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miércoles, 29 de abril de 2026

Oda a una máquina

Cuando hace dos años y poco me subí a la villa de Madrid a comprar mi Tiger 955, nunca iba a imaginar el rendimiento y provecho que iba a sacar a esta moto, tan desconocida como vilipendiada por su "transgresora" estética. 
Me gustan las motos así, diferentes, que a distancia se identifique qué modelo es. 
Todo un descubrimiento porque, cuando hace unos veinticinco años pude probar bien una Speed Triple que montaba este mismo motor (aunque con unos pocos cv más), me dejó frío comparada con la Ducati S4 que yo tenía entonces: la Triumph era más pesada y alta, no corría más, y se movía peligrosamente cuando pasabas de 140 km/h en circuito cerrado. Decepcionante.
Pero está claro que el tiempo nos cambia, y nuestras percepciones también, igual que las querencias y necesidades.
Yo compré esta moto para viajar y hacer alguna incursión trail-light, y ya había hecho algunas cositas con ella en 2024 y 2025: un buen trayecto trail por la Costa Vicentina, y un fantástico viaje hasta Tabernas con visita al puerto de Velefique, y el desierto de Gorafe. Con eso ya pude constatar que era una moto cómoda, fiable, y con un consumo razonable si uno se mantiene dentro de las velocidades legales, pudiendo hacer tranquilamente más de 300 km antes de encender la luz de la reserva, y aún así todavía quedan más de 5 litros de gasolina. 
También aprendí sus limitaciones, básicamente mucho peso y muy arriba, sobre todo con el depósito lleno, lo que limita mucho, al menos para mis habilidades, su capacidad off road. 
Pero sus cualidades se ajustan cada vez más a lo que quiero en una moto, tanto que cada vez la uso más y más para los paseos por la sierra los fines de semana, dejando a la 749 triste y sola en el garaje con mayor frecuencia: comodidad, facilidad de conducción, par motor, parte ciclo aceptable. 

Una vez explicado todo ello, paso a comentar muy brevemente lo que llevo hecho este año 2026: Un viaje a Picos de Europa de 2.400 km, con viento, frío, lluvia y nieve, miles de curvas, alguna pista, todo sin mayor problema; una semana de Feria de Sevilla, aguantando atascos y calor; y de postre, se la presté a un amigo para que fuera con ella a las carreras de Jerez, con lo que eso supone de polvo, caravanas, calor, arranques y paradas. Todo ello superado con nota. 

Puerto de Ventana, de León a Asturias

Pista de Espinama a Sotres

Preparados para asistir al Real

En el parking de la acampada en Jerez

Hace un tiempo la puse en venta en Wallapop, pero medio me arrepiento. Sé que si la largo me arrepentiré, porque me ha dado muchas satisfacciones y pocos problemas (casi ninguno, la verdad). Pero veo venir que no me queda mucho para seguir disfrutando de las motos en carretera, y quisiera probar más cosas. ¿Quién sabe lo que pasará? Ojalá la pudiera mantener en la cuadra, junto a la Ducati y la TTR, motos de las que no quisiera deshacerme, bien por motivos económicos o sentimentales, pero añadir otra máquina más sería inviable en nuestro estado actual familiar y pecuniario...
 

jueves, 2 de abril de 2026

Breves pinceladas de un viaje muy esperado

Pues sí, mis estimados y a la par escasos lectores: conseguí realizar el deseado periplo de ida y vuelta, en moto, a Picos de Europa. Tras más de seis años de intentos fallidos, generalmente por causas meteorológicas, económicas, o ambas, los astros se alinearon, y además me acompañó P.H., con quien ya he acometido otras aventuras motociclistas, y la sintonía y camaradería estaría más que contrastada. 
Aquí ambos, felices, paseando por el centro histórico de Benavente, a medio camino entre las ciudades de Zamora y León:


