Encuentro, por los cauces habituales de las redes que frecuento, esta máquina que no parece otra cosa sino una 749 que ha tenido un accidente y el dueño ha decido reconvertirla a algo más básico, algo más bruto, algo más de locos:
Un curioso trabajo de pintura en chasis, tapas de motor y llantas, creando el contraste blanco-negro, junto al toque turquesa de tapicería y puños, dan un resultado curioso, más que correcto.
El faro, aunque de proporciones casi adecuadas, presenta una desubicación extraña, creo que podría estar mejor colocado, igual que se tenía que haber hecho un pequeño esfuerzo por esconder un poco los depósitos de líquidos de freno y embrague, por ejemplo.
Pero hay que prestar especial atención a detalles magníficos, curiosos, como el guardabarros delantero (una pequeña obra de arte, sin duda), y el escape, integrado en el minimalista colín que, a su vez, encaja correctamente, tanto en línea como en tamaño, con el conjunto al que pertenece junto a un depósito asimismo bastante trabajado en el sentido de suavizar las agudas líneas de Terblanche.
Me pregunto si el fin último de esta bella máquina será algún día circular por vías públicas o no, y enseguida me percato del portamatrícula, piloto e intermitentes, muy discretos. No veo espejos ni velocímetro, pero son detalles menores fácilmente subsanables
sábado, 4 de abril de 2020
El Hacedor
En esta extraña tarde de encierro obligado en mi domicilio, aunque estoy solo en el salón, me llegan ruidos desde la habitación contigua en la que mi hijo Pepe juega on line con otros amigos, sin parar de charlar a voz en grito; desde el patio, al otro lado, se filtra el jaleo que arman los hijos de los vecinos, niños hartos de estar encerrados y liberan su frustración con alaridos, sonoras risas, gritos y lloros; y a mis espaldas, desde la cocina, es imposible no oír al limitador mientras cocina recetas propias de la Semana Santa al tiempo que se relaciona por videoconferencia con otras ocho o diez personas de su parroquia...imaginen el desasosiego. Al frente, el aparato de TV calla, la pantalla oscura.
Busco refugio en la lectura, pero es tarea dificultosa que exige concentración.
Recuerdo la primera vez (y única, creo) que leí a Borges, en el instituto de bachillerato hace ya más de treinta años. Dios, cómo pasa el tiempo. "El Aleph" fue una lectura extraña para un adolescente, y no entendí nada. Me pareció un tipo muy raro, ese Jorge Luis.
Ahora he terminado "El Hacedor", que llegó a mí por casualidad:

Obra extraña, una colección de breves escritos de una página o dos cada uno, y poemas de diverso tipo de rima consonante o asonante, que te deja un sabor, un regusto un poco... como que falta algo, que uno se ha perdido mucho, que no entiende nada. Tal es la desconexión de los temas tratados, los saltos temporales. ¿Qué sentido tiene hacer recopilación de cosas sueltas sin relación las unas con las otras?
No soy ningún experto, tan solo leo y algunas cosas me gustan y otras no, y trato de decirlo por aquí. Pero la sensación al leer El Hacedor es como si se tratase de algo traducido desde una lengua extraña y lejana, y en la traducción se ha perdido mucha información.
Un lenguaje rico, demasiado, con muchos términos que he tenido que buscar en un diccionario. A veces dice mucho con poquísimas palabras, otras usa muchas para decir nada. Ahora gana la forma, después, cuatro páginas más allá, lo que importa es el fondo.
No comprendo este estilo, me falta algo, me sobra todo.
Así es Borges para mí.
En el epílogo, el propio Borges explica la heterogeneidad y aparente ambigüedad de esta obra:
"Quiera Dios que la monotonía esencial de esta miscelánea (que el tiempo ha compilado, no yo, y que admite piezas pretéritas que no me he atrevido a enmendar, porque las escribí con otro concepto de la literatura) sea menos evidente que la diversidad geográfica o histórica de los temas. De cuantos libros he entregado a la imprenta, ninguno, creo, es tan personal como esta colecticia y desordenada silva de varia lección, precisamente porque abunda en reflejos y en interpolaciones."
Toma ya. Ahí queda eso.
Menos mal que es breve y la he ventilado en unos ratos sueltos. De otro modo jamás lo hubiera leído.
viernes, 3 de abril de 2020
confinado, 11
En este viernes día 3 de abril, entre otras cosas menores, me dispongo a realizar la comprobación del juego de las válvulas de la Monster. En verdad le quedan unos dos mil kilómetros, pero como ahora hay tiempo y ganas, considero que es buen momento.
