domingo, 22 de mayo de 2016

Trafalgar

A primeros del siglo XIX, la armada inglesa, comandada por Nelson, derrotaría en famosa confrontación a la flota franco-española frente a estas aguas en las que respiro profunda, hondamente, mientras espero que el Levante haga acto de presencia:

Si la imagen se extendiera hacia la derecha, veríamos el famoso faro que vigila el Cabo.
Mientras Eolo aparecía y no, Julen, Diego y servidor dábamos un paseo por los aledaños históricos, dejábamos que los rayos ultravioletas y diversas micropartículas de origen más allá desconocido nos atravesaran sin mayores consecuencias, y tomaríamos un suave refrigerio para amenizar la espera.
Finalmente, como estaba previsto, aunque un poco retrasado, el poder del aire en movimiento fue llegando y, a la misma vez, nuestra alegría y alboroto.
Yo iba estrenando mi nueva tabla, mismo modelo que la anterior pero un poco más pequeña, diferente outline y menos litros. Aunque sobre el papel las diferencias son nimias, en la realidad de la experiencia hidrodinámica se trata, como he podido comprobar, de un animal totalmente diferente. Y es curioso, porque he estado más de un año dando vueltas al asunto de cambiar de tabla... y ahora que por fin lo hice, pasa como tantas otras veces: ¿por qué demonios no di el paso de hacerlo antes? Mierda, es que no aprendo.

El caso es que nos metimos los primeros en el agua, el viento subía y bajaba, pero con nuestras cometas de 10'5, 11 y 12 metros conseguimos llegar a la zona en la que era más constante y fuerte, y allí disfrutamos los tres en solitario (curioso, ¿no? tres en solitario...) como lo que realmente somos: niños chicos con juguetes caros.

Tras un par de paradas para descansar, la intensidad subía, y decidí montar mi "antigua" Drifter de 9 metros modelo 2012, un kite que adoro, no ya por sus características de vuelo, sino por todo lo que he aprendido con ella, me ha dado mucho, y su senectud haría que venderla fuera cualquier cosa excepto rentable...
El Levante asurado tonteaba, subía y bajaba, y a esa hora ya, sobre las 6 ó 7 de la tarde, ya íba cansado, pero teníamos que aprovechar la maravilla que es Caños de Meca con la marea baja, esa olita bella, lisa, a la que pegué unos cuantos recortes con los últimos estertores tanto del viento como de mis fuerzas.

Como siempre que he ido a navegar allí, salgo agotado del agua, y con una inmensa sonrisa. Esas sensaciones me durarán unos cuantos días, y quedamos a la espera de que las condiciones adecuadas surjan de nuevo.

Mereció la pena coger el día de vacaciones, un viernes como cualquier otro, pero que se convirtió, como ven, en algo muy especial para mi. 
Aquí tienen una instantánea típica de la postnavegada:

Estas cosas hay que celebrarlas!!!
Una pena que, en llegando el buen tiempo, la afluencia de muchos turistas y tomasoles se deja notar: suciedad, mierdas de perro, escasez de aparcamiento, ocupación de la playa... pero es algo con lo que tenemos que convivir. Adaptarse o morir. Yo ya me despido de la costa gaditana hasta septiembre como mínimo. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comente, quédese a gusto, pero si firma como anónimo nadie lo verá.