Vía miniyo
martes, 14 de febrero de 2012
lunes, 13 de febrero de 2012
El Poyó
¡Qué grande es la marca del león! Desde la humildad, desde un fabricante generalista de coches de gama media, el auténtico coche del pueblo francés, Peugeot -léase poyó si es usted más o menos finolis- ha alzado a su 908 hdi a lo más alto del cajón de las 24 horas de Le Mans.
Gran azaña, sobre todo cuando ha sido enfrentándose al todopoderoso grupo VAG y sus temibles tdi, los inventores y máximos explotadores del fenómeno diésel de los noventa hasta hoy.
Pero una cosa es el mundo de la competición, y otra muy distinta es la realidad de la calle.
Los coches de Poyó son cualquier cosa menos deportivos, la verdad, y para muestra, el que he probado este fin de semana, perteneciente a mi cuñao:
Sí, es un 308 1.6 hdi, de 92 cv y alimentado por esa cosa que usan las calderas.
Empecemos por fuera. No sé porqué, pero es cierto que la mayoría de los utilitarios de este segmento se parecen cada vez más a un huevo. Sí, sí, un huevo, y en este caso, como es blanco, pues la percepción oval es más acusada. Obviando detalles de coche utilitario y ciudadano, de barato mantenimiento y precio de adquisición asequible, como las llantas pequeñas, gomas de perfil alto, plásticos mediocres, y franquicias enormes, el diseño es el típico al que nos tiene acostumbrados el fabricante francés desde que hace una década pusiera en la calle el 206. Todos sus coches son variaciones sobre lo mismo, con más o menos morro, más o menos altos, grandes o pequeños, tres, dos o un volumen, da igual.
Cuestión que se ve acrecentada por el indiscriminado uso de ese horrible frontal:
Los faros van aumentando en tamaño temporada tras temporada, y la parrilla delantera aparece como algo recargado y complejo en exceso. ¿Por qué? No tiene explicación. Acaso se quiere buscar una imagen de marca, como hace Audi con sus parrillas -hasta el punto de hacer indistinguibles sus diferentes modelos si los ves de frente a más de diez metros de distancia-. Sea como fuere, los franceses siempre han sido partícipes de una estética peculiar, por decirlo de un modo suave.
Dado que el exterior de este auto no aporta absolutamente nada, pasamos al interior. Cerramos la puerta y no nos podemos llevar las manos a la cabeza ante el sonido a lata y la vibración de unos guarnecidos que parece que van a saltar en cualquier momento. Los asientos son cómodos, como en todos los franceses, y la postura al enorme volante aparece natural. He encontrado la palanca de cambio en una postura un poco extraña, pero en cambio, los pedales caen en el sitio justo, y nada estorba para conducir con facilidad.
El motor, a pesar de ser un 1.6 diésel, tiene cierta alegría, pero no puedes dejarlo caer por debajo de 2.200 rpm, o te quedarás clavado, sin chicha que mueva el elevado peso del artefacto. Esto, acompañado a la corriente de utilitarios que montan unos desarrollos excesivamente largos -buscando consumos bajos-, hace que no tenga mucha alegría, pero todo es cuestión de llevarlo un poco arriba en el cuentarrevoluciones y estirar las marchas casi como si fuera un gasolina... pero entonces ¿para qué quiere uno un diésel?
El coche no tiene mucho par según los papeles, pero la verdad es que si apuramos segunda y tercera girando un poco el volante, notaremos rápidamente cómo pierde tracción, lo que me ha llamado la atención. ¿Por qué pierde rueda tan pronto un coche de tan escasa potencia y con marchas largas? Algo no está bien conseguido en sus reglajes, y el coche es clarísimamente subvirador, peligrosamente subvirador, ayudado por un control de estabilidad que tarda en hacer aparición. El tren trasero, sin embargo, es inamovible. Vale, es un coche destinado a malos conductores, o a gente despreocupada, ese tipo de personas que conduce porque no tiene más remedio, porque es obligatorio para ir a currar, por ejemplo, pero no tienen ningún interés en disfrutar de su condición privilegiada de poseedor de una máquina de placer.
En resumen, este Poyó es el electrodoméstico típico, comparable a una lavadora o un horno microondas: cumple con su función de llevarte de A hasta B, sin más.
No vibra, pero suena bastante, frena bien, y si lo llevas arriba se mueve con dignidad, suficiente y sobrado para la potencia que declara -no me extrañaría que desarrolle más de lo anunciado-.
¿Me lo compraría? Nunca. ¿Lo recomendaría? Depende de para quién. El coche no es malo, la verdad, es simplemente anodino hasta el aburrimiento, pero no es mal coche. Es, simplemente, que no es mi tipo de coche.
Gran azaña, sobre todo cuando ha sido enfrentándose al todopoderoso grupo VAG y sus temibles tdi, los inventores y máximos explotadores del fenómeno diésel de los noventa hasta hoy.
Pero una cosa es el mundo de la competición, y otra muy distinta es la realidad de la calle.
Los coches de Poyó son cualquier cosa menos deportivos, la verdad, y para muestra, el que he probado este fin de semana, perteneciente a mi cuñao:
| Sublimación de lo anodino? |
Empecemos por fuera. No sé porqué, pero es cierto que la mayoría de los utilitarios de este segmento se parecen cada vez más a un huevo. Sí, sí, un huevo, y en este caso, como es blanco, pues la percepción oval es más acusada. Obviando detalles de coche utilitario y ciudadano, de barato mantenimiento y precio de adquisición asequible, como las llantas pequeñas, gomas de perfil alto, plásticos mediocres, y franquicias enormes, el diseño es el típico al que nos tiene acostumbrados el fabricante francés desde que hace una década pusiera en la calle el 206. Todos sus coches son variaciones sobre lo mismo, con más o menos morro, más o menos altos, grandes o pequeños, tres, dos o un volumen, da igual.
Cuestión que se ve acrecentada por el indiscriminado uso de ese horrible frontal:
Los faros van aumentando en tamaño temporada tras temporada, y la parrilla delantera aparece como algo recargado y complejo en exceso. ¿Por qué? No tiene explicación. Acaso se quiere buscar una imagen de marca, como hace Audi con sus parrillas -hasta el punto de hacer indistinguibles sus diferentes modelos si los ves de frente a más de diez metros de distancia-. Sea como fuere, los franceses siempre han sido partícipes de una estética peculiar, por decirlo de un modo suave.
