lunes, 10 de octubre de 2011

cita:

No creo en Dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en Dios, no lo necesito y además soy buena persona.
—  José Saramago

domingo, 9 de octubre de 2011

viernes, 7 de octubre de 2011

Amenazo

Sí, amenazo. Porque ahora resulta que yo tenía que ir publicando a los cuatro vientos todas mis aficiones.
"No sabía que te gustaban los relojes" es la fase más escuchada por mis atolondrados pabellones auditivos en los últimos dos meses más o menos.
Bueno, haré una pequeña recapitulación de mis aficiones:
- pelis de Tarantino y de Guy Ritchie, también de los hermanos Coen.
- libros de ciencia ficción, que devoro a mansalva.
- filosofía
- música grunge, rock progresivo, desert rock, rock industrial, tecno.
- coches, motos, bicicletas, monopatines, windsurf, kitesurf, bodyboard, bodysurf, snorkel, paracaidismo, pádel, fútbol 7, baloncesto, pin pon, y futbolín -soy un consumado experto-.
- slot, vulgarmente escaléxtric. Ostento una colección de más de 115 coches, sin contar los de mis hijos.
- también soy aficionado a mi mujer, aunque suene raro. Me gusta, y por eso estoy con ella.
- y mis cuervos, que aunque me sacan los ojos son unos tipos fabulosos. Si ellos disfrutan, yo disfruto.

Por tanto, no me toquen los huevos porque como empiece una serie de entradas al estilo de, por ejemplo, "slot dementia", hablando de todos y cada uno de mis cochecitos de escaléxtric, van a flipar.

La decepción

Hace cosa de un mes, más o menos llevé mi Seiko FFF a un pequeño, desordenado y antiguo "taller-relojero" situado en el centro de mi ciudad. Y lo llevé allí porque es el único que hay aquí, o el único que conozco.
El sitio es verdaderamente pintoresco, con un mostrador/vitrina a través del cual se puede ver el lugar de trabajo del relojero en cuestión, lleno de todo tipo de objetos relacionados con su profesión, y algunos no tanto. Un montón de pilas viejas -y gastadas, claro, como él mismo me aclaró-, un cenicero lleno de colillas -sí, el tipo trabaja mientras fuma, algo que considero improcedente en un oficio en el que la limpieza debería ser como la de un quirófano o una patena-, relojes a medio desmontar aquí y allá, alguna herramienta gastada... todo ello con una pésima luz.
Sigo: llevé mi reloj no porque estuviera estropeado ni nada, sino por capricho, por cambiarle el dial y la aguja trotadora, a modo de tuneo personal. Por supuesto, llevé en una pequeña cajita el dial a sustituir y la aguja nueva, junto con otra más por si se doblaba o algo. Uy, uy, uyyyyyy, veremos veremos, porque esto es un poco delicado, hay que sacar el movimiento, desmontar agujas y volver a montarlas al final, y eso es muuuuuuy complicado que quede bien. Yo estuve a punto de decirle que si él era un relojero o un simple cambiapilas, pero me mordí la lengua. Cualquier día moriré envenenado, lo sé.
En fin, que allí lo dejé, le di mi número de celular, y me armé de paciencia.
Pasadas unas semanas, y después de yo acercarme un par de veces a preguntar, por fin me llamó para decirme: "mira, Pedro, no sé dónde has conseguido ese dial, pero eso no sirve para nada, ya te advertí que esto era muy delicado, todo va a la décima y la centésima de milímetro; ese dial es demasiado pequeño, y las patillas no coinciden, y hace falta herramienta especializada; es mejor que pidas otro dial y cuando lo tengas, lo mandas todo al Servicio Técnico Seiko, que no sé si hay en Sevilla o tienes que irte a Madrid".
Sinceramente, no me asombré, no me enfadé, ni siquiera pestañeé. "Dígame cuánto le debo", y me contesta "no, nada, nada, si no he hecho nada", "pero, ¿no lo ha abierto para comprobar que no servía?", "no, no, no hace falta, se ve a simple vista". El HIJOPUTA ni lo había desmontado para comprobar nada.
Ahí queda eso, de momento.
Anteayer tuve que llevar a un joyero cerca de mi casa un brazalete de un reloj vintage para quitar unos eslabones. Yo no tenía la herramienta necesaria, de modo que el tipo me dijo que me pasara más tarde a recogerlo. De paso le pregunté si él sería capaz de cambiar un dial y una aguja, y me contesto, casi ofendido, que por supuesto, que eso era algo elemental. Vale, era por preguntar, por saberlo. Gracias.
Me pasé cuando me dijo que lo hiciera, pero me confesó que no fue capaz de hacerlo y que se lo había dejado al "chico relojero que pasa todos los días por aquí", y que lo tendría a última hora. Yo, que soy persona dada a no forzar las situaciones y a la que la vida a enseñado a tener paciencia, y más con los caprichos, fui al día siguiente por la tarde. Y me confesó que es que no tenía los alicates que hacía falta. Cuatro euros me cobró. Por ese dinero me podía yo haber comprado la herramienta, COJONES, y lo hubiera hecho en cuestión de un par de minutos en mi casa.
Y todavía se atrevía a decirme, osaba asegurarme, que me cambiaba el dial y la aguja.