Tomaríamos camino el sábado 28 de marzo, y el trayecto de ida fue íntegramente por carretera, atravesando las fantásticas dehesas extremeñas y salmantina, cuidadas, bellas, que conforman un paisaje típico, que no por estar acostumbrados a él, deja de asombrarnos. 
En nuestro camino hacia el Norte, pasaríamos por la Sierra de Francia y sus retorcidas y entretenidas carreteras, que también nos regalaron estupendos paisajes, culminando en La Alberca, proclamado "el pueblo más bonito de España". Bueno, el más bonito no sé, pero peculiar sí es, y no pude entretenerme en saber a qué se debe la estructura de sus casas. 
El frío y el viento serían, a partir de aquí, la tónica dominante del viaje, hasta que pasáramos la barrera montañosa y nos internáramos en Asturias, más adelante. 
Llegamos a Zamora, donde tocaría repostar, y decidimos hacer los últimos 60 km por autovía hasta Benavente, donde nos alojaríamos la primera noche. Allí arribamos sobre las 7 de la tarde, con 6º C, más frío que robando pingüinos, oigan, temperatura impropia de las fechas, pero parece que normales en aquellas latitudes, y es que esa ciudad se encuentra a unos 700 metros de altitud. 
Agradecidos por encontrar algún bar calentito, donde tomamos un par de birras con sus correspondientes tapas asociadas, y terminamos la jornada tomando media pizza cada uno en la única pizzería del centro. Dejamos el resto para almorzar al día siguiente, tónica que vendríamos repitiendo durante el resto del viaje: almorzar ligero con los restos de la cena. 
Partimos de la localidad zamorana a las 10:30 de la mañana, atravesando el itinerario de una procesión de Domingo de Ramos, ante la atónita mirada de dos policías locales, pero nos hicimos los suecos, a pesar de que lo único escandinavo que había por allí era la marca de la moto de P.H., y tomamos rumbo al Puerto de Ventana, uno de los pasos de montaña que conecta la provincia de León a la de Asturias, todo ello tras recorrer el puerto de Pajares por carretera, e intentar hacer la primera pista por tierras leonesas, pero tuvimos que recular porque la encontramos demasiado rota para nuestras máquinas cargadas de equipaje y neumáticos demasiado poco adecuados. 
El Puerto de Ventana, aunque en su inicio nos caía una aguanieve que no presagiaba nada bueno, nos enseñó lo que es la alta montaña. Aunque su altura máxima al coronarla no es excesiva, apenas 1600 metros, nos encontramos metido en medio de una fea ventisca con temperatura gélida, vientos serios, y nieve por doquier. Tuvimos que renunciar también a las dos pistas que partían de allí, por estar completamente cubiertas del frío elemento. Allí decidimos dirigirnos hacia Cangas de Onís bajando el puerto por la otra cara, la Norte, y fue toda una experiencia, pues la carretera se estrechaba mucho, la nieve lo cubría todo, y los árboles desnudos de hojas y cargadas sus ramas de nieve hacían un tenebroso túnel en el que la oscuridad, la humedad, el frío, el terror, dominaban la escena. A mitad del puerto, justo cuando la vegetación hacía su aparición y la nieve se iba disolviendo, nos cruzamos con un aguerrido ciclista que nos saludó sonriente ataviado con un culotte corto y arremangado. ¡Qué humillación! 




Pronto descubrimos que al otro lado, en la patria querida, el Sol brillaba como nunca y no teníamos viento, frío, ni elementos ajenos a la primavera a la que nosotros estamos acostumbrados. Paramos en una gasolinera para comer los restos de pizza del día anterior y entrar en calor. Seguimos la misma carretera que pronto se convertiría en un hermoso desfiladero y después recorrería la provincia de Sur a Norte acompañando al río Nalón. Bellísimo recorrido lleno de exuberante vegetación (el verde por castigo), altas paredes de roca, y enclaves singulares como una antigua fábrica de armamento. Pasaríamos por Proaza, donde el verano pasado tomé un magnífico pote asturiano con mis amigos Pedrín y Eugenía, a quienes visitamos en el pueblito cercano llamado Villamexín:  


Llegamos hasta casi el mismo Oviedo, donde tras quince o veinte km de autovía rodeando la capital, cogeríamos la concurrida carretera hasta Cangas, meta del día y donde estableceríamos el campamento base para el resto de la expedición. Llegamos con buena hora, tomamos posesión de nuestra habitación en el descuidado y viejo hotel "Águila Real", y dimos un buen paseo de casi 7 km por el pueblo, revisitando todo lo conocido. Mucho ambiente, cenaríamos, cómo no, un cachopo a medias, y guardaríamos la mitad para el día siguiente, tal era su tamaño. Un día de emociones que hizo que posar la cabeza en la almohada y caer en los brazos de Morfeo fuera todo uno. 
retrato típico en Cangas con el puente medieval de fondo

