miércoles, 17 de febrero de 2010

El ruido de la calle

Carlos Marx necesitó ocho años para acabar los tres tomos de El capital y anunciar el fin del capitalismo. Tardó más en acertar que en escribir y tantos años después, a pesar de que dicen que vivimos en la sociedad del conocimiento, no ha surgido nada nuevo. Los economistas nos dicen cada tarde en la radio que esto se hunde, pero nadie tiene la imaginación para buscar salida al capitalismo al que tanto queríamos.
Por lo menos lo amaba Michael Moore, ese gordo que viaja en limusina y que en su última película (Una historia de amor) nos informa de que el sueño americano era sólo una pesadilla y el capitalismo, que tanto amaba, únicamente una patraña de financieros hampones. Aquel modelo que consistía en que un limpiabotas podía llegar a ser millonario se ha invertido; ahora los millonarios están a punto de ser limpiabotas, mientras las millonarias compran los vestidos de raso por 80 euros.
El capitalismo, aquel sistema que convirtió el mundo en unos grandes almacenes con señales luminosas tapando las estrellas, el que hizo posible que Ronaldo dando patadas a una pelota ganara más que 100 premios Nobel, está en liquidación, como ya descubrió Camba en el 29: se les fue la mano a los de Wall Street, ganaban y compraban más acciones, y las acciones volvían a subir, y las gentes volvían a ganar, y el globo se iba dilatando, y cuanto más se dilataba el globo, ascendía aún mucho más alto, y nadie pensaba en el reventón.
El capitalismo, a sus 360 años, según Michael Moore, no vive una crisis cíclica, sino un pasmo agónico. Hasta el fetichismo del striptease de brazos de Rita Hayworth está en las rebajas. Todo se hunde, todo lo regalan.

Raúl del Pozo, 16/02/2010, El Mundo

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