Ya hice la misma operación en la 749, y con aquello creo que me gradué como mecánico amateur desmo. Tiene sus intríngulis, pero no es magia negra, ni vudú, ni nada parecido. Con unos mínimos conocimientos de mecánica, el libro de servicio de la marca, un manual de mecánica para Ducati que guardo como oro en paño, dos manuales Haynes que me empapé en su día (uno para las 7487916/996, y otro para las 600/750/900 de carburadores), y numerosos video-tutoriales de youtube, amén de información sin fin en diversos foros de lengua inglesa... decido lanzarme.
Lo primero es preparar el terreno. Moto en caballete, herramientas a mano, banquito para sentarme a la altura adecuada, y buena iluminación:
En el cilindro horizontal es muy fácil, se accede directamente, y sólo hay que apartar un poco el radiador del aceite y quitar las tapas de los balancines. Esta moto tiene dos válvulas por cilindro, una de admisión y otra de escape, y cada válvula es accionada por dos levas: una empuja para abrir, y la otra para cerrar. Aquí no hay muelles, sino un sistema desmodrómico, algo especial que sólo usa Ducati, con sus ventajas y sus inconvenientes, como todo.
El acceso es fácil, y la medición se hace en un santiamén. En este cilindro todo está en valores correctos.
| Cilindro horizontal, despejando el camino |
| Con la tapita quitada, empujador de la válvula y pastillas de reglaje. |
Para llegar al mismo sitio en el cilindro vertical hay que levantar el depósito al máximo, y desmontar la caja el filtro del aire y soporte de la batería, apartar cableado vario, y ya:
Vista general , el motor parece chiquitín, y lo es en realidad:
Finalmente, la holgura de la válvula de escape del cilindro trasero no es la adecuada, pues es casi nula en apertura, y demasiado grande en cierre. Se sacan las pastillas, se miden, se echan las cuentas, y se encargan dos nuevas pastillas (las llamo así, pero no son verdaderas pastillas como en los habituales reglajes de motores de muelles), en este caso una de apertura de 4'60 mm, y otra de cierre de 6'85 mm. Todas las mediciones hay que hacerlas dos y tres veces, y las cuentas hay que revisarlas, pues es fácil equivocarse. Por ejemplo, en el papel donde voy apuntando todo se puede ver un borrón y tachón, y es que me equivoqué al calcular la pastilla de apertura que me hacía falta... me di cuenta in extremis casi en el momento de pagar el pedido a la web www.ducatiparts.es, pues el concesionario más cercano me coge a 110 km y es absolutamente inaccesible en el estado de alarma:
Por lo demás, como hoy hace buen tiempo, he vuelto a subir bici y rodillo al patio exterior, que es más fresco y placentero.
jueves, 2 de abril de 2020
Confinado, 10
Y seguimos. Terminé de montar la rueda que previamente había desmontado, con cierto éxito. Recuerdo bien la primera que hice algo similar, y no quedó ni la mitad de bien: ahora mucho mejor, todos los radios tensos y con buen centrado y aparaguado. Creo que me puedo dar luz verde para montar mis propias ruedas de 27'5 pulgadas para la Santa Cruz.
Y todo ello sin tener un centrador como mandan los cánones, que total, para una o dos ruedas que voy a montar, tampoco merece la pena el desembolso (por ahora), aunque supongo que si tuviera uno me dedicaría a revisar y ajustar con más frecuencia las ruedas de todas mis bicis y alguna de algún amigo.
Sea como fuere, con el viejo truco de una brida de plástico en la barra de la suspensión, y paciencia sobre todo, sin prisa, buena letra, usando la lógica, y sin ser bruto, al final se consigue algo medianamente potable:
| La famosa brida, y mi herramienta para aflojar/apretar las cabecillas |
| La rueda ya finalizada decentemente |
Más cosas. He echado una mano a los niños para que la pista de Scalextric que han montado en la buhardilla funcione con más decencia, pues no hallaban la manera de hacer funcionar un cuentavueltas-cronómetro ni un mando. No aparecen algunas pistas especiales, básicamente cruces, ni tampoco los bordes de pista o pianos, sin los cuales es menos placentera la "conducción". Seguiremos indagando, porque patas no tienen, que yo sepa.
Como novedad negativa de estos dos últimos días, blogger ha cambiado (una vez más) la apariencia y el formato para redactar y publicar entradas, lo que afecta sobre todo a mi capacidad de subir fotos desde el celular, que ha devenido en empresa imposible. Ahora tengo que pasarlas del móvil al PC, y de éste a blogger. Un puto coñazo que me ha desmoralizado bastante, la verdad, porque entorpece mucho la edición.
