No estoy dotado con el don de la elocuencia. Mis construcciones
sintácticas son, a menudo, difíciles de seguir. Por no hablar de mis
razonamientos, que el tiempo me ha enseñado que no son ni muy comprensibles, ni
tampoco compartidos. ¿Acaso estoy loco? Soy un rara avis, supongo, pero de
todos modos, ¿quién no lo es?
Trataré, no obstante, de explicar un poco mi situación.
La vida, la mía, ha pasado por su ecuador hace tiempo. Aunque
procedo de un linaje longevo, mi maltratado cuerpo me pasará factura más pronto
que tarde. No me importa, no es algo que me quite el sueño, y mis posiciones
vitales, mis creencias, mantienen hoy por hoy cierta tranquilidad de espíritu
(por llamarlo de alguna manera, claro).
Pero si una cosa he ido aprendiendo es que busco dos grandes metas:
la paz y la felicidad. Ambas son, ciertamente, estados mentales que hay que
trabajar, y eso a veces es difícil, sobre todo en tanto hay que definir lo que
uno entiende por tales.
Convertir esos objetivos en estados mentales es importante para mí,
porque de este modo dejarían de tener influencia elementos externos, ajenos a
mi voluntad y lejos de mi control. Pero está claro que en esta vida no podemos
controlarlo todo, y hacerlo, si pudiéramos, sería un trabajo hercúleo,
constante y demente. Aún así hay mucha gente que se obstina.
Hay muchas teorías e ideologías que tienden al control de lo que,
por naturaleza, es incontrolable, pues a menudo jugamos contra fuerzas
elementales que van más allá, incluso, de nuestra posición en el Universo, si
se me permite tamaña afirmación. No se puede luchar contra los elementos, todo
el mundo lo sabe, o debería saberlo.
Por lo tanto, lo primero es no tratar de ser arrogante, sino
humilde, en el sentido de aceptar nuestra insignificancia en el panorama
natural, en la existencia del todo. Y con el todo me refiero al Universo. Una
mera mota, un algo microscópico. Una cosa muy muy muy pequeña.
Incluso por más pequeño que uno sea, aún así somos algo. Y algo
que, además, puede pensar, puede ser, puede tener conciencia. Eso es maravilloso,
pero no debemos perder la perspectiva. Al contrario, hay que ser consecuente, canalizar
nuestras energías en cosas positivas, no perder esfuerzos ni tiempo en aquello
que no favorezca nuestras intenciones, que es algo a lo que, al menos
inicialmente, somos muy dados.
Pero en cuanto tengamos claros nuestros objetivos, todo es mucho
más fácil.
La paz, la felicidad. Conceptos abstractos, tejidos por la mente
del hombre. ¿Tienen reflejo en la naturaleza? ¿Puede un ecosistema, un planeta,
una galaxia, ser pacífica y feliz? La misma pregunta puede hacerse a un mono,
una tortuga o un helecho. Igualmente, ¿se puede aplicar esa cuestión a una
situación o hecho?
Todo esto es un poco ambiguo y vago. Y aunque muchos pensadores,
durante miles de años, han tratado estos asuntos, aún hoy no hay respuestas
uniformes.
En definitiva, uno tiene que labrarse su propia paz, su propia y
exclusiva felicidad, y quizá, quiero suponer, esto es una tarea permanente y
diaria. Hay que luchar por ello constantemente. Pero es que, si luchamos, ya
vamos separándonos de uno de esos objetivos, que es la paz. ¿Paz con lucha? No
me fastidies. ¡Pues empezamos bien!
La paz es un concepto bastante difícil, pues la vida, por
definición, es lucha. ¿Puede haber paz con lucha? Luchamos contra todo y casi
contra todos, pues para sobrevivir estamos en constante competencia. La
naturaleza es así. Hay gente que se cansa de luchar, se deja ir. Y muere. Lo
vemos a diario. Asimismo, hay muertos en vida, personas que transcurren como
zombis, sin deseos, sin anhelos, tristes y, por supuesto, infelices. El horror.
Y la felicidad, ¿acaso es posible? Si se trata de un estado
permanente, o en cambio consiste en momentos puntuales que iluminan nuestro
camino, da igual. Está claro que existe algo a lo que podemos llamar así, y
ello nos provoca que seamos (o estemos) felices. Y ¿a quién no le gusta eso?
Hay muchas maneras de obtener felicidad, generalmente asociada con
sensaciones placenteras. Obviamente, no hay felicidad en el sufrimiento, aunque
algunos se empeñan en demostrar lo contrario (sin éxito, obviamente) siguiendo
pautas impuestas por formas de pensamiento religioso o incluso deportivo… Mejor
no entrar a valorar. No es mi camino.
Yo soy más bien del tipo del “guerrero pacífico”, aunque quizá
algunos no se han dado cuenta, o conociéndome afirmarían lo contrario. Pues se
equivocan. Toda mi vida ha sido un constante escapar, huir de la confrontación,
de la pelea, salvo conmigo mismo. Y cada día que pasa me encuentro más en paz,
y quiero creer que más feliz. Y cada vez son más las situaciones que me hacen
ser feliz, o quizá yo he aprendido a extraer tal sensación de pequeñas cosas
cotidianas que me rodean. Si es así, lo considero un éxito.
Este mediodía, sin ir más lejos, compartí con mi hijo mayor una navegada de locura. Olas grandes, vientos fuertes. Deslizarse fluidamente (el flow, oh, sí), recortando y aprovechando el empuje del mar, a veces brincando, fue algo espectacular para mí. El bienestar que me produjo la experiencia perfecta, en uno de esos días en que todo sale a pedir de boca... eso es felicidad para mí. La sensación puede ser duradera si se aprende a administrarla. ¡¡¡Pero eso no quita que esté deseando echarme a la mar de nuevo cuanto antes!!!!
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