El segundo día en Asturias lo dedicaríamos a recorrer todas las carreteras que rodean el parque nacional de los Picos, con el fallido intento de recorrer dos pistas: una que partía de Bejes hacia Sotres, cuyo inicio fue tan vertical y delicado para mí que rogué a P.H. que desandáramos el camino por miedo a lo que vendría después. Quizá pequé de conservador, pero cuando vimos lo que vimos más tarde, nos alegramos. Y la otra, la famosa pista de Espinama a Sotres (o viceversa, porque se puede recorrer en ambos sentidos, cuando se puede), hicimos medio kilómetro solamente: nuevamente nos topamos con una terrible ventisca y el camino bloqueado por la nieve. Nos hicimos unas fotos para atestiguar estas aseveraciones, y huimos de allí rápidamente, so pena de morir por aislamiento, congelación, o comido por los lobos y osos...

parada técnica para echar una meada subiendo a Bejes

curiosidad que encontré en alguna subida en zig-zag

la verticalidad es la premisa de la montaña astur

la pista de Espinama a Sotres estaba impracticable

Para muestra de la imposibilidad de paso, un Subaru 4x4 que nos precedió, se dio la vuelta delante de nosotros...
Pero esta contrariedad propició que ejecutáramos, como alternativa, una buena ruta asfáltica: el Puerto de San Glorio, que sube hasta los 1.609 metros, con sus espectaculares miradores, carretera lisa y con buen agarre, y que nos llevó hasta Riaño, en León, sitio de interés no sólo por la historia oscura y lamentable que originó su presa, sino por su pintoresco paisaje, rodeado el gigantesco embalse por montañas que se elevan majestuosas. Aprovechamos para almorzar los restos del cachopo del día anterior, unas galletitas que siempre lleva P.H., y algo de agua para hidratarnos. 
El camino de vuelta a Asturias lo haríamos por otro puerto, el del Pontón, para el que nos tuvimos que poner nuestros respectivos impermeables por primera vez en todo el viaje, dado que la lluvia nos acompañó hasta bien entrados en el desfiladero de los Beyos, recorrido "coqueto", carretera estrecha, paredes que se elevaban hasta el cielo, y que acompaña y cruza el río Sella varias veces hasta la misma Cangas de Onís. Día de moto para el recuerdo, de verdad. 
Con casi toda la tarde por delante para descansar y estirar las piernas, nos embarcamos en la tarea, gratificante, de adquirir unos quesos típicos de la tierra, que con gusto acarrearíamos en nuestros macutos. Cenamos bien y fuerte unos papas con tres salsas, filetes empanados, y un arroz con leche (delicioso) de postre. Como es costumbre, la mitad de los filetes los guardamos para el almuerzo del Martes Santo. 
Aquí, la señora que me atendió en "casa Aquilino", donde adquirí Gamoneu, Cabrales, Afuegalpitu y Casín, explicándome el orden que debía comerlos de menor  a mayor pique en boca, cosa que yo no le pedí, la verdad, pero le dejé hacer porque vi que era feliz con ello:


También hubo parada en "La Barata", para comprar otra variedad, queso de hoja. 

Al día siguiente, con una fina lluvia por compañía, emprendimos el retorno, por autovía hasta la altura de Salamanca. Una vez superado el puerto de Pajares, y a la salida del último túnel, fue como si entráramos en otro país: cambio de clima radical, adiós a la lluvia, la nieve y el nublado. Hola al sol, frío y viento. 
Desde la frontera lusa, por carretera, llegaríamos a Seia, acogedora localidad portuguesa, puerta de la Sierra de la Estrella, que quisimos visitar. Nos alojamos en un moderno hotelito, y paseamos un poco por el pueblo viendo su particular arquitectura, comprando unos quesos (sí, más), y degustando un par de cervezas en un mirador con vistas que se extendían muchas decenas de kilómetros con perfecta visibilidad. La cena fue en una casona restaurada y reconvertida en fancy restaurant, con platos de calidad y abundantes. 
El último día, Miércoles Santo, atravesamos la Serra da Estrela, miles de curvas subiendo hasta los 2.000 metros. El espectáculo estaba servido, con una atmósfera clarísima que permitiría ver a  muchos kilómetros a la redonda, varios pequeños embalses, y hasta una estación de esquí. Algo de nieve en las cumbres, y poco acumulado en los márgenes de la sinuosa carretera, que a veces se tornaba en peligrosa por traicioneros golpes de viento. Pero llegamos felizmente a Covilha, y setenta kilómetros más tarde entraríamos a España a través de un bello puente romano a la altura de Segura, y de allí buscando la A-66 primero, y la N-630 después, hasta entrar en la provincia de Huelva y enfilar por Santa Olalla del Cala en dirección Valverde del Camino, donde nos separaríamos dándonos un fuerte abrazo y una enhorabuena por lo bien que había ido todo.