MUAHAHAHAHAHAHAHHAHAAAAAA!!!!

Lo que he hecho es encargar por interné las herramientas necesarias para mi labor modificadora: un útil para extraer agujas, principalmente, y unas pinzas antimagnéticas. Prometo reportaje, que espero llegue a buen puerto. Porque me conozco, lo realizaré, y finalmente iré con el relor modificado en mi muñeca a decirle al del "taller-relojero" que lo que hace falta es más profesionalidad.

Han sido dos casos en muy breve espacio de tiempo y relacionado con el submundo de los relores, pero vamos, no se vayan a creer que esto de la falta de profesionalidad es raro. Por desgracia es la norma. Ya no hay gente, mecánicos verdaderos, amantes del reto, curiosos por ver el más allá de un problema y resolverlo. Podría contar innumerables casos relacionados con las bicis, o las motos... pero no se trata de aburrir al personal.

El contar estas anécdotas fue, más que nada, porque quiero compartir con ustedes el placer de poder resfregarle al timador ese, al sinvergüenza, que no se puede engañar así al prójimo. Que hay que ser profesional, que hay que esforzarse, y que todo no va a ser cambiar una pila o una correa.

jueves, 6 de octubre de 2011

Watch talk: Seiko Belmatic

Un reloc largamente buscado por mí, al fin, en un momento dado, fue encontrada una unidad que me satisficiera. A pesar de mis iniciales reticencias por encontrase la pieza allende el charco atlántico, en territorio yankee, y la consiguiente posible problemática por culpa de la aduana... al final llegó exitosamente a mis manos gracias al Servicio Postal de los Estados Unidos -USPS-, con el que normalmente no suele haber pegas. Mi consejo es que si compran allí objetos a través de la red lo hagan con USPS, y no con FedEx, UPS, o similares.
En cuanto desenvolví el meticulosamente protegido objeto fui directo a comprobar el correcto funcionamiento de su principal característica: la alarma.
Menuda tontería, dirán ustedes, y lo harán pecando de la más supina de las ingnorancias, desde luego. No es lo mismo la alarma del Casio F91W de mis hijos, que la de mi Bellmatic. Sí, vale, la función al final es la misma, claro que no voy a discutir ese punto. Pero cojan ustedes un relor de cuarenta años, de movimiento completamente mecánico y automático, y añadan esa curiosa complicación. Y además que mantenga la hora con una mínima variación diaria de segundos respecto al reloj atómico de Ginebra. Y por ende que vaya todo ello montado en la caja más cómoda y bonita de los varios tipos de Bellmatic que se fabricaron, y encima que mantenga el brazalete original...
No les aturdiré más con mis pajas mentales, y les cuelgo directamente el momento congelado en el tiempo y plasmado electrónicamente a través del socorrido aifón que tan gran servicio me está prestando últimamente:

Bellísimo.