Por la mañana he visto la película "El manantial", versión cinematográfica del libro homónimo de Ayn Rand, quien también se encargó del guión del film, protagonizado por Gary Cooper, un actor un tanto hierático, inexpresivo, quien no supo plasmar la intensidad del personaje. En blanco y negro, dada su antigüedad, y con técnicas de rodaje y diálogos y poco, digamos, especiales, a los que ya no estamos acostumbrados en el cine de hoy, el fondo y el mensaje de la autora están ahí, pero no tan palpable y patente como en el libro, mucho más intenso y glorioso. Decir que "El manantial", y la otra gran obra de Rand, "La rebelión de Atlas", tienen un lugar preferente en mi biblioteca es decir poco. Ambas novelas me sorprendieron, causaron un gran impacto en mi persona, y los recomiendo a todo el mundo por estar muy bien escritos, bien traducidos, y tener un trasfondo filosófico serio, importante, hasta el punto de influir a generaciones enteras de lectores. Ayn Rand es una filósofa de referencia, y toda su vida luchó por abatir el colectivismo y aquellas ideologías basadas en la anulación del yo, y dio pie y fundó la escuela del "objetivismo", en su defensa sin parangón del derecho inalienable del ser humano en su búsqueda de la propia felicidad nunca a costa de otros, sino por el propio esfuerzo de cada uno. En fin, no me quiero enrollar con este tema, hay mucho escrito por ahí, y quien quiera saber más sobre esto, ahí esta la wikipedia.
Otro tema negativo es que he tenido que volver a meter el rodillo en el zulo, dado que estos últimos días las tormentas primaverales desaconsejan hacerlo en el patio. ¡Qué gran verdad esa de "nunca llueve a gusto de todos!"
Seguimos luchando, cada uno en su confinamiento. Les deseo fuerza y ánimo.
martes, 31 de marzo de 2020
Confinado, 9
Está claro que puede no ser fácil.
Pero siempre surge algo para entretenerse. Hoy he estado viendo una nueva serie, Witcher, el brujo, una especia de historia sobre un señor con ciertos poderes ambientado en una Edad Media plagada de seres mágicos, un estilo a lo que vimos en Juego de Tronos, pero más rústico, casi siempre ambientado en la montaña o en el bosque, o pequeñas localidades rurales. Nada del otro mundo, pero es entretenida y sólo consta de una temporada de ocho episodios, conque pasaré página pronto.
También estuve leyendo un nuevo libro que pronto les haré la review. Pero lo más novedoso, o quizá no, es que preparando una futura aventura he retomado la idea de aprender bien a montar ruedas de bicicleta, esto es, desde cero.
Ya hace diez o doce años tuve serios problemas para hacerme una rueda a la carta (con los componentes escogidos por mí), pues en Huelva nadie lo hacía. Pregunté en las tiendas-taller de entonces, y todos se quisieron quitar el muerto de encima. Yo entiendo que el ratio tiempo invertido-coste no resulta muy favorable, pero cojones, por lo menos ponme un precio, dime algo, muéstrame la luz. Nada. Lo máximo que logré fue que yo montara la rueda en lo más básico y se la llevara para que allí me dieran la tensión centrándola. Al final fue lo que hice, y recuerdo que ni me la dejaron bien tensada (unos radios más tensos que otros), y enseguida perdió la compostura. Un bluff. En posteriores ocasiones he cambiado un par de llantas yo solo, con cierto éxito.
Ahora necesito un juego de ruedas de 27'5 pulgadas, pero con los estándares actuales "boost", no se vende ni se fabrica lo que necesito, que es buje delantero para eje de 20 mm, y trasero de 135 mm de anchura. Una mezcla curiosa, podría alguien decir.
Aparte de refrescar un poco la memoria, ahora hay mucha más información (y además gratis) en internet, amén de numeroso videos en Youtube del proceso a seguir.
Para ensayar, he cogido una antigua rueda que tenía por el zulo, cuyo buje voy a usar para mi proyecto, y la he desmontado:
| llanta, buje, radios y cabecillas por separado |
Por lo demás, sigo con mi bici en el rodillo en días alternos, me cuesta mucho porque es aburrido y monótono y duro y sin mucho sentido. También vi un par de pelis, una de ellas española, "Hogar", que me ha gustado especialmente porque me gustan las pelis en las que el malo se sale con la suya. Y perdón por el espoiler, jajjajajja.