Un gran viaje que quedará en mi recuerdo, del que vuelvo con los ojos borrachos de imágenes y el cuerpo ahíto de sensaciones, en buenísima compañía, inmejorable diría. Y ya estoy pensando y dando vueltas al próximo.


lunes, 28 de abril de 2025

La Tiger en su ambiente

Un día cualquiera de esta pasada Semana Santa, hicimos una larga ruta por campo, yo con la TTR, Pedrito R. con su XR650R, y el último fichaje, Blas, con una KTM890Adventure R, desde Huelva, hasta Valdelamusa, ruta minera que ya hemos realizado algunas veces, y que en esta ocasión presentó varios puntos picantes dado el caudal que presentaban varios arroyos que tuvimos que vadear. Lo pasamos muy bien, pero se rompieron las bridas que sujetaban el velocímetro y los testigos de mi yamajita, y tuve que recurrir a un amarre de urgencia con una cincha que llevaba Pedrito, al no disponer de ninguno de nosotros de otras bridas de emergencia (juro que nunca más volveré a depender de los demás para estas lides).
Con tan mala fortura que por llevar demasiado apretada la careta con la susodicha cincha, ésta acabó partiendose y perdí un trozito.

Pasados un par de días, decidí desandar el camino desde Valdelamusa hasta cierto puente, que es donde ocurrieron los hechos, con la Tiger 955i, que me permitiría llegar con celeridad y prestancia hasta la pequeña localidad minera por carretera, y seguir el track al revés por una estrecha pista que era antiguamente una vía de ferrocarril para transportar el mineral. Nada difícil, a pesar del peso de la bicha, algunos baches y escalones, y dos grandes charcos que tuve que cruzar, sin miedo, eso sí, porque ya los pasamos anteriormente y conocía su profundidad y consistencia del fondo. 
El viaje, aunque entretenido, fue del todo infructuoso, no encontré el cacho de plástico, y me vine todo el camino de vuelta pensando a ver cómo iba a reparar el desaguisado.
Les dejo ahora algunas instantáneas de los hechos referidos:




 

domingo, 29 de octubre de 2023

Tentudía se resiste

El sábado día 28 de octubre tenía a mi disposición toda la mañana libre, lo que quise aprovechar para realizar una ruta largamente esperada. Ya la tenía bien estudiada sobre el mapa, y cargado el track en el móvil en la app Osmand, que se ha revelado como fácil de usar y eficaz sobre el terreno, aunque tiene la pega de que consume bastante batería, y aún enchufado el celular al cargador de la moto, se va vaciando lentamente (aún así, daría para varias horas de ruta). Lo achaco a que quizá mi batería no se encuentra en lo mejor de su vida útil. 
El pisteo comenzaría en Beas, siguiendo la pista que tira hacia Niebla, ancha y recién repasada. El sol está bajo y me da de cara, por lo que voy con mucha precaución. Llego hasta el puente sobe el Tinto, me asombro de la cantidad de agua que lleva, que no deja ver las piedras del fondo y su peculiar color rojizo. Al cruzar este puente, enseguida tiro a la izquierda por una pista que antiguamente sería una vía de tren, y veo algún cartel defendiendo la creación de la "Vía Verde del Tinto", proyecto largamente ansiado por la comunidad ciclista y senderista de la provincia. 
Pronto llego al puente que significa la carretera de Valverde del Camino a La Palma del Condado: 

Al fondo, las nubes que serán protagonistas más tarde...

Paso por debajo, y sigo la antigua vía férrea, hoy desmontada (sólo afloran a veces algunos durmientes carcomidos).