Dado que el exterior de este auto no aporta absolutamente nada, pasamos al interior. Cerramos la puerta y no nos podemos llevar las manos a la cabeza ante el sonido a lata y la vibración de unos guarnecidos que parece que van a saltar en cualquier momento. Los asientos son cómodos, como en todos los franceses, y la postura al enorme volante aparece natural. He encontrado la palanca de cambio en una postura un poco extraña, pero en cambio, los pedales caen en el sitio justo, y nada estorba para conducir con facilidad.
El motor, a pesar de ser un 1.6 diésel, tiene cierta alegría, pero no puedes dejarlo caer por debajo de 2.200 rpm, o te quedarás clavado, sin chicha que mueva el elevado peso del artefacto. Esto, acompañado a la corriente de utilitarios que montan unos desarrollos excesivamente largos -buscando consumos bajos-, hace que no tenga mucha alegría, pero todo es cuestión de llevarlo un poco arriba en el cuentarrevoluciones y estirar las marchas casi como si fuera un gasolina... pero entonces ¿para qué quiere uno un diésel?
El coche no tiene mucho par según los papeles, pero la verdad es que si apuramos segunda y tercera girando un poco el volante, notaremos rápidamente cómo pierde tracción, lo que me ha llamado la atención. ¿Por qué pierde rueda tan pronto un coche de tan escasa potencia y con marchas largas? Algo no está bien conseguido en sus reglajes, y el coche es clarísimamente subvirador, peligrosamente subvirador, ayudado por un control de estabilidad que tarda en hacer aparición. El tren trasero, sin embargo, es inamovible. Vale, es un coche destinado a malos conductores, o a gente despreocupada, ese tipo de personas que conduce porque no tiene más remedio, porque es obligatorio para ir a currar, por ejemplo, pero no tienen ningún interés en disfrutar de su condición privilegiada de poseedor de una máquina de placer.
En resumen, este Poyó es el electrodoméstico típico, comparable a una lavadora o un horno microondas: cumple con su función de llevarte de A hasta B, sin más.
No vibra, pero suena bastante, frena bien, y si lo llevas arriba se mueve con dignidad, suficiente y sobrado para la potencia que declara -no me extrañaría que desarrolle más de lo anunciado-.
¿Me lo compraría? Nunca. ¿Lo recomendaría? Depende de para quién. El coche no es malo, la verdad, es simplemente anodino hasta el aburrimiento, pero no es mal coche. Es, simplemente, que no es mi tipo de coche.
Singletrack fury: viva el Pastorcito Divino
Ese es uno de los variados y curioso gritos de júbilo que uno puede oir en la, posiblemente, romería más conocida mundialmente.
Viva la Blanca Paloma, viva Reina de las Marismas, viva la Virgen del Rocío, viva yo.
La toma corresponde al domingo, con mi fiel colega e insustituible ideólogo, el implacable y genial Julen, el hermano que nunca tuve.
Almonte es el centro dominante del Rocío, su término municipal es grande, y abarca hasta la playa de Matalascañas -que quiere la independencia como municipio, pero, claro, Almonte no va a dejar escapar esa mina tan fácilmente-. Entre Almonte y El Rocío hay zona protegida, paraje natural, terreno lleno de pinos -o sea, pinares-, y algún que otro eucaliptal -terrible, odioso y maldito-. Hectáreas y hectáreas de pistas, carriles y cortafuegos, la famosa Raya y, sobre todo, arena, mucha arena.
En verdad, es el antimountainbike, sobre todo por la ausencia del principal y distintivo dato que ilumina la creación del término: la montaña. No hay montaña en Almonte, ni siquiera cuestas dignas de ese nombre. Sólo hay interminables rectas en medio de los pinares, que comunican pequeños núcleos casi deshabitados, y accesos a unas pocas fincas.
Sinceramente, si yo viviera en Almonte, supongo que jamás se me ocurriría dedicar a pasar mi tiempo libre sobre una bici todo terreno. Pero como dijo el torero: "hay gente pa tó".
Pues el domingo se organizó una cita por parte de los organizadores de la ruta cicloturista "Doñana Natural", que desde hace pocos años se lleva a cabo por esos parajes durante el mes de Marzo. Son unos tipos muy simpaticos, abiertos y generosos, como buenos almonteños. No se queden ustedes, por favor, con los tópicos derivados del -para mí- lamentable espectáculo del salto de la reja y posterior meneo severo del trono de la Virgen que siempre se ve en el telediario de las tres de la tarde. No. Son gente dispuesta, amable, fuerte, risueña.
Nos quisieron enseñar el trazado de la ruta de este año, que por primera vez adquiere tintes competitivos y entra dentro del circuito provincial. Se supone que lo han hecho más técnico y duro. Se supone.
Yo lo único que he visto es arena, bancos de arena que te dejan clavado y te chupan la energía mágicamente, y también interminables y aburridas rectas. Lo peor.
Imagen del trazado que yo hice, que no es el completo de la futura prueba ya que vi el cielo abierto cuando se propuso por alguno dar la vuelta hacia los coches con la excusa de que había que estar en Sevilla para la hora de comer:
¿Ven alguna montaña?
En fin, que entre el antimuntinbaic y que este año no hay maillot de regalo, va a ir El Tato este año.
Ahhhh, qué ganitas tengo de estar fuerte de verdad para empezar a subir a la sierra a hacer enduro, verdadero MTB, para auténticos ciclistas de las piedras, las raíces, las cuestas y los descensos.
Viva la Blanca Paloma, viva Reina de las Marismas, viva la Virgen del Rocío, viva yo.
| Pasado y futuro en las máquinas, presente, y muy presente en los individuos. |
La toma corresponde al domingo, con mi fiel colega e insustituible ideólogo, el implacable y genial Julen, el hermano que nunca tuve.
Almonte es el centro dominante del Rocío, su término municipal es grande, y abarca hasta la playa de Matalascañas -que quiere la independencia como municipio, pero, claro, Almonte no va a dejar escapar esa mina tan fácilmente-. Entre Almonte y El Rocío hay zona protegida, paraje natural, terreno lleno de pinos -o sea, pinares-, y algún que otro eucaliptal -terrible, odioso y maldito-. Hectáreas y hectáreas de pistas, carriles y cortafuegos, la famosa Raya y, sobre todo, arena, mucha arena.
En verdad, es el antimountainbike, sobre todo por la ausencia del principal y distintivo dato que ilumina la creación del término: la montaña. No hay montaña en Almonte, ni siquiera cuestas dignas de ese nombre. Sólo hay interminables rectas en medio de los pinares, que comunican pequeños núcleos casi deshabitados, y accesos a unas pocas fincas.
Sinceramente, si yo viviera en Almonte, supongo que jamás se me ocurriría dedicar a pasar mi tiempo libre sobre una bici todo terreno. Pero como dijo el torero: "hay gente pa tó".