Fisher bikes
Hoy le preguntas a un consumado "rider" por Gary Fisher, y se encoge de hombros. Hay algunos que dicen que viven la bici, dedican horas y horas, sobre todo a mirar webs de piezas y repuestos, publicidad de las marcas, quieren estar a la última, ese componente XX01, o XTR, o errequeté, compiten en maratones de exagerada e inhumanamente incomprensible distancia, olvidan lo que es disfrutar intercambiándolo sin darse cuenta por el sufrimiento. Fibra de carbono, ruedas a la última moda en diámetros, geometrías de chasis que no comprenden... Acaso alguno ha oido hablar de Nino Schurter. Muy muy pocos saben o recuerdan quien fue Marga Fullana. No les comentemos nada de Steve Peat, Greg Minnaar, Fabien Barel, Hans Rey, Tinker Juarez, Gary Klein... o Gary Fisher.
Ah, el bueno y simpático de Gary Fisher, con sus vestimentas excéntricas y sus anteojos imposibles.
Cuando se lanzaba cuesta abajo y prácticamente sin frenos hace cuarenta años por las colinas de California, creando, sin saberlo, el nacimiento de un nuevo deporte, alumbrando una revolución que fue más allá de la afición de un grupo de hippys alegres, felices, que se gastaban el poco dinero que tenían en arreglar sus velocípedos tras cada bajada. Fisher, como ya he comentado en entradas anteriores, se unió a Ritchey para fabricar cuadros de bicicleta de montaña, y después se separaron, cada uno por su lado haciendo lo mejor que sabía hacer cada uno.
A Fisher le debemos las ruedas de 29 pulgadas, la geometría "Genesis", y su evolución llamada "G2" (aumentar el reach y usar potencias más cortas), que hoy son un estándard, pero que él introdujo hace quince años. Un freak, un auténtico y verdadero outsider dentro y fuera del mundo de las dos ruedas. Le tocó vivir el momento exacto para vivir de su afición con arte y buen desempeño, pero también tuvo sus cuitas y peleas con las federaciones dominantes, como muchos que no quisieron pasar por ciertos aros, cosa que ocurre en todos los deportes en los que la defensa de los derechos de los practicantes y su protección y garantía del ejercicio del deporte debería ser lo primero: en sus tiempos jóvenes, Gary llevaba el pelo largo, y eso estaba mal visto según por quién y para qué, de modo que se le dio un ultimátum para que se lo cortara si quería seguir participando en competiciones ciclistas. Fiel a sus principios y sus señas de identidad, hizo caso omiso y, claro, fue descalificado y vetado en la competición. Ese era y es Gary Fisher.
Escribo esto tras toparme con imágenes de este bellezón de 1986:
Veneno en la piel
Dicen que tienes veneno en la piel
y es que estás hecha de plástico fino.
Dicen que tienes un tacto divino
y quien te toca se queda con él.
Tomar una instantánea del velocípedo dentro del trastero carece del glamour y la dedicación que este artefacto merece. No hay alternativa. Es lo que ahora hay. Les pido mil perdones, pero recordé el estribillo de aquella canción de Radio Futura, y no sé porqué me recordó, inevitablemente, al bisturí.
sábado, 28 de marzo de 2020
Confinado, 8
El día tiene muchas horas cuando uno no puede salir de casa. Quisiera que todos tuvieran algún tipo de patio o similar donde poder disfrutar de tu pequeña parcela de cielo abierto y aire libre, por minúsculo que sea o parezca. A mí ahora me parece enorme, y paso varios ratos en mi patio, bien leyendo, bien haciendo ejercicio, bien almorzando (el clima ya invita a ello).
Mi día del sábado 28 de marzo comenzó viendo la carrera de Misano del Campeonato del Mundo de Superbikes de 2011, en el que Carlos Checa ganó ambas mangas haciendo unas tremendas apuradas de frenada frente a un nervioso Biaggi cuya Aprilia era más rápida en recta, pero se fue recto un par de veces y no pudo recuperar lo perdido. Gran espectáculo.
Ayer llegó un regalo para mi hijo mayor, por su reciente aniversario de nacimiento, de parte de su abuelo paterno. Esta mañana lo hemos abierto para empezar el día con energía y alegría:
He pasado media mañana leyendo el segundo volumen de "El siglo del socialismo criminal". El primero lo leí hace ya varios meses, cuando salió a la venta. Aunque tenía deficiencias incomprensibles desde el punto de vista sintáctico, y la realización de la edición dejaba bastante que desear, el autor fue advertido en las redes por algunos de los lectores (entre ellos el que suscribe) de los márgenes irregulares, la ausencia de justificación en los párrafos, fuentes y tamaños de letras un poco inusuales... pero el fondo, el contenido, es lo que interesa y por eso lo compré.