 Unos cuatro o cinco kilómetros más adelante debo dejar este camino para coger a la derecha una pista de dificultad incierta que me llevaría a la carretera de La Palma a Berrocal. Este tramo del antiguo ferrocarril minero se hace eterno por su incomodidad, lleno de piedritas que sobresalen aquí y allá, a ratos circulando peligrosamente cerca del borde del camino a varios metros de altura sobre el agua, a veces tramos de barro... Y yo con mis neumáticos lisos jugando con fuego. ¿Es esto acaso la emoción del trail?
Sea como fuere, avanzo muy lentamente dadas las circunstancias, ya lo tenía previsto porque he pasado por aquí varias veces, en moto, en coche y a pie. 
Y cuando quedan sólo unos treinta o cuarenta metros para coger el desvío, el reciente temporal ha dejado un árbol cruzado sobre el camino, imposible de rodear o esquivar para mí y mi máquina. Oh, desolación. Con lo que he sufrido estos últimos cinco o seis kilómetros, sólo faltaba esto. No hay más opción que desandar el camino hasta la carretera de Valverde, y allí decido obviar el tramo de pista que me llevaría hasta Aznalcóllar. Doy un tranquilo paseo hasta este pueblo sevillano por carreteras secundarias, pero cuando llego hasta allí es bastante tarde, y está empezando a llover, el cielo está muy oscuro, y se ha levantado viento. He perdido mucho tiempo recreándome con el Río Tinto. Quedan aún 120 km hasta el Monasterio de Tentudía, y después habría que volver... imposible llegar a tiempo para almorzar, y no le puedo hacer esto a los míos. Así que decido abortar en este punto la ruta trail para retomarla próximamente desde aquí.
Decido subir hasta El Madroño, donde desayunaría a las 12:30, vaya horas, y tomaría a continuación por Ríotinto  para bajar por la N-435 hasta Huelva.
Mi viaje truncado ha sido así. Me quedó un sabor agridulce, primero por ir yo solo, lo que supone demasiada aventura tratándose de una moto de estas características, lo que me impide lanzarme a acometer determinadas empresas por el peso y las limitaciones de suspensiones y geometrías. En segundo lugar porque no me pareció, sobre el papel, una ruta demasiado ambiciosa, y sólo pude hacer la mitad.  
En modo maxitrail hay que estudiar mejor todo esto, y la experiencia sin duda me ha servido.

viernes, 27 de octubre de 2023

Cagiva 900 Le Touquet



Esta moto tiene una historia especial. En 1990, Sima, el entonces importador francés de Cagiva, Husqvarna y Ducati, fabrica esta máquina por encargo de François Vincent, en aquella época director de la revista Moto Journal, para la carrera Holeshot del Enduro du Touquet (para quien no lo sepa, se trata esencialmente de una carrera de velocidad en la playa del mismo nombre, de unos 8 km de largo).

Un monstruo artesanal con el motor Ducati Paso 900cc ex Cagiva Elefant Auriol del París- Dakar, desarrollando 85cv y pesando tan solo 132kg. Suspensiones y varias partes vinieron de una Husqvarna TE 510. Esa moto se llamaba el Detonador Cagiva. 

También se hizo una versión supermotard:

miércoles, 25 de octubre de 2023

BMW Baja 1986

 Gaston Rahier y  Eddy Hau consiguieron ganar la BAJA-1000 en 1986. 

Peso en orden de marcha (curb weight), con fluidos y gasolina: 155kg!!




martes, 17 de octubre de 2023

Alpujarras, Tabernas y Gorafe

La crónica de este viaje se me pasó, pero lo recuerdo todo tan bien que, aún seis meses más tarde, me he animado a dejar constancia en este mi cuaderno de bitácora. 

Aprovechando unos días de vacaciones en Semana Santa, hice un viaje en solitario, como casi siempre, largamente esperado y planeado. La idea era ir tranquilamente por carreteras secundarias hasta Lanjarón, donde haría noche. Al día siguiente saldría en dirección Tabernas, donde ya estuve con Pedro H. y nuestras 690 en un viaje "desértico" hace cuatro años, pero esta vez la idea era subir el puerto de Velefique, amén de disfrutar de las magníficas carreteras y paisajes únicos de la zona. Ese mismo día volvería sobre mis pasos hasta Guadix, donde haría la segunda noche y establecería mi particular cuartel general, con la idea de visitar la sierra de Cazorla al día siguiente, y el desierto de Gorafe al otro día. Pero a veces no todo puede salir como uno planea...