Pues el domingo se organizó una cita por parte de los organizadores de la ruta cicloturista "Doñana Natural", que desde hace pocos años se lleva a cabo por esos parajes durante el mes de Marzo. Son unos tipos muy simpaticos, abiertos y generosos, como buenos almonteños. No se queden ustedes, por favor, con los tópicos derivados del -para mí- lamentable espectáculo del salto de la reja y posterior meneo severo del trono de la Virgen que siempre se ve en el telediario de las tres de la tarde. No. Son gente dispuesta, amable, fuerte, risueña.
Nos quisieron enseñar el trazado de la ruta de este año, que por primera vez adquiere tintes competitivos y entra dentro del circuito provincial. Se supone que lo han hecho más técnico y duro. Se supone.
Yo lo único que he visto es arena, bancos de arena que te dejan clavado y te chupan la energía mágicamente, y también interminables y aburridas rectas. Lo peor.
Imagen del trazado que yo hice, que no es el completo de la futura prueba ya que vi el cielo abierto cuando se propuso por alguno dar la vuelta hacia los coches con la excusa de que había que estar en Sevilla para la hora de comer:
¿Ven alguna montaña?
En fin, que entre el antimuntinbaic y que este año no hay maillot de regalo, va a ir El Tato este año.
Ahhhh, qué ganitas tengo de estar fuerte de verdad para empezar a subir a la sierra a hacer enduro, verdadero MTB, para auténticos ciclistas de las piedras, las raíces, las cuestas y los descensos.
Perversión
Parece el título de una peli, pero no. No es ciencia ficción, no pertenece al ámbito de la creación literaria, ni ha salido de la mente de un novelista ocurrente. Ni mucho menos.
Perdonen, aún no les dije que me estaba refiriendo a la subvención. Sí, ese invento de quién sabe quién, esa maravillosa arma creada para el desarrollo de vaya usted a saber qué, ni por parte de quién.
Desde mi punto de vista, el curioso caso de la subvención es una perversidad mayúscula, es algo horrible, es demencial, es tremendo, y parece que nadie -o muy pocos-, son capaces de alzar la voz en su contra, no vaya a ser que señalen con el dedo a un tipo políticamente incorrecto.
La Wikipedia la define como: la entrega de una cantidad de dinero por la Administración, a un particular, sin obligación de reembolsarlo, para que realice cierta actividad que se considera de interés público.
Y se añade que: En cuanto técnica de intervención administrativa, pertenece al conjunto de instrumentos propios de la actividad de fomento.
De esta sencilla, pero sensata y apropiada definición, se pueden extraer obvias y terribles conclusiones.
- La Administración entrega una cantidad de dinero a un particular: pero la Administración, que es un ente abstracto, una invención, cuya misión es, como su propio nombre indica, administrar el dinero del contribuyente para revertir en servicio público, la Administración -como decía- no tiene dinero propio, como no puede tenerlo ningún ente abstracto -el amor no tiene dinero, ni el odio, ni la idea de la libertad-. Eso es así, y no admite prueba en contrario. El dinero que tienen las diferentes categorias de Administraciones -local, provincial, autonómica y estatal- no es suyo, sino de todos aquellos que lo han pagado a la fuerza a través de los impuestos, tasas y demás. Te quitan el dinero, y lo invierten en lo que un iluminado, el del momento -no siempre es el mismo-, considera oportuno y adecuado, que puede muy bien no coincidir con lo que a usted o a mí nos interese, sino que ni siquiera sea adecuado para el bien común o general. Eso es lo que hay, y no podemos hacer nada para evitarlo salvo cambiar a las personas que eligen ese destino cada cuatro años, lo que, a todas luces y como la experiencia demuestra, es inútil. La Administración sólo debería dar dinero a un particular como contraprestación por un servicio, una obra, la entrega de un objeto manufacturado, y siempre que sea necesario para la marcha de la nación. Lo que nos lleva al segundo punto.
- Sin obligación de reembolsarlo: por favor, ¿tiene esto alguna lógica, obedece a algún motivo mínimamente explicable, cuál puede ser el objeto de obviar el hecho de la recuperación de ese dinero? Lo que se viene llamando "a fondo perdido". Creo que esto, que tiene tela y es muy gordo, no necesita de mayor crítica o explicación. No obstante, como no todos son igual de rápidos y perspicaces, tendré que aclarar que si se concede una ayuda pecuniaria para, por ejemplo, montar un negocio -negocio privado, claro está-, cuando en el futuro ese negocio sea rentable, si lo es, no veo descabellado trazar un plan de devolución de la ayuda, pues el Estado no es una ONG, señores, sino todo lo contrario.
- Para que realice una actividad que se considera de interés público: ahora entramos en el espinoso asunto de qué se debe considerar de interés público. Se conceden subvenciones millonarias para montar un mirador de ballenas a seis mil kilómetros de aquí, o para realizar la obra de reforma y rehabilitación de una cofradía de Semana Santa, o para contratar a un extranjero, o por ser mujer o por ser minusválido, o por cualquier otra peregrina cuestión. Para una persona como yo, que piensa que lo público debería quedar reducido a lo mínimo, a la defensa nacional, a la policía, a los jueces y poco más, la mera idea de lo que los otros consideran de interés público me revuelve el estómago, me causa la náusea.
- Ya se aclara, inmediatamente después que es una técnica de intervencionismo. No puede ser de otro modo, y dentro del ambito de lo que se ha dado en llamar "fomento", sí, sí, claro. Se fomenta la holgazanería, el descaro, la poca vergüenza, la cara dura, la desfachatez, el garrapatismo, el chupóptero, el vampirismo.
Y desde aquí lo digo, hay que ser cabrón y perro y caradura para conceder subvenciones de un dinero que no es tuyo -ay, si fuera de ese, qué poco se concedería-, pero también hay que serlo para solicitarlo y vivir del cuento, porque hay auténticos especialistas en obtenerlas.
Que asco, por favor, pero qué puto asco.
Luego, esos mismo que las reciben, se preguntan escandalizados el porqué del vaciado de las arcas públicas, y critican a los gobernantes que han propiciado tamaño despilfarro. Era lógico, antes o después se tenía que acabar el fluir incesante y exagerado de pecunia sin ton ni son.
En fin, que el tema no es baladí, y seguramente sobre esto hay libros escritos. Seguro. Pero da igual. Tendrán que pasar algunas generaciones para aprender de nuestros errores y aplicar otra forma de hacer las cosas.
Perdonen, aún no les dije que me estaba refiriendo a la subvención. Sí, ese invento de quién sabe quién, esa maravillosa arma creada para el desarrollo de vaya usted a saber qué, ni por parte de quién.