Aunque casi todo lo narrado en aquel libro ya lo sabía, nunca viene mal recordarlo, porque quien no conoce la historia está condenado a repetirla, sin duda. Además, tampoco viene mal tener a mano una recopilación de este tipo: cada capítulo está dedicado a un personaje histórico que intentó llevar a la práctica las máximas del socialismo y el comunismo, unos con más éxito que otros (en la aplicación, no en el resultado esperado, desde luego... o quizá sí, a saber lo que ocurría verdaderamente dentro de las mentes de esos sujetos). Todo ello ocurrió durante el siglo XX, aunque restos de aquello aún perdura en nuestros días, bien adentrados ya en el siglo XXI, incomprensiblemente.
Pero, ¿puedo yo asombrarme de esto, cuando en nuestro propio país se quiere hacer un resurgimiento del más falaz, descarnado, revanchista y trasnochado retorno a la izquierda más radical? Si me pudieran ver mientras escribo estas últimas líneas, verían un enorme facepalm en toda regla, OMG.
En el primer volumen, el autor da un buen repaso a la vida y "logros" de Joseph Goebbels, Heinrich Himmler, Adolf Hitler, Benito Mussolini, Mao Tse-Tung, Saloth Sar, Hideki Tojo, Ernesto Guevara, Nicolae Ceaucescu, Vladimir Ilich Uliánov, y por último Iósif Stalin.
En "El siglo del socialismo criminal II", Jano García cuenta la biografía, avatares y aberraciones que cometieron en sus respectivas luchas por hacerse con el poder más absoluto, de Reinhard Heydrich, Herman Göring, Slobodan Milosevic, Salvador Allende, Fidel Castro, Kim Jong-il, Lavrenti Beria, y Lez Davídovich Bronstein AKA Trostky.
Acabar la sesión lectora, trasladar el rodillo y la flaca a un nuevo y muy diferente emplazamiento, y a darle caña un buen rato:
Feliz y motivado, rodeado por mis plantitas, al aire libre... esto ya es casi ciclismo!!!
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| Feliz, pero la procesión va por dentro |
A última hora de la tarde ha comparecido Pedro Sánchez, nuestro Presidente, para anunciar el confinamiento total, desde el lunes 30 de marzo hasta el jueves 8 de abril, durante el cual sólo podrán seguir trabajando aquellos considerados como "servicios esenciales", que saldrán en un listado mediante un nuevo decreto tras el Consejo Extraordinario de Ministros que tendrá lugar mañana domingo. Un paso más en la lucha contra el Covid19. En el grupo de wasap de los compañeros de la oficina hay incertidumbre y muchas dudas: ¿tenemos que ir a currar el lunes o no? ¿si es que no, que ocurre con las nóminas de este mes? ¿habrá verdaderamente un permiso remunerado? ¿lo relacionado con los Registros de la Propiedad es un servicio esencial o no? Y así sucesivamente.
Ante todo, calma, amigos. Esperemos al famoso decreto de mañana, sus interpretaciones, y las instrucciones de la Dirección General de Seguridad Jurídica y Fe Pública.
Ritchey y los 80
Cuando los habituales descenders que corrían las “repack races” estaban más que hartos de reparar y preparar sus bicicletas “klunker”, en un tranquilo y pequeño garaje los señores Gary Fisher y Tom Ritchey se fabricaron los primeros cuadros específicamente diseñados para mtb, y los vendían a sus amigos y los primeros aficionados de este nuevo deporte allá en California. Mucho ha llovido desde entonces, y Gary pasó de tener su propia marca (Fisher, no podía ser de otro modo), a ser absorbido por Trek , y finalmente desaparecer en el conglomerado del gigante de Wisconsin cuando una de sus mayores aportaciones, el uso de las ruedas de 29 pulgadas, se popularizó allá por 2012-13.
Tom, en cambio, ha seguido hasta nuestros días, hoy como productor minoritario de cuadros, y tiene una amplia gama de componentes de todo tipo para este segmento de ciclismo, de reputada calidad y prestigio. Unos verdaderos amantes de la bicicleta que aún siguen montando en bici, aunque ya estén un poquito mayores.
Los años ochenta fueron su mayor reinado, y como muestra he hallado en la red algunos bellos ejemplos de bicis emblemáticas de Ritchey.