En Grazalema se despegó la suela de mi bota de turismo. Tenían estas botas veinticinco -25- años ya:


Como llevaba ropa de calle "casual wear" en las maletas, aunque no me hizo mucha gracia, no tuve más remedio que guardar las botas y ponerme las Vans, muy cómodas pero de nula protección frente a caídas o golpes. Un mal menor, supongo, ¿qué otra cosa podría hacer? Me tomé un café en una linda plaza del bonito y famoso pueblo blanco de la sierra de Cádiz, mientras meditaba y asimilaba los maravillosos paisajes y carreteras de curvas que había trazado hasta llegar allí. Pero lo que siguió hasta la llegada a Lanjarón no desmereció ni un ápice. Han pasado casi seis meses de este viaje, pero los recuerdos los tengo tan vívidos como si lo hubiera hecho ayer.
Lanjarón me acogió con bastante luz diurna aún, y tras un rápido check-in en un hotel barato pero suficientemente acogedor y con garaje para la Tigre (Hotel Nuevo Manolete), me di un reconfortante paseo por sus calles, llenas de plantas, fuentes y poemas: 











Cené bastante bien en Bodega González, todo demasiado rico para resistirse, pero hice mi consumición con calma y disfrutando del ambiente y jaleo de los parroquianos. Marché a dormir volviendo por la calle principal del pueblo, llena de bares y heladerías, pasé la noche confortable. 
A la mañana siguiente me levanté sin prisa, busqué un lugar para desayunar no muy lejos. Compré algo de comida para el resto del día (cosas de los viajes low cost), monté el equipaje en la moto, y tiré hacia Tabernas por la carretera que atraviesa Las Alpujarras, de precioso trazado, con paisajes que yo no conocía. Me quedé maravillado, es uno de esos sitios a los que hay que volver, y es que Granada tienen tanto que ofrecer y por descubrir...




El miniStelvio que es subir Velefique me llenó de emoción. ¿Cómo será recorrer esos famosos puertos de los Pirineos y los Alpes? 
Mucho ciclista por la zona, y la verdad es que lo merece. No me recreé demasiado por Tabernas, ya lo conozco bien. En cambio, almorcé frugalmente, tras pasar por Olula de Castro y Castro de Filambres, en Bacares, en el hotel-restaurante Las Fuentes, donde tenía un pajarito en una jaula que para beber tiraba de una cuerdecita para subir un pequeño cubo a su altura. Curioso. ¡Qué pájaro más listo!
Volví enlazando de nuevo la bellísima carretera alpujarreña (A-348), hasta el Puerto de la Ragua, que cruza Sierra Nevada y prácticamente desemboca en Guadix, mi destino final de ese día. 
El famoso puerto es totalmente recomendable, emocionante, exprimí las marchas cortas de mi moto inglesa y el rugido rebotaba entre las montañas y era algo bonito. 


Guadix es una ciudad interesante, y me alojé en una casa turística regentada por un señor mayor, catalán, que enamorado de esta tierra, cuando se jubiló vendió todo lo que tenía, incluido su negocio concesionario de Jaguar en la ciudad condal, para quedarse a vivir en esta singular ciudad, pequeña en tamaño y habitantes, pero muy rica en cultura e historia. 
El fallo fue que la susodicha casa se encuentre en plena Carrera Oficial, y yo, que venía huyendo de la Semana Santa de mi ciudad, me tuve que comer una noche atronadora de tambores, cornetas e incluso alguna saeta... el horror.
Pero hasta ese momento, paseé por la localidad encantado con sus rincones, sus puentes, su catedral, sus gentes... Cené muy gustosamente en el restaurante-vinoteca El Refugio, un sitio moderno, chic, pero sin perder el punto granaíno. Me gustó mucho, aunque no es barato. 
Tras la ruidosa noche, tomé el mejor desayuno que pude encontrar no sin mucho buscar, pues soy de despertar temprano (a pesar de todo), un café doble y tostada de buen jamón, y emprendí el camino a la sierra de Cazorla, por unas entretenidas carreteras en las que descubrí el típico paisaje jienense lleno de olivos y olivos y olivos por todas partes: 