Desde mi punto de vista, el curioso caso de la subvención es una perversidad mayúscula, es algo horrible, es demencial, es tremendo, y parece que nadie -o muy pocos-, son capaces de alzar la voz en su contra, no vaya a ser que señalen con el dedo a un tipo políticamente incorrecto.
La Wikipedia la define como: la entrega de una cantidad de dinero por la Administración, a un particular, sin obligación de reembolsarlo, para que realice cierta actividad que se considera de interés público.
Y se añade que: En cuanto técnica de intervención administrativa, pertenece al conjunto de instrumentos propios de la actividad de fomento.
De esta sencilla, pero sensata y apropiada definición, se pueden extraer obvias y terribles conclusiones.
- La Administración entrega una cantidad de dinero a un particular: pero la Administración, que es un ente abstracto, una invención, cuya misión es, como su propio nombre indica, administrar el dinero del contribuyente para revertir en servicio público, la Administración -como decía- no tiene dinero propio, como no puede tenerlo ningún ente abstracto -el amor no tiene dinero, ni el odio, ni la idea de la libertad-. Eso es así, y no admite prueba en contrario. El dinero que tienen las diferentes categorias de Administraciones -local, provincial, autonómica y estatal- no es suyo, sino de todos aquellos que lo han pagado a la fuerza a través de los impuestos, tasas y demás. Te quitan el dinero, y lo invierten en lo que un iluminado, el del momento -no siempre es el mismo-, considera oportuno y adecuado, que puede muy bien no coincidir con lo que a usted o a mí nos interese, sino que ni siquiera sea adecuado para el bien común o general. Eso es lo que hay, y no podemos hacer nada para evitarlo salvo cambiar a las personas que eligen ese destino cada cuatro años, lo que, a todas luces y como la experiencia demuestra, es inútil. La Administración sólo debería dar dinero a un particular como contraprestación por un servicio, una obra, la entrega de un objeto manufacturado, y siempre que sea necesario para la marcha de la nación. Lo que nos lleva al segundo punto.
- Sin obligación de reembolsarlo: por favor, ¿tiene esto alguna lógica, obedece a algún motivo mínimamente explicable, cuál puede ser el objeto de obviar el hecho de la recuperación de ese dinero? Lo que se viene llamando "a fondo perdido". Creo que esto, que tiene tela y es muy gordo, no necesita de mayor crítica o explicación. No obstante, como no todos son igual de rápidos y perspicaces, tendré que aclarar que si se concede una ayuda pecuniaria para, por ejemplo, montar un negocio -negocio privado, claro está-, cuando en el futuro ese negocio sea rentable, si lo es, no veo descabellado trazar un plan de devolución de la ayuda, pues el Estado no es una ONG, señores, sino todo lo contrario.
- Para que realice una actividad que se considera de interés público: ahora entramos en el espinoso asunto de qué se debe considerar de interés público. Se conceden subvenciones millonarias para montar un mirador de ballenas a seis mil kilómetros de aquí, o para realizar la obra de reforma y rehabilitación de una cofradía de Semana Santa, o para contratar a un extranjero, o por ser mujer o por ser minusválido, o por cualquier otra peregrina cuestión. Para una persona como yo, que piensa que lo público debería quedar reducido a lo mínimo, a la defensa nacional, a la policía, a los jueces y poco más, la mera idea de lo que los otros consideran de interés público me revuelve el estómago, me causa la náusea.
- Ya se aclara, inmediatamente después que es una técnica de intervencionismo. No puede ser de otro modo, y dentro del ambito de lo que se ha dado en llamar "fomento", sí, sí, claro. Se fomenta la holgazanería, el descaro, la poca vergüenza, la cara dura, la desfachatez, el garrapatismo, el chupóptero, el vampirismo.
Y desde aquí lo digo, hay que ser cabrón y perro y caradura para conceder subvenciones de un dinero que no es tuyo -ay, si fuera de ese, qué poco se concedería-, pero también hay que serlo para solicitarlo y vivir del cuento, porque hay auténticos especialistas en obtenerlas.
Que asco, por favor, pero qué puto asco.
Luego, esos mismo que las reciben, se preguntan escandalizados el porqué del vaciado de las arcas públicas, y critican a los gobernantes que han propiciado tamaño despilfarro. Era lógico, antes o después se tenía que acabar el fluir incesante y exagerado de pecunia sin ton ni son.
En fin, que el tema no es baladí, y seguramente sobre esto hay libros escritos. Seguro. Pero da igual. Tendrán que pasar algunas generaciones para aprender de nuestros errores y aplicar otra forma de hacer las cosas.
sábado, 11 de febrero de 2012
Singletrack fury
Un pequeño cambio en la configuración de la Sawyer y una salida rápida y breve, apenas 36 km, para comprobar la mejora.
Recogida de Pedrito en Aljapark, rodeo a la Laguna del Portil, y vuelta patrás:
La incorparción de una Rock Shox Reba G2 a la Trek ha convertido a esa ya de por sí magnífica burricleta en una auténtica alfombra voladora: corre que se la pela, y pasa sobre las irregularidades del terreno con total comodidad y sin inmutarse lo más mínimo. La gozada.
Aproveché que pasamos junto a un mirador para echar un par de tomas:
A la vuelta, en un punto semitécnico, curva contraperaltada en bajada hacia la derecha, con reguero y piedra suelta, mi parternaire ha sufrido una pérdida total de estabilidad con consecuencias leves pero muy graciosas:
Hay más rozaduras en codo, pantorrilla, pero sobre todo en su pundonor. Se quejaba un poquito subiendo las cuestas, ains ains. Y yo me reía, sabedor, por supuesto, de que en cualquier momento me puede tocar a mí.
Que nos quiten lo bailao.
Recogida de Pedrito en Aljapark, rodeo a la Laguna del Portil, y vuelta patrás:
La incorparción de una Rock Shox Reba G2 a la Trek ha convertido a esa ya de por sí magnífica burricleta en una auténtica alfombra voladora: corre que se la pela, y pasa sobre las irregularidades del terreno con total comodidad y sin inmutarse lo más mínimo. La gozada.
Aproveché que pasamos junto a un mirador para echar un par de tomas:
| No ha quedado nada mal |
A la vuelta, en un punto semitécnico, curva contraperaltada en bajada hacia la derecha, con reguero y piedra suelta, mi parternaire ha sufrido una pérdida total de estabilidad con consecuencias leves pero muy graciosas:
Hay más rozaduras en codo, pantorrilla, pero sobre todo en su pundonor. Se quejaba un poquito subiendo las cuestas, ains ains. Y yo me reía, sabedor, por supuesto, de que en cualquier momento me puede tocar a mí.