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| La Everest, 1983 |
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| Mt. Tam, 1982 |
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| La extravagante y buscadísima Beam |
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| Una Supercomp de 1987 |
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| La más típica y conocida, P-21 |
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| El modelo Aspen, de 1983 |
viernes, 27 de marzo de 2020
El abuelo
...gentileza de Juan Juan Puigví Manix
En la semioscuridad del garaje, con los ojos entornados; tratando de atisbar más allá de la neblina de los recuerdos, guiándose por las sensaciones, el abuelo, con movimientos lentos, sacaba brillo a cada centímetro del depósito, tapas laterales, carenado. Era algo que venía repitiendo últimamente y que había despertado la inquietud de su familia:
- “Papá, ¿sabes que el abuelo baja todos los días a limpiar la moto?”
- ¿No habrá encontrado las llaves? Sabes que le tenemos prohibido…
-No, no. Se pasa horas sacándola brillo y mirando el aceite y esas cosas.
-La verdad es que me preocupa que esté perdiendo la cabeza.
Conocía de memoria cada ángulo, cada arista, cada recoveco de la motocicleta. Los cansados ojos y sus incipientes cataratas, recorrían sin prisa en busca del más mínimo desperfecto la pintura y los cromados, ajustándose de cuando en cuando las gafas contra la nariz cuando las maltrechas vértebras, le recordaban que ya no era un chaval para andar doblando el espinazo. Se incorporaba trabajosamente, y dejaba volar la imaginación. Recordaba aquellos días de juventud en que los nervios no le dejaban dormir la noche antes de un viaje. Se despertaba varias veces temeroso de dormirse y llegar tarde, viendo como las manillas del despertador avanzaban más lentamente de lo habitual. Recordaba el fresco de la mañana en el lugar de encuentro con la pandilla, las primeras risas, los abrazos, las bromas de primera hora…Le gustaba ponerse el último, para ver la pequeña caravana que formaban las motos. Las manos entumecidas al principio, hasta que el día avanzaba y sentía el toque divino del sol en la espalda, ésta puñetera espalda que tanta guerra daba ahora.
- “Papá, nos vamos a la compra ¿quieres que te traigamos algo?”
-No gracias…bueno sí, si puedes tráeme un litro de gasolina.
-Para qué coño querrá este hombre un litro de gasolina. Un día va a pegar fuego al garaje.
Y seguía soñando despierto. Se acordó de aquella chica ¿Cómo se llamaba… ¿Rosa, Rebeca? No, Raquel, se llamaba Raquel. Que ojos más bonitos tenía, color miel muy claritos y que bien llevaba la moto. Me encantaba ver su coleta asomando por debajo del integral, y qué manera de sonreír… suspiró ¿Qué habrá sido de ella? El temporizador apagó la luz y le sacó de su ensimismamiento. Pausadamente, subió las escaleras.
El día, amaneció limpio, despejado. Uno de esos días de final de invierno, luminoso y no demasiado frio, en que el azul del cielo cobra un tono particularmente intenso.
- “Papá, ahora venimos. Vamos a recoger el cordero que encargamos ayer”. Te he dejado la gasolina que me pediste ayer en el armario metálico del garaje.
-Vale. A lo mejor salgo un ratillo.
- ¿Dónde vas, al parque?
-Si…al parque.
-Bueno, no vuelvas muy tarde.
En cuanto sonó la puerta, se dirigió al garaje. Encendió la luz y abrió un vetusto armario del que extrajo una percha cubierta con una funda de plástico, y una caja cerrada con un cordel. Con gestos propios de un Samuray, desenfundó la percha y descolgó, una veterana cazadora Garibaldi de grueso cuero negro y un pantalón del mismo material. Se enfundó en ellos reconociendo al instante el recio tacto, y ese olor peculiar que tiene la piel y que en tantas ocasiones le habían acompañado. La verdad, es que ahora cincuenta años después le quedaba un poco grande. Después, abrió la caja dejando al descubierto un casco Bell de fibra de vidrio también negro, y unos guantes, los viejos Furygan que le regalara aquella chica…Raquel, un día de su cumpleaños. Terminó ajustándose las hebillas de las botas, las Gaerne de toda la vida.
Después, rebuscó en un bote lleno de tornillos que escondía tras unas cajas llenas de trastos en la estantería metálica. Extrajo una pequeña llave al tiempo que decía en voz baja: “Ésta, no me la habéis quitado”. Vertió el litro de gasolina en el vacío depósito. A continuación, accionó la palanquita que desconectaba la batería, introdujo la llave girándola; High Beam, Turn, Neutral, Oíl, todas las luces del cuadro se fueron encendiendo. Grifo de gasolina en posición On. Una primera patada para buscar compresión y a la siguiente el bramido de los Lafranconi hicieron temblar el cierre del garaje.
