, a quienes visitamos en el pueblito cercano llamado Villamexín:

Llegamos hasta casi el mismo Oviedo, donde tras quince o veinte km de autovía rodeando la capital, cogeríamos la concurrida carretera hasta Cangas, meta del día y donde estableceríamos el campamento base para el resto de la expedición. Llegamos con buena hora, tomamos posesión de nuestra habitación en el descuidado y viejo hotel "Águila Real", y dimos un buen paseo de casi 7 km por el pueblo, revisitando todo lo conocido. Mucho ambiente, cenaríamos, cómo no, un cachopo a medias, y guardaríamos la mitad para el día siguiente, tal era su tamaño. Un día de emociones que hizo que posar la cabeza en la almohada y caer en los brazos de Morfeo fuera todo uno.
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| retrato típico en Cangas con el puente medieval de fondo |
El segundo día en Asturias lo dedicaríamos a recorrer todas las carreteras que rodean el parque nacional de los Picos, con el fallido intento de recorrer dos pistas: una que partía de Bejes hacia Sotres, cuyo inicio fue tan vertical y delicado para mí que rogué a P.H. que desandáramos el camino por miedo a lo que vendría después. Quizá pequé de conservador, pero cuando vimos lo que vimos más tarde, nos alegramos. Y la otra, la famosa pista de Espinama a Sotres (o viceversa, porque se puede recorrer en ambos sentidos, cuando se puede), hicimos medio kilómetro solamente: nuevamente nos topamos con una terrible ventisca y el camino bloqueado por la nieve. Nos hicimos unas fotos para atestiguar estas aseveraciones, y huimos de allí rápidamente, so pena de morir por aislamiento, congelación, o comido por los lobos y osos...
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| parada técnica para echar una meada subiendo a Bejes |
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| curiosidad que encontré en alguna subida en zig-zag |
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| la verticalidad es la premisa de la montaña astur |
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| la pista de Espinama a Sotres estaba impracticable |
Para muestra de la imposibilidad de paso, un Subaru 4x4 que nos precedió, se dio la vuelta delante de nosotros...
Pero esta contrariedad propició que ejecutáramos, como alternativa, una buena ruta asfáltica: el Puerto de San Glorio, que sube hasta los 1.609 metros, con sus espectaculares miradores, carretera lisa y con buen agarre, y que nos llevó hasta Riaño, en León, sitio de interés no sólo por la historia oscura y lamentable que originó su presa, sino por su pintoresco paisaje, rodeado el gigantesco embalse por montañas que se elevan majestuosas. Aprovechamos para almorzar los restos del cachopo del día anterior, unas galletitas que siempre lleva P.H., y algo de agua para hidratarnos.
El camino de vuelta a Asturias lo haríamos por otro puerto, el del Pontón, para el que nos tuvimos que poner nuestros respectivos impermeables por primera vez en todo el viaje, dado que la lluvia nos acompañó hasta bien entrados en el desfiladero de los Beyos, recorrido "coqueto", carretera estrecha, paredes que se elevaban hasta el cielo, y que acompaña y cruza el río Sella varias veces hasta la misma Cangas de Onís. Día de moto para el recuerdo, de verdad.
Con casi toda la tarde por delante para descansar y estirar las piernas, nos embarcamos en la tarea, gratificante, de adquirir unos quesos típicos de la tierra, que con gusto acarrearíamos en nuestros macutos. Cenamos bien y fuerte unos papas con tres salsas, filetes empanados, y un arroz con leche (delicioso) de postre. Como es costumbre, la mitad de los filetes los guardamos para el almuerzo del Martes Santo.
Aquí, la señora que me atendió en "casa Aquilino", donde adquirí Gamoneu, Cabrales, Afuegalpitu y Casín, explicándome el orden que debía comerlos de menor a mayor pique en boca, cosa que yo no le pedí, la verdad, pero le dejé hacer porque vi que era feliz con ello:
También hubo parada en "La Barata", para comprar otra variedad, queso de hoja.
Al día siguiente, con una fina lluvia por compañía, emprendimos el retorno, por autovía hasta la altura de Salamanca. Una vez superado el puerto de Pajares, y a la salida del último túnel, fue como si entráramos en otro país: cambio de clima radical, adiós a la lluvia, la nieve y el nublado. Hola al sol, frío y viento.
Desde la frontera lusa, por carretera, llegaríamos a Seia, acogedora localidad portuguesa, puerta de la Sierra de la Estrella, que quisimos visitar. Nos alojamos en un moderno hotelito, y paseamos un poco por el pueblo viendo su particular arquitectura, comprando unos quesos (sí, más), y degustando un par de cervezas en un mirador con vistas que se extendían muchas decenas de kilómetros con perfecta visibilidad. La cena fue en una casona restaurada y reconvertida en fancy restaurant, con platos de calidad y abundantes.
El último día, Miércoles Santo, atravesamos la Serra da Estrela, miles de curvas subiendo hasta los 2.000 metros. El espectáculo estaba servido, con una atmósfera clarísima que permitiría ver a muchos kilómetros a la redonda, varios pequeños embalses, y hasta una estación de esquí. Algo de nieve en las cumbres, y poco acumulado en los márgenes de la sinuosa carretera, que a veces se tornaba en peligrosa por traicioneros golpes de viento. Pero llegamos felizmente a Covilha, y setenta kilómetros más tarde entraríamos a España a través de un bello puente romano a la altura de Segura, y de allí buscando la A-66 primero, y la N-630 después, hasta entrar en la provincia de Huelva y enfilar por Santa Olalla del Cala en dirección Valverde del Camino, donde nos separaríamos dándonos un fuerte abrazo y una enhorabuena por lo bien que había ido todo.
Un gran viaje que quedará en mi recuerdo, del que vuelvo con los ojos borrachos de imágenes y el cuerpo ahíto de sensaciones, en buenísima compañía, inmejorable diría. Y ya estoy pensando y dando vueltas al próximo.