Que nos quiten lo bailao.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Se acabó
Casi cinco años de incertidumbre. Un lustro de disgustos continuados. Un quinquenio aguantando el tirón, prometiéndome una vez tras otra que esa era la última, que ya no más.
Pero volvía a caer.
La odisea de auténticos tintes homéricos que hemos pasado por poseer un Seat Altea XL Stylance 2.0 tdi, no la olvidaré. Como tampoco olvido la mierda de ZX Volcane y su estratosférico consumo -amén de innumerables fallos eléctricos y mecánicos-, del Megane Break dci de infame recuerdo, del Volvo 340 al que nunca le funcionó el AA, del Peugeot 505 GTDT y su retaíla de averías gordas en cuanto pasó los 100.000 km... ni de mi Ibiza tdi 110, un tiro, pero no pasó de 40.000 km sin romper un turbo y dos caudalímetros. La ruina.
Porque tener un auto que no funciona como debe, con una mínima fiabilidad, es malo para la salud, en serio. Acaba con tus nervios.
Recuerdo los primeros tiempos con el Altea, todos tan contentos, tan felices, tan inocentes. Un día, con tres o cuatro meses, se paró por las buenas y se negó a arrancar. Fue un domingo. A base de insistir una y otra y otra vez, al cabo de unos cuarenta minutos arrancó. El hecho se repetiria otras veces, sin importar tiempo transcurrido entre eventos, pero invariablemente siempre ocurría en fin de semana, con el concesionario cerrado. Esperaba uno los cuarenta o cincuenta minutos de rigor, a veces mientras venía la grúa, y probando al final arrancaba. Como entre suceso y suceso pasaban cinco meses a lo mejor, pues no ibas al taller. Se te olvidaba hacer nada.
Un día fue horrible: se encendieron todos, todos, los testigos y sonaba una campanita como cuando te dejas el cinturón de seguridad sin poner. Aparentemente sin causa alguna. La cosa se fue agravando, y en un par de semanas ya ocurría a diario: testigos que se encendían por doquier, dejaba de funcionar el partronic y el tempomat, el volante se movía solo, se abrían y cerraban los seguros de las puertas... y si ibas por la autopista, era normal que entrara en modo de protección y no te dejara pasar de 120 por hora restándole potencia al motor. Un desastre.
Tardarón dieciocho meses, la polla, un año y medio para dar con lo que ocasionaba el error. Pasaron por nuestras manos cinco Ibizas pestosos de tres cilindros como vehículos de sustitución. Uno lo tuvimos durante más de tres meses.
Lo reseteaban en el taller, y tiraba bien un par de días. Otras veces sólo un par de horas, y vuelta a empezar. Hasta que un día, bajando un puerto de montaña observe algo y lo comenté al mecánico jefe, y por fin dieron con la tecla de esa avería.
Guay.
Pero con el tiempo se repitió el suceso de pararse y no arrancar. Jooooooderrrrr, otra vez. Ya estuvimos a punto de largar el Altea cuando el asunto de los testigos, y sólo me frenó el dilema moral de endosarle a alguien el problema.
En fin, que un buen día ya no quiso arrancar después de pararse: grúa y pa la casa. "Hemos reflasheado la ECU", y se quedaron tan panchos. Setenta pavos menos y un mes más tarde estaba igual. "La batería está muerta, lo dice el ordenador claramente". Ciento cincuenta lereles menos y otro mes más tarde llegó la puntilla final: "hemos encontrado el fallo: un cable de masa que va sujeto en un perno, no está sujeto porque no hay tuerca que lo apriete". Nunca hubo tal tuerca, vino mal montado de fábrica, me han asegurado. ¿Y le pido responsabilidades a SEAT o qué? ¿Eso me lo da usted por escrito? No, hombre, a ver, así no son las cosas...
Al día siguiente de tener el coche nuevamente "reparado" -esta vez sin coste después de sonora y pública bronca en el concesionario por parte del limitador-, o sea hoy, ya hemos estado sopesando al sustituto, del que tendrán pronto noticias por aquí, espero.
Mientras tanto, ahora hablaré del objeto de mis pesadillas:
El monovolumen de cinco plazas emblemático y exitoso del fabricante español es, digamos, la versión deportiva del VW Touran. A igualdad de equipamiento y potencia, sale tres o cuatro mil euros más barato que el VW, puede que más, y es lógico viendo los acabados de uno y otro, lo que se percibe en su interior, y el valor de reventa.
El Altea XL es, en primer lugar, un coche que sigue la línea estética del Leon. De hecho, es un Leon pero más alto y más largo. Interiormente comparten gran parte de sus piezas, ya que salpicadero, relojes, asientos, palanca de cambios, formas, tejidos, texturas, todo coincide. Plásticos duros, pobres, mediocremente ajustados, con franquicias enormes, y que con 70.000 km y menos de cinco años empiezan a sonar a carraca cuando pasas por una calle adoquinada.
El motor se siente mucho en el interior, llegan vibraciones y ruidos, está mal aislado y no lleva ni la cubierta que tapa la culata para insonorizar.
Exteriormente el diseño no es malo, a mí me gustan sus detalles, y la mano de Walter Da Silva está detrás, sin duda. Una pena que las mejores ideas se las dejara a Alfa Romeo, y después a VW. Para Seat quedó el cajón de sastre, lo que los otros no quisieron, o lo barato y fácil de fabricar, supongo. Aún así, las aristas del lateral para romper la imagen mastodóntica de su mole, los pilares A tumbados, más que el cristal, para dar sensación de velocidad o de aerodinámica, la forma de los pilotos y los pasos de rueda... son cosas que hay que tener en cuenta. Que sea barato no quiere decir que haya que minusvalorarlo, en absoluto.
Una vez dentro, la postura de conducción es totalmente la contraria a la de un coche deportivo, es decir, va uno muy erguido, como sentado en una silla a la hora de comer, con las piernas bastante dobladas ya que las banquetas son altas, cosa que el techo elevado permite. Ese mismo techo elevado da una gran sensación de amplitud, y es que el coche es alto de techo, demasiado, e inútilmente porque hay un palmo, por lo menos, entre mi calva cabeza y el techo, lo que es demasiado a todas luces. En cambio, no es especialmente ancho. Delante todavía se está bien, es amplio, quizá por la engañosa sensación de tener la luna delantera inclinada y lejana, pero en verdad es más o menos como un Golf -con el que comparte plataforma, igual que el Leon, el Touran, el Tiguan, el A3, el Octavia...-. En cambio, detrás la cosa se va estrechando, de modo que tres adultos no van bien.