El pueblo de Cazorla estaba abarrotado de turismo, no lo esperaba a pesar de las fechas. Tardé una eternidad en cruzarlo en medio de un tráfico caótico, más propio de localidades playeras en agosto. El día era cojonudo, buena temperatura y cielo limpio de nubes. Recorrí la carretera que va por el parque natural, algo impresionantemente bello, en busca de una pista que atraviesa el parque, para encontrarme con un cartel que prohibe la circulación a motos y quads. Me quedé con cara de tonto mientras pasaban a mi lado varios todoterrenos, algunos de ellos humeantes. No es la primera vez que veo una prohibición así, y no merece la pena ni comentarlo. Di media vuelta y volví por donde había ido, parando en una curva del camino donde hay un puesto para tomar un refresco y comprar algo de agua. 
Allí, a la sombra de enormes árboles, tuve un rato delicioso de contemplación mientras saboreaba una  tapa de choricillo que acompañó a la coca-cola.
Yo iba ya haciendo mis planes para la tarde, pues no estaba dispuesto a pasar noche en Guadix de nuevo y sufrir las incomodidades de la Pasión de Cristo en plena efervescencia de Miércoles Santo. De modo que tomé un frugalísimo almuerzo con los restos de comida que aún llevaba en la bolsa sobredepósito, y decidí visitar el geoparque de Gorafe, que resultó ser un sitio inesperadamente espectacular, no sólo por su singular estética, sino por los recorridos habilitados para visitarlo.






Curiosísimas las formaciones del terreno, conocidas como badlands, tierras malas, pues no sirven para cultivar (quizá sí para el pastoreo de cabras):


Todo bien señalizado, con diversas rutas para senderismo, btt, o vehículos todoterreno. Además, hay un interesante yacimiento de restos prehistóricos. Todo un descubrimiento, muy chulo.
 

Y como terminé la visita con tiempo, volví a Guadix a recoger el equipaje, me despedí de mi anfitrión, y tomé la autopista A-92 para llegar a tiempo para la cena a casa de los viejos en Dos Hermanas, 300 km del tirón sólo parando para echar algo de 95 octanos a la incansable Triumph, que demostró ser una viajera incansable, cómoda, potente, y con más capacidades para el offroad de lo que su tamaño y peso pueden sugerir.
Aunque condensé los dos últimos días en una sola jornada, vi todo lo planeado, aunque me quedé con ganas de más moto, y es que viajar con una maxitrail no tiene nada que ver con hacerlo en la ligera KTM 690, para lo malo y para lo bueno.

jueves, 3 de agosto de 2023

Ruta trail Vicentina

   En la Semana Santa de 2019, los tres Pedros hicimos una ruta por el Algarve portugués. La idea era llegar a Sagres, cosa que hicimos, el segundo día por la costa atlántica hasta la península de Troia, y el tercer día se dedicaría a la vuelta por carretera. Todo ello a bordo de nuestras monocilíndricas. 

Pero el clima truncó nuestras intenciones, y el segundo dia, tras diversos avatares relativos a Pedrito y su XR650, las trampas de arena y, sobre todo, la tormenta que se avecinaba, decidimos tras un intenso debate mientras almorzábamos en Odexeice, volvernos a España en ese mismo momento. Hicimos bien, porque al día siguiente cayó la mundial. 

En esta ocasión, un poco de forma imprevista para mí, me uní a Perico y su flamante Norden, para terminar a nuestro modo lo que empezamos hace más de cuatro años. Así, fuimos por carreteras secundarias, terciarias, y alguna cuaternaria, hasta Sao Bartolomeu de Messines, donde enlazaríamos con el track offroad, más o menos por donde lo dejamos la otra vez el primer día porque se nos echaba la noche encima. Yo me dejé guiar por Perico y sus dos móviles con navegador integrado. Mi vetusta Tiger 955i se defendía como podía, y yo la guiaba con pies de plomo, guardando muchísimo cuidado porque iba con ruedas lisas, la bicha pesa casi 260 kg con gasolina, y su suspensión delantera es, digamos, meramente anecdótica... pero iba yendo con todas esas limitaciones, superando los diversos obstáculos una y otra vez, para nuestra sorpresa!!

buscando el track en el GPS

No sin alguna duda sobre tirar por aquí o no, habrá arena o no, eso parece demasiado escarpado... en fin, las cosas típicas del trail cuando no se conoce el camino y más con estas grandes motos, pudimos llegar al Cabo San Vicente, no sin antes casi matarnos en un tramo arenero con enormes roderas, en el que estuve a punto de irme al suelo cinco veces en treinta metros. Pasé auténtico pavor, y comprendí que la Triumph no está hecha para eso: la combinación de peso, geometrías inadecuadas, neumáticos lisos y poca experiencia es un cóctel fatal.