Lumen

Aquí una toma nocturna del lumen de mi Crepas t·a·c·t·i·c·o TC1. Obsérvese que también brillan los índices del bisel, así como el logo de la marca en el dial, aunque  con los problemas de enfoque del aifón en la oscuridad es difícil captar esos detalles:


Helios

Fui de nuevo a recoger a los niños a la salida del colegio. Ello tiene lugar cada día a las catorce horas, momento en que el Sol, el astro rey, incide lo más perpendicularmente posible teniendo en cuenta la inclinación de la tierra sobre su eje de rotación y el punto en la elipse de su traslación anual.
Y, señores, estamos ya en Octubre. A pesar de ello, y de haber superado en varios días la entrada de la estación otoñal, esa inmensa bola de gases en permanente combustión, donde millones de explosiones nucleares tienen lugar contínuamente, vierte sus rayos X, los rayos gamma, la luz, el calor, sobre mi alopécica calva, valga la redundancia. No hay quien se desprenda de las gafas de sol, y todavía visto con bermudas, camiseta y chanclas.
Para llegar a la puerta del cole tengo que escalar, literalmente, una cuesta tremenda. Menos mal que es breve, pero me deja la pierna reventada, y si hace calor es doblemente cruel.
Luego hay que pelearse por lograr una buena posición, a la sombra, claro está, donde poder ver y ser visto por la descendencia, no queremos que se pierdan, aunque ya van siendo mayorcitos.
Estoy deseando que llegue el fresquito. Yo soy más de frío que de calor, lo disfruto mucho más, quizá por mi afición a los deportes. El frío invita al ejercicio, el calor en cambio te agota, te aplasta, te oprime. Contra el frío siempre te puedes abrigar, y la ropa técnica deportiva ha avanzado mucho en los últimos años. Contra el calor no puedes hacer nada, simplemente refugiarte en la sombra, al abrigo, y fíjense en la paradoja, de un buen aire acondicionado o en su defecto, con la crisis, un ventilador y a esperar a que llegue la noche y refresque, si es que refresca.
Por eso en verano me aletargo, me paso horas sentado o tumbado, y aprovecho para ponerme al día con los libros atrasados, o a divagar simplemente. Es un buen momento para la meditación y la práctica de la respiración, un poco de pranayama por aquí, unos estiramientos por allá, tranquilito, eh, sin esforzarse. Y al mar, siempre fresco, que aguarda con los brazos abiertos, que me recibe sin pedir nada a cambio. Por eso mismo hay que tratarlo bien, cuidarlo.

martes, 4 de octubre de 2011

Watch talk: Seiko Navigator

Mi ejemplar es un 6117-6410, de Junio de 1970. Sí, es más viejo que yo incluso, pero doy fe que su estado de salud, tras una reciente revisión y pequeña reparación en el mecanismo de giro del bisel interno, es perfecto.

¡Los setenta al poder!

Su calibre es el mismo del 6105, con el añadido de la función GMT, que es esa agujita roja encargada de girar una vez cada veinticuatro horas, lo que unido al bisel giratorio interno nos permite conocer un segundo huso horario. Además sigue conservando la parada del segundero para ponerlo en hora con total exactitud.
Este tipo de relojes, los GMT, eran muy usados por gente viajera, pilotos y similares.


A mí me gusta esa mínima complicación de la maquinaria, pero sobre todo la forma de la caja, preciosa como casi todos los Seiko de los años setenta, época dorada de la marca.
Mide 41 mm de diámetro de caja, y tiene un grosor de 13'5 mm. Una pena que no pudiera conseguir el brazalete original...

El 23

Este, grande no, grandísimo:





Por no hablar de este otro:

Especie en peligro de extinción

GRANDE. Grande Aston Martin. Grande Jeremy Clarkson. Grande Forza Motorsport.