En fin, que menos mal que el volante se puede regular en altura y profundidad, ayudando a encontrar la postura menos incómoda... sin conseguirlo nunca realmente. Definitivamente la ergonomía no es lo suyo.
Entonces, si no es muy cómodo, y además es ruidoso y tosco, ¿en qué es bueno el Altea?
En lo que no se ve. El Altea va sobre raíles cuando lo conduces. En autopista tienes que estar atento o usar el control de velocidad para no irte por encima de 140, porque este motor es una bomba, empuja y empuja incansablemente, da igual que haga frío o calor, cuesta arriba o cuesta abajo, cargado o ligero. Con sus seis velocidades de inserción buena, acelera fulgurantemente como pocos turismos diésel, y corre un huevo. He llegado a ver 225 de marcador, lo que es una pasada. Viajar a buen ritmo con él es posible, por autopista y por carretera, donde su agilidad impensable para el tipo de coche que es, la estabilidad que tiene, la sensación de agarre y aplomo, la dirección rápida y directa, y las reservas de par que tiene, montañas de par, te permiten adelantar como si nada, girar que da gusto, frenar decentemente, y todo ello a pesar de los más de 1.500 kg pesos en vacío.
Su volante de diámetro pequeño invita a manotear por su circunferencia de curva a curva. Su portentoso motor de inyector bomba -que ya no se hace, ahora está la versión moderna common rail, menos explosiva y más civilizada- te sacará uno y mil apuros con mucha dignidad. La suspensión es firme, más que la de, por ejemplo, un Touran.
Es verdad que es el deportivo de los monovolúmenes. Pero es una pena que sea tan poco refinado con los materiales y el ruido: ya saben donde van los euros de más que cuestan los demás.
Me niego a poner más retratos de esta cosa, bastantes molestias me he tomado ya explicándoles como va. En el fondo es un buen coche, gasta un poco, sobre todo en ciudad, donde se va con facilidad a los ocho litros, y en carretera es difícil bajar de 6'5. Pero cada vez que aceleras te deja una sonrisa en la cara, y eso hay que pagarlo. Una pena que su fiabilidad electrónica haya quedado tan en entredicho, porque mecánicamente ha sido intachable.
¿Mi último Seat? No sé, sinceramente. En mi familia hay montones de Seat y ninguno ha dado problemas. Me tocó la china, parece ser. No veo el momento de darle las llaves a otro.
Pero volvía a caer.
La odisea de auténticos tintes homéricos que hemos pasado por poseer un Seat Altea XL Stylance 2.0 tdi, no la olvidaré. Como tampoco olvido la mierda de ZX Volcane y su estratosférico consumo -amén de innumerables fallos eléctricos y mecánicos-, del Megane Break dci de infame recuerdo, del Volvo 340 al que nunca le funcionó el AA, del Peugeot 505 GTDT y su retaíla de averías gordas en cuanto pasó los 100.000 km... ni de mi Ibiza tdi 110, un tiro, pero no pasó de 40.000 km sin romper un turbo y dos caudalímetros. La ruina.
Porque tener un auto que no funciona como debe, con una mínima fiabilidad, es malo para la salud, en serio. Acaba con tus nervios.
Recuerdo los primeros tiempos con el Altea, todos tan contentos, tan felices, tan inocentes. Un día, con tres o cuatro meses, se paró por las buenas y se negó a arrancar. Fue un domingo. A base de insistir una y otra y otra vez, al cabo de unos cuarenta minutos arrancó. El hecho se repetiria otras veces, sin importar tiempo transcurrido entre eventos, pero invariablemente siempre ocurría en fin de semana, con el concesionario cerrado. Esperaba uno los cuarenta o cincuenta minutos de rigor, a veces mientras venía la grúa, y probando al final arrancaba. Como entre suceso y suceso pasaban cinco meses a lo mejor, pues no ibas al taller. Se te olvidaba hacer nada.
Un día fue horrible: se encendieron todos, todos, los testigos y sonaba una campanita como cuando te dejas el cinturón de seguridad sin poner. Aparentemente sin causa alguna. La cosa se fue agravando, y en un par de semanas ya ocurría a diario: testigos que se encendían por doquier, dejaba de funcionar el partronic y el tempomat, el volante se movía solo, se abrían y cerraban los seguros de las puertas... y si ibas por la autopista, era normal que entrara en modo de protección y no te dejara pasar de 120 por hora restándole potencia al motor. Un desastre.
Tardarón dieciocho meses, la polla, un año y medio para dar con lo que ocasionaba el error. Pasaron por nuestras manos cinco Ibizas pestosos de tres cilindros como vehículos de sustitución. Uno lo tuvimos durante más de tres meses.
Lo reseteaban en el taller, y tiraba bien un par de días. Otras veces sólo un par de horas, y vuelta a empezar. Hasta que un día, bajando un puerto de montaña observe algo y lo comenté al mecánico jefe, y por fin dieron con la tecla de esa avería.
Guay.
Pero con el tiempo se repitió el suceso de pararse y no arrancar. Jooooooderrrrr, otra vez. Ya estuvimos a punto de largar el Altea cuando el asunto de los testigos, y sólo me frenó el dilema moral de endosarle a alguien el problema.
En fin, que un buen día ya no quiso arrancar después de pararse: grúa y pa la casa. "Hemos reflasheado la ECU", y se quedaron tan panchos. Setenta pavos menos y un mes más tarde estaba igual. "La batería está muerta, lo dice el ordenador claramente". Ciento cincuenta lereles menos y otro mes más tarde llegó la puntilla final: "hemos encontrado el fallo: un cable de masa que va sujeto en un perno, no está sujeto porque no hay tuerca que lo apriete". Nunca hubo tal tuerca, vino mal montado de fábrica, me han asegurado. ¿Y le pido responsabilidades a SEAT o qué? ¿Eso me lo da usted por escrito? No, hombre, a ver, así no son las cosas...
Al día siguiente de tener el coche nuevamente "reparado" -esta vez sin coste después de sonora y pública bronca en el concesionario por parte del limitador-, o sea hoy, ya hemos estado sopesando al sustituto, del que tendrán pronto noticias por aquí, espero.
Mientras tanto, ahora hablaré del objeto de mis pesadillas:
| Igualito que el mío. |
El monovolumen de cinco plazas emblemático y exitoso del fabricante español es, digamos, la versión deportiva del VW Touran. A igualdad de equipamiento y potencia, sale tres o cuatro mil euros más barato que el VW, puede que más, y es lógico viendo los acabados de uno y otro, lo que se percibe en su interior, y el valor de reventa.