Una vez en la calle, a rellenar el depósito y rumbo a la Morcuera. El cuero le tiraba por algunas partes, pero al llegar a Colmenar Viejo ya era su mono de toda la vida. La SS, como un reloj le obsequiaba con sus vibraciones que eran como un masaje que da una vieja amiga en las articulaciones atormentadas por la artrosis. Las nieves del puerto de Navacerrada se recortaban contra un cielo sin atisbo de nubes, en el velocímetro 130 KPH la carretera semivacía. Cuando llegó a Miraflores recordó la terraza ahora vacía, en la que solían parar tras la vuelta a los puertos. Tomó a la izquierda, y empezó el momento que tanto había estado esperando, que las prohibiciones de la familia le habían hurtado; no iba muy deprisa, pero si saboreando cada frenada, cada aceleración, cada inclinación, cada compresión de la horquilla, cada hundimiento del amortiguador a la salida de las curvas. No era cosa de caerse, siempre había tenido muy claros los límites que impone la conducción en carretera. En diez minutos estaba arriba. Contempló la mole de Peñalara, respiró el aire fresco de la montaña y tentado estuvo de bajar hacia Rascafria, pero pensó que ya era suficiente había que estar de vuelta antes que su hijo notara la ausencia.
Una hora después, la SS atronaba las calles de una urbanización de las afueras de Madrid, al tiempo que, en una vivienda cercana, se abría apresuradamente una ventana. Unos ojos color miel, muy claritos, se clavaban en un motorista vestido completamente de negro que aguardaba en el semáforo cercano.
- ¿Abuela Raquel que haces ahí asomada?
- El corazón se le aceleró:
Nada, juraría que…Pero no, no puede ser.
Tuvo el tiempo justo para guardar todo antes de que volviera la familia. El nieto bajó al garaje:
-Abuelo, que subas a comer
-Ahora mismo voy
Al pasar cerca de la moto, notó el calor del motor; durante unos instantes, nieto y abuelo se miraron hasta que un guiño de éste, dio por zanjada la muda conversación.
- ¿Que hacíais ahí abajo que habéis tardado tanto?
Al finalizar la cena, el muchacho quedó largo rato en silencio mirando a su abuelo.
¿Qué te pasa hijo que estás tan callado?
-Nada papá, me preguntaba que, ¿si apruebo todas me comprarías una moto?
-¿Queeeé?
Dedicado a los que ya no podemos ver, pero siguen estando con nosotros.
En la semioscuridad del garaje, con los ojos entornados; tratando de atisbar más allá de la neblina de los recuerdos, guiándose por las sensaciones, el abuelo, con movimientos lentos, sacaba brillo a cada centímetro del depósito, tapas laterales, carenado. Era algo que venía repitiendo últimamente y que había despertado la inquietud de su familia:
- “Papá, ¿sabes que el abuelo baja todos los días a limpiar la moto?”
- ¿No habrá encontrado las llaves? Sabes que le tenemos prohibido…
-No, no. Se pasa horas sacándola brillo y mirando el aceite y esas cosas.
-La verdad es que me preocupa que esté perdiendo la cabeza.
Conocía de memoria cada ángulo, cada arista, cada recoveco de la motocicleta. Los cansados ojos y sus incipientes cataratas, recorrían sin prisa en busca del más mínimo desperfecto la pintura y los cromados, ajustándose de cuando en cuando las gafas contra la nariz cuando las maltrechas vértebras, le recordaban que ya no era un chaval para andar doblando el espinazo. Se incorporaba trabajosamente, y dejaba volar la imaginación. Recordaba aquellos días de juventud en que los nervios no le dejaban dormir la noche antes de un viaje. Se despertaba varias veces temeroso de dormirse y llegar tarde, viendo como las manillas del despertador avanzaban más lentamente de lo habitual. Recordaba el fresco de la mañana en el lugar de encuentro con la pandilla, las primeras risas, los abrazos, las bromas de primera hora…Le gustaba ponerse el último, para ver la pequeña caravana que formaban las motos. Las manos entumecidas al principio, hasta que el día avanzaba y sentía el toque divino del sol en la espalda, ésta puñetera espalda que tanta guerra daba ahora.
- “Papá, nos vamos a la compra ¿quieres que te traigamos algo?”
-No gracias…bueno sí, si puedes tráeme un litro de gasolina.
-Para qué coño querrá este hombre un litro de gasolina. Un día va a pegar fuego al garaje.
Y seguía soñando despierto. Se acordó de aquella chica ¿Cómo se llamaba… ¿Rosa, Rebeca? No, Raquel, se llamaba Raquel. Que ojos más bonitos tenía, color miel muy claritos y que bien llevaba la moto. Me encantaba ver su coleta asomando por debajo del integral, y qué manera de sonreír… suspiró ¿Qué habrá sido de ella? El temporizador apagó la luz y le sacó de su ensimismamiento. Pausadamente, subió las escaleras.