Llegamos con tiempo de sobra a Sagres, donde nos instalamos en "Orange House", en una pequeña habitación dos camas y acceso directo a piscina. Correcto, pero con soluciones arquitectónicas de dudosa calidad... Suficiente para dormir y salir pitando a la mañana siguiente, que era nuestra intención. Sin más. 

Cenaríamos en Pizzeria D'Italia, que tan buenos recuerdos nos trae, unas buenas pizzas precedidas de remarcable carpaccio con todos sus avíos, que aliñé siguiendo los consejos del limitador de velocidad, pues realmente no sabíamos qué hacer cuando nos llegó este plato: 

Y esto es lo que quedó:


Joder, nos comimos hasta la rúcula, estábamos hambrientos!!!

La mañana siguiente hicimos un buen desayuno sin prisas, tras un paseo por el pueblo buscando algo abierto, y partimos hacia lo que iba a ser el plato fuerte del viaje: la costa Vicentina por pistas lo más cerca posible del océano, una experiencia que recomiendo a todos los aficionados a la moto trail.

Pronto aparecieron las primeras dudas, pues el track comenzaba con lo que podía ser otra trampa de arena más, pero nos hicimos los valientes y tiramos... y menos mal que lo hicimos, porque con poca arena pudimos hasta disfrutar del camino, en un entorno de belleza singular a la que no estamos acostumbrados. Mientras tanto, un fuerte viento, la típica Nortada de estas costas, nos acompañó durante todo el viaje, a veces con rachas importantes y traicioneras, que añadían no tanta emoción como peligro a la conducción.

En la playa de Amado, famosa por el surf, hicimos la primera pausa. Allí nos encontramos con unos cuantos de Huelva con los que charlamos de moto y nos hicieron algunas fotos. Muchas campers, y muchas de ellas no eran ni surferos, estaban allí por la belleza del paraje y por el ambiente:

El camino siguió sin incidencias, seguimos subiendo por la costa, pasando de largo algunos tramos del track porque ya lo hicimos y no presentaban interés, y nuestra meta era llegar a un trozo justo después de Zambujeira do Mar, un sitio chulísimos donde paramos a tomar un café y un refresco. Previamente ya habíamos almorzado, como el día anterior, un par de sandwiches y algunas galletas, donde nos vino bien, a la sombra de un pino, pues hemos comprobado que en los almuerzos se puede perder mucho tiempo y después, si son copiosos, no apetece montar en moto. Pasado Zambujeira, como decía, y hasta el Cabo Sardao, vino un sector francamente espectacular, y quizá me quedo corto si digo que todo el viaje merece la pensa sólo por estos pocos kilómetros de pista que bordea los acantilados, en una ruta señalizada y compartida por senderistas, ciclistas, motoristas y coches 4x4 en perfecta armonía, con respecto hacia los demás usuarios y al medio ambiente. Algo único.

Estábamos avisados de que el último tramo, unos diez kilómetros hasta Vila Nova de Milfontes (que era nuestra meta final), eran de pura arena para la que ni nostros, ni nuestras máquinas, estábamos preparados. Así que lo hicimos por carretera, y no sin poca aventura logramos habitación para pernoctar en pleno centro, pero en un lugar tranquilo y apartado... aunque con puertas literalmente a la calle.

Habitación vistas... a la calle, literalmente.
La cena fue el colofón final para un día lleno de emociones, un espectacular tartar de atún, el mejor que jamás probé, y unas hamburquesas, que nos dejaron plenamente satisfechos para irnos a la piltra bien repuestos, tras los paseos que dimos por Vila Nova, un pueblo muy turístico y lleno de gente de diversa procedencia, con un enclave verdaderamente precioso que hay que ver detenidamente: entra el mar como un brazo, creando dos playas hermosas, flanqueadas por acantilados y enormes formaciones rocosas que salpican las aguas. Incomparable.