El Altea XL es, en primer lugar, un coche que sigue la línea estética del Leon. De hecho, es un Leon pero más alto y más largo. Interiormente comparten gran parte de sus piezas, ya que salpicadero, relojes, asientos, palanca de cambios, formas, tejidos, texturas, todo coincide. Plásticos duros, pobres, mediocremente ajustados, con franquicias enormes, y que con 70.000 km y menos de cinco años empiezan a sonar a carraca cuando pasas por una calle adoquinada.
El motor se siente mucho en el interior, llegan vibraciones y ruidos, está mal aislado y no lleva ni la cubierta que tapa la culata para insonorizar.
Exteriormente el diseño no es malo, a mí me gustan sus detalles, y la mano de Walter Da Silva está detrás, sin duda. Una pena que las mejores ideas se las dejara a Alfa Romeo, y después a VW. Para Seat quedó el cajón de sastre, lo que los otros no quisieron, o lo barato y fácil de fabricar, supongo. Aún así, las aristas del lateral para romper la imagen mastodóntica de su mole, los pilares A tumbados, más que el cristal, para dar sensación de velocidad o de aerodinámica, la forma de los pilotos y los pasos de rueda... son cosas que hay que tener en cuenta. Que sea barato no quiere decir que haya que minusvalorarlo, en absoluto.
Una vez dentro, la postura de conducción es totalmente la contraria a la de un coche deportivo, es decir, va uno muy erguido, como sentado en una silla a la hora de comer, con las piernas bastante dobladas ya que las banquetas son altas, cosa que el techo elevado permite. Ese mismo techo elevado da una gran sensación de amplitud, y es que el coche es alto de techo, demasiado, e inútilmente porque hay un palmo, por lo menos, entre mi calva cabeza y el techo, lo que es demasiado a todas luces. En cambio, no es especialmente ancho. Delante todavía se está bien, es amplio, quizá por la engañosa sensación de tener la luna delantera inclinada y lejana, pero en verdad es más o menos como un Golf -con el que comparte plataforma, igual que el Leon, el Touran, el Tiguan, el A3, el Octavia...-. En cambio, detrás la cosa se va estrechando, de modo que tres adultos no van bien.
En fin, que menos mal que el volante se puede regular en altura y profundidad, ayudando a encontrar la postura menos incómoda... sin conseguirlo nunca realmente. Definitivamente la ergonomía no es lo suyo.
Entonces, si no es muy cómodo, y además es ruidoso y tosco, ¿en qué es bueno el Altea?
En lo que no se ve. El Altea va sobre raíles cuando lo conduces. En autopista tienes que estar atento o usar el control de velocidad para no irte por encima de 140, porque este motor es una bomba, empuja y empuja incansablemente, da igual que haga frío o calor, cuesta arriba o cuesta abajo, cargado o ligero. Con sus seis velocidades de inserción buena, acelera fulgurantemente como pocos turismos diésel, y corre un huevo. He llegado a ver 225 de marcador, lo que es una pasada. Viajar a buen ritmo con él es posible, por autopista y por carretera, donde su agilidad impensable para el tipo de coche que es, la estabilidad que tiene, la sensación de agarre y aplomo, la dirección rápida y directa, y las reservas de par que tiene, montañas de par, te permiten adelantar como si nada, girar que da gusto, frenar decentemente, y todo ello a pesar de los más de 1.500 kg pesos en vacío.
Su volante de diámetro pequeño invita a manotear por su circunferencia de curva a curva. Su portentoso motor de inyector bomba -que ya no se hace, ahora está la versión moderna common rail, menos explosiva y más civilizada- te sacará uno y mil apuros con mucha dignidad. La suspensión es firme, más que la de, por ejemplo, un Touran.
Es verdad que es el deportivo de los monovolúmenes. Pero es una pena que sea tan poco refinado con los materiales y el ruido: ya saben donde van los euros de más que cuestan los demás.
Me niego a poner más retratos de esta cosa, bastantes molestias me he tomado ya explicándoles como va. En el fondo es un buen coche, gasta un poco, sobre todo en ciudad, donde se va con facilidad a los ocho litros, y en carretera es difícil bajar de 6'5. Pero cada vez que aceleras te deja una sonrisa en la cara, y eso hay que pagarlo. Una pena que su fiabilidad electrónica haya quedado tan en entredicho, porque mecánicamente ha sido intachable.
¿Mi último Seat? No sé, sinceramente. En mi familia hay montones de Seat y ninguno ha dado problemas. Me tocó la china, parece ser. No veo el momento de darle las llaves a otro.
lunes, 6 de febrero de 2012
runner, ruiner, trotón, cochinero...
Me he pasado más de media vida corriendo. Pero no porque hay ido con prisa, no, sino que siempre me ha gustado desfogarme de ese modo.
La actividad física es una vía de escape, una catarsis, prácticamente imprescindible para mí. Por eso le doy a todo lo que puedo.
La semana pasada me hice el valiente y troté cien metros más o menos. No, no han leído mal ni yo me he equivocado: cien -100- metros. Fue una experiencia total. Creí notar que los tornillos que fijan el clavo por la parte proximal se movían, y el miedo fue en mí. Al día siguiente me dolió el muslo.
Pero hay que hacerlo sí o sí. Hay que avanzar, siempre. SIEMPRE.
De modo que esta tarde me he enfundado las Asics -que llevan conmigo más de diez años, y me resisto a jubilarlas aunque ya va siendo hora, pero es que hemos compartido tantos km juntos que no soy capaz...- y aprovechando que he ido a la esquina a sacar la basura como todo hijo de vecino, he seguido tranquilamente. Como quien no quiere la cosa.
Es importante mantener la calma, pero también la concentración en mi situación. No querer ir más deprisa de lo que debo o puedo. Pero claro, ¿cómo saber cómo o cuánto debo o puedo? Mis médicos acuden siempre al espinoso y subjetivo asunto de la percepción del dolor: si duele el foco de la fractura, hay que parar inmediatamente. Ahí coinciden todos. Luego, hay diversidad de opiniones en cuanto a la intensidad. El traumatólogo me dice que haga vida completamente normal, como lo hacía antes de la fractura. El rehabilitador me hizo un plan de desarrollo lento y paulatino.
Obviamente, no quiero ni lo uno ni lo otro, y hoy me he dado cuenta, me he percatado claramente como si me hubiera alcanzado un rayo de lucidez, de que tengo unos claros límites físicos motivados por la flagrante atrofia del gemelo izquierdo, pero también he descubierto un bloqueo mental. Curioso.