El día, amaneció limpio, despejado. Uno de esos días de final de invierno, luminoso y no demasiado frio, en que el azul del cielo cobra un tono particularmente intenso.
- “Papá, ahora venimos. Vamos a recoger el cordero que encargamos ayer”. Te he dejado la gasolina que me pediste ayer en el armario metálico del garaje.
-Vale. A lo mejor salgo un ratillo.
- ¿Dónde vas, al parque?
-Si…al parque.
-Bueno, no vuelvas muy tarde.
En cuanto sonó la puerta, se dirigió al garaje. Encendió la luz y abrió un vetusto armario del que extrajo una percha cubierta con una funda de plástico, y una caja cerrada con un cordel. Con gestos propios de un Samuray, desenfundó la percha y descolgó, una veterana cazadora Garibaldi de grueso cuero negro y un pantalón del mismo material. Se enfundó en ellos reconociendo al instante el recio tacto, y ese olor peculiar que tiene la piel y que en tantas ocasiones le habían acompañado. La verdad, es que ahora cincuenta años después le quedaba un poco grande. Después, abrió la caja dejando al descubierto un casco Bell de fibra de vidrio también negro, y unos guantes, los viejos Furygan que le regalara aquella chica…Raquel, un día de su cumpleaños. Terminó ajustándose las hebillas de las botas, las Gaerne de toda la vida.
Después, rebuscó en un bote lleno de tornillos que escondía tras unas cajas llenas de trastos en la estantería metálica. Extrajo una pequeña llave al tiempo que decía en voz baja: “Ésta, no me la habéis quitado”. Vertió el litro de gasolina en el vacío depósito. A continuación, accionó la palanquita que desconectaba la batería, introdujo la llave girándola; High Beam, Turn, Neutral, Oíl, todas las luces del cuadro se fueron encendiendo. Grifo de gasolina en posición On. Una primera patada para buscar compresión y a la siguiente el bramido de los Lafranconi hicieron temblar el cierre del garaje.
Una vez en la calle, a rellenar el depósito y rumbo a la Morcuera. El cuero le tiraba por algunas partes, pero al llegar a Colmenar Viejo ya era su mono de toda la vida. La SS, como un reloj le obsequiaba con sus vibraciones que eran como un masaje que da una vieja amiga en las articulaciones atormentadas por la artrosis. Las nieves del puerto de Navacerrada se recortaban contra un cielo sin atisbo de nubes, en el velocímetro 130 KPH la carretera semivacía. Cuando llegó a Miraflores recordó la terraza ahora vacía, en la que solían parar tras la vuelta a los puertos. Tomó a la izquierda, y empezó el momento que tanto había estado esperando, que las prohibiciones de la familia le habían hurtado; no iba muy deprisa, pero si saboreando cada frenada, cada aceleración, cada inclinación, cada compresión de la horquilla, cada hundimiento del amortiguador a la salida de las curvas. No era cosa de caerse, siempre había tenido muy claros los límites que impone la conducción en carretera. En diez minutos estaba arriba. Contempló la mole de Peñalara, respiró el aire fresco de la montaña y tentado estuvo de bajar hacia Rascafria, pero pensó que ya era suficiente había que estar de vuelta antes que su hijo notara la ausencia.
Una hora después, la SS atronaba las calles de una urbanización de las afueras de Madrid, al tiempo que, en una vivienda cercana, se abría apresuradamente una ventana. Unos ojos color miel, muy claritos, se clavaban en un motorista vestido completamente de negro que aguardaba en el semáforo cercano.
- ¿Abuela Raquel que haces ahí asomada?
- El corazón se le aceleró:
Nada, juraría que…Pero no, no puede ser.
Tuvo el tiempo justo para guardar todo antes de que volviera la familia. El nieto bajó al garaje:
-Abuelo, que subas a comer
-Ahora mismo voy
Al pasar cerca de la moto, notó el calor del motor; durante unos instantes, nieto y abuelo se miraron hasta que un guiño de éste, dio por zanjada la muda conversación.
- ¿Que hacíais ahí abajo que habéis tardado tanto?
Al finalizar la cena, el muchacho quedó largo rato en silencio mirando a su abuelo.
¿Qué te pasa hijo que estás tan callado?
-Nada papá, me preguntaba que, ¿si apruebo todas me comprarías una moto?
-¿Queeeé?
Dedicado a los que ya no podemos ver, pero siguen estando con nosotros.
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