Mi cuerpo reacciona tensando músculos que no deberían estar tensos ante la posibilidad de los leves impactos que el trote cochinero pudiera provocar en mis articulaciones. Eso provoca contractura, dolor, agarrotamiento.
Tengo que relajarme, ir poco a poco. un ratito trotando -me niego a llamar a eso "correr"-, ahora un poco andando, luego trotando otra vez, más tarde me tomo otro receso caminando.
Es la primera vez que mediocorro en un año, y la cosa ha ido de menos a más. Cuando estaba acabando mi kilómetro y medio, ya iba caliente y a gusto. La verdad es que me he obligado a parar, porque luego viene lo que viene, ya voy conociendo mi cuerpo. Eso es bueno, supongo.
Ahora toca ver cómo reacciona mi físico ante el descanso nocturno, y si mañana aparecerá dolor, agujetas, agarrotamiento, o algo.
Lo que hice hoy, ojo que no sólo es ridícula la distancia, sino la velocidad:
La actividad física es una vía de escape, una catarsis, prácticamente imprescindible para mí. Por eso le doy a todo lo que puedo.
La semana pasada me hice el valiente y troté cien metros más o menos. No, no han leído mal ni yo me he equivocado: cien -100- metros. Fue una experiencia total. Creí notar que los tornillos que fijan el clavo por la parte proximal se movían, y el miedo fue en mí. Al día siguiente me dolió el muslo.
Pero hay que hacerlo sí o sí. Hay que avanzar, siempre. SIEMPRE.
De modo que esta tarde me he enfundado las Asics -que llevan conmigo más de diez años, y me resisto a jubilarlas aunque ya va siendo hora, pero es que hemos compartido tantos km juntos que no soy capaz...- y aprovechando que he ido a la esquina a sacar la basura como todo hijo de vecino, he seguido tranquilamente. Como quien no quiere la cosa.
Es importante mantener la calma, pero también la concentración en mi situación. No querer ir más deprisa de lo que debo o puedo. Pero claro, ¿cómo saber cómo o cuánto debo o puedo? Mis médicos acuden siempre al espinoso y subjetivo asunto de la percepción del dolor: si duele el foco de la fractura, hay que parar inmediatamente. Ahí coinciden todos. Luego, hay diversidad de opiniones en cuanto a la intensidad. El traumatólogo me dice que haga vida completamente normal, como lo hacía antes de la fractura. El rehabilitador me hizo un plan de desarrollo lento y paulatino.
Obviamente, no quiero ni lo uno ni lo otro, y hoy me he dado cuenta, me he percatado claramente como si me hubiera alcanzado un rayo de lucidez, de que tengo unos claros límites físicos motivados por la flagrante atrofia del gemelo izquierdo, pero también he descubierto un bloqueo mental. Curioso.
Mi cuerpo reacciona tensando músculos que no deberían estar tensos ante la posibilidad de los leves impactos que el trote cochinero pudiera provocar en mis articulaciones. Eso provoca contractura, dolor, agarrotamiento.
Tengo que relajarme, ir poco a poco. un ratito trotando -me niego a llamar a eso "correr"-, ahora un poco andando, luego trotando otra vez, más tarde me tomo otro receso caminando.
Es la primera vez que mediocorro en un año, y la cosa ha ido de menos a más. Cuando estaba acabando mi kilómetro y medio, ya iba caliente y a gusto. La verdad es que me he obligado a parar, porque luego viene lo que viene, ya voy conociendo mi cuerpo. Eso es bueno, supongo.
Ahora toca ver cómo reacciona mi físico ante el descanso nocturno, y si mañana aparecerá dolor, agujetas, agarrotamiento, o algo.
Lo que hice hoy, ojo que no sólo es ridícula la distancia, sino la velocidad:
![]() |
| Está claro que no quise alejarme de la choza por si me tenía que recoger el limitador con una cucharilla. Ja. |
domingo, 5 de febrero de 2012
jojojojojojoooooo
Esta es la risa tonta que me dio esta mañana. Salí a dar un matutino paseo dominical, como hago tantos fines de semana. Eran las 8 y media de la mañana, recién amanecido, y con sorpresa, saliendo de Huelva en dirección a San Bartolomé, tomé nota de la temperatura, o más bien falta de ella, y no pude evitar tomar una retrataúra:
Entrre que saqué el aifón y no, subió medio grado, porque antes estuvo a -4.5, algo absolutamente inusual y nunca visto por mí.
En fin, corto paseo, desayuno, y vuelta a casa para salir en familia, a través el portal dimensional llamado "Damas", hacia Sevilla a la correspondiente visita familiar. Sí, el Altea ha vuelto a petar, por tercera vez en dos meses.
Después de dieciocho meses tirando con coches de sustitución y solucionar un problema electrónico fantasma, al cabo de un tiempo tranquilos ha aparecido otro nuevo tema que hace que el coche se quede parado y no arranque más hasta que le meten el ordenador y lo resetean en el concesionario.
La primera vez me hicieron un reflasheado de la centralita, 70 ecus.
La segunda vez me dijeron que la batería estaba muerta, 180 unidades monetarias europeas que me bajaron a 150 por vergüenza.
A ver qué me dicen ahora, pues los sintomas son exactamente los mismos. No obstante, a falta de hacer la prueba virtual y plasmarla aquí, ya estoy considerando cuál vehículo será el que entrará en mi garaje en breve, porque el Seat Altea XL se va, pero ya.
ATPC.
He dicho.
I said.
Entrre que saqué el aifón y no, subió medio grado, porque antes estuvo a -4.5, algo absolutamente inusual y nunca visto por mí.
En fin, corto paseo, desayuno, y vuelta a casa para salir en familia, a través el portal dimensional llamado "Damas", hacia Sevilla a la correspondiente visita familiar. Sí, el Altea ha vuelto a petar, por tercera vez en dos meses.
Después de dieciocho meses tirando con coches de sustitución y solucionar un problema electrónico fantasma, al cabo de un tiempo tranquilos ha aparecido otro nuevo tema que hace que el coche se quede parado y no arranque más hasta que le meten el ordenador y lo resetean en el concesionario.
La primera vez me hicieron un reflasheado de la centralita, 70 ecus.
La segunda vez me dijeron que la batería estaba muerta, 180 unidades monetarias europeas que me bajaron a 150 por vergüenza.
A ver qué me dicen ahora, pues los sintomas son exactamente los mismos. No obstante, a falta de hacer la prueba virtual y plasmarla aquí, ya estoy considerando cuál vehículo será el que entrará en mi garaje en breve, porque el Seat Altea XL se va, pero ya.
ATPC.
He dicho.